La Santidad de Dios
- Diana Ríos
- hace 1 hora
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«Cuanto más asombrados estén nuestros corazones por su inefable Santidad, más aceptables serán nuestros acercamientos a Él.» (Arthur W. Pink).
Hablar de la santidad de Dios no es algo fácil. Conforme a lo que vemos en la Palabra, la Santidad de Dios es mucho más que un atributo, es algo que trasciende cada una de Sus obras, es parte de Su esencia. Es imposible mirar a Dios y huir de Su santidad. Dios es Santo. Él se llama a sí mismo de esa manera. Toda la creación le alaba y le llama el Dios Santo. Lo vemos en Apocalipsis, lo vemos en los Salmos, lo vemos en cada uno de los libros de la Biblia.
Este maravilloso atributo nos permite regocijarnos en Él aún cuando, en verdad, por ser pecadores, no podríamos siquiera acercarnos a Su presencia.
¿Qué significa que Dios es Santo?
La Santidad de Dios trata de que Dios está apartado del mal y es moralmente puro (Josías Grauman). La palabra Santo significa apartado o separado. Dios es un ser totalmente distinto a nosotros, totalmente separado en Su esencia y en Su obrar. Apartado del pecado, separado para hacer obras santas.
Las Escrituras nos hablan de un Dios tres veces Santo, lo que implica que verdaderamente este es un atributo, una marca de nuestro Señor, especialmente relevante. El teólogo R. C. Sproul dijo: «mencionar algo tres veces seguidas es elevarlo a su grado superlativo y adjudicarle un énfasis de súper importancia». Entonces, no es algo menor, no es algo a lo que debamos restarle importancia. Revela Su esencia como dijimos anteriormente, y es algo que, como seres humanos, no podemos llegar a comprender. La Santidad de Dios nos habla de la magnificencia de Dios, de Su majestuosidad.
¿Qué implicación tiene para nuestras vidas la Santidad de Dios?
«“Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que sus caminos, y mis pensamientos más que sus pensamientos. Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos”, declara el Señor» (Is 55:8-9).
Él nos creó. Estamos separados de Él desde el comienzo. En tiempo, en espacio y en conciencia. Jamás seremos Dios aunque, muchas veces, el humano intente serlo. Pero Sus pensamientos son más altos que los nuestros, Él es Santo y Sublime.
A lo largo de todo el capítulo 1 de Génesis vemos que Dios concluye, cada vez que finaliza un día, que Su creación es «buena». Algunas versiones dicen «buena en gran manera». Esto implica que Dios creó todo perfecto, con un propósito y un diseño específico: apartado para darle gloria. Esta perfección también acarrea Su Santidad.
Adán y Eva fueron creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1:26) y Dios vio que eso era bueno; pero finalmente el pecado entró en esa creación divina para comenzar a destruir, poco a poco, todo lo creado a imagen de Dios. Por esta razón, ningún ser humano puede acercarse a Su presencia sin morir en el acto. En el Edén, antes de que Adán y Eva pecaran, la Palabra nos dice que Dios se paseaba en medio de ellos: «Y oyeron al Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día» (Gn 3:8). Pero ellos mismos comenzaron a esconderse de la presencia del Señor. Con esto podemos ver que, al encontrarnos frente a Su santidad, nuestro pecado nos avergüenza.
Entonces, ¿cómo hago para acercarme a este Dios Santo?
«Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de Su gloria» es lo que pronuncian los serafines que presenciaban a Dios (Is 6:3b). Isaías, al tener esta visión, siente temor por su vida al verse como pecador delante de un Dios Santo y exclama: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy [...]» (Is 6:5). Estamos infinitamente perdidos y separados de nuestro Dios Santo por causa de nuestro pecado, pero cuando Él tiene misericordia de nosotros, se acerca, nos busca y Su presencia nos obliga a caer de rodillas frente a Él.
Él es quien decide acercarse a nosotros para amarnos. Somos completamente indignos, pero Dios, habiendo planeado todo esto desde la eternidad (2 Ti 1:9), envió a Su Hijo a morir en la cruz para acercarnos a Él con Su mano de amor. «Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí; y al que viene a Mí, de ningún modo lo echaré fuera» (Jn 6:37).
En el libro de Levítico vemos que, mediante el derramamiento de sangre hecho por sacrificios y las diferentes ofrendas, Dios permitía que Su pueblo le demostrara arrepentimiento, fe y amor. Dios no se agradaba de estos sacrificios si no había verdadero arrepentimiento en el corazón humano. Debía existir un deseo por adorar y ser limpiado del pecado para que el sacrificio sea de aroma grato. «Porque Yo soy el Señor su Dios. Por tanto, conságrense y sean santos, porque Yo soy santo» (Lev 11:44). Por causa de Su propia Santidad, Dios les ordena ser Santos como Él, consagrados.
John MacArthur, en su Biblia de estudio, explica que todos los sacrificios y las ofrendas realizadas anteriormente debían «constituir una ilustración externa de la separación del corazón de cada uno de ellos respecto al pecado». No eran los sacrificios en sí mismos los que interesaban a este Dios Santo, sino que era el corazón contrito y humillado al que no despreciaba (Sal 51:17). «Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre , cuyo nombre es Santo: “Yo habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos”» (Is 57:15).
Ser Santos
Sólo la sangre permite la remisión de pecados, y por tanto la santidad. «Y según la ley, casi todo ha de ser purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón» (He 9:22). Sólo Cristo hizo posible un sacrificio y un derramamiento de sangre perfecto, completamente agradable para Dios, satisfaciendo la ira que provoca el pecado en este Dios Santo. «Por esa voluntad hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo ofrecida una vez para siempre» (He 10:10).
Hoy, por la sangre de Cristo, somos Santos posicionalmente ante Dios. Esto nos permite ser aceptados por Él, ser hijos Suyos amados. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios nos llama a ser Santos como Él es Santo. «Porque escrito está: “Sean santos , porque Yo soy santo”» (1 P 1:16). Este es un mandato, tenemos un llamado a buscar Su santidad día a día, a batallar contra el pecado al disfrutar de Su presencia, y desear ser cada vez más como Él quiere que seamos. No podremos hacerlo mediante nuestras fuerzas porque no somos capaces de ello. Sólo por Su gracia podremos ir creciendo en esta santificación progresiva que nos hará, finalmente, perfectos en la eternidad.
«Y aunque ustedes antes estaban alejados y eran de ánimo hostil , ocupados en malas obras, sin embargo, ahora Dios los ha reconciliado en Cristo en Su cuerpo de carne, mediante Su muerte, a fin de presentarlos santos, sin mancha e irreprensibles delante de Él. Esto Él hará si en verdad permanecen en la fe bien cimentados y constantes, sin moverse de la esperanza del evangelio que han oído, que fue proclamado a toda la creación debajo del cielo, y del cual yo, Pablo, fui hecho ministro» (Col 1:21-23) (énfasis añadido).

Extracto del Estudio Bíblico "Los Atributos de Dios: Jesús la revelación del Padre" escrito por el equipo de escritoras del ministerio.
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Diseño: Ambar Arias / @ambarvaleaf
