Vivas en Su poder (parte I)

La resurrección de Cristo es uno de los hechos centrales del Evangelio. Las Escrituras revelan que Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día, de lo cual hubo pruebas claras (1 Co 15:3-8).
Pero, ¿por qué es tan importante este hecho?
Ante algunos en Corinto que negaban la resurrección de entre los muertos, Pablo les explicó el peligro de afirmar esta mentira:
«Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe [...]; aún estáis en vuestros pecados» (1 Co 15:13-14; 17-19 RVR1960).
Tal vez nosotras no neguemos la resurrección, pero podemos verla como demasiado alejada de nuestras vidas cotidianas. Sin embargo, lo asombroso de la resurrección es que, no sólo hace referencia a ese momento futuro en el que viviremos otra vez para estar siempre con el Señor. La resurrección es una verdad poderosa para vivir en ella cada día; pues desde que creemos en Cristo comenzamos a participar de Su resurrección. Su muerte representa también nuestra muerte al pecado, y Su resurrección significa la resurrección de nuestra muerte espiritual a una vida nueva: la vida de Cristo. Esta vida no es sólo para el cielo, sino que comienza aquí en la tierra. La resurrección debe impactar cada rincón de nuestros corazones y de nuestra relación con Dios y con otros: nuestros deseos, emociones, pensamientos, acciones y decisiones diarias.
Ignorar u olvidar esta verdad, tendrá consecuencias fatales; pues no disfrutaremos de la libertad, plenitud y abundancia que son nuestras ahora, por la fe en Cristo. Al mismo tiempo, conocer, creer y vivir esta verdad, nos llevará a abrazar las maravillosas promesas del poder salvador y transformador del Evangelio.
Entonces, ¿qué significa vivir en el poder de la resurrección? Veamos algunas de sus implicaciones prácticas:
Una vida de seguridad
El hecho de que Cristo haya resucitado, y que en su resurrección también nosotros resucitamos a una nueva vida, indica que, como dijo Pablo, nuestra fe no es vana y que ya no estamos siendo caracterizadas por nuestros pecados. Podemos tener seguridad de nuestra salvación y vivir con confianza en la obra completa de Cristo en nuestro lugar. En Él todo fue consumado y la resurrección es la muestra gloriosa de eso. Nuestra fe no es vacía ni superficial. Es firme y profunda. Tenemos una base sólida donde podemos afirmar sin dudas en Quién hemos creído y descansar seguras en que ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Ro 8:1). Hemos sido salvadas y redimidas del pecado y de la muerte; de la culpa y de la vergüenza; selladas por Su Espíritu Santo y nada nos puede separar de Su amor (Ro 8:37-39).
Con la resurrección, Dios mostró que estaba satisfecho y complacido con la obra perfecta de Su Hijo. Ahora podemos vivir con paz y sin temor porque el castigo que merecíamos fue sobre Él (Is 53:5). Ya no hay juicio ni ira de Dios que pese sobre nuestros hombros. Hemos sido reconciliadas con Dios y adoptadas como Sus hijas, justificadas por la fe y la justicia de Jesús, purificadas en Su sangre, aceptas en el Amado, coherederas con Cristo, nuestro hermano mayor. Dios nos mira con favor porque ve la imagen del Hijo en nosotras. Somos llenas de Su favor, gracia y perdón. Tenemos vida, vida eterna y verdadera.
Una vida de unión con Cristo y santidad
«¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado» (Ro 6:1-6 RVR1960).
¡Esas palabras contienen tanto de valor para vivir en el poder de la resurrección! Como creyentes estamos unidas a Cristo tanto en Su muerte como en Su resurrección. Debido a esta maravillosa unión con Dios mismo, debemos andar en vida nueva, una vida transformada. Ya no vivimos en nuestro viejo hombre, pues éste fue crucificado con Jesús para que el cuerpo de pecado fuera destruido y ya no sirvamos más al pecado. Ahora se trata de que estamos unidas a Cristo. La nueva vida es la vida de Jesús en nosotras por la fe. Todo lo que es cierto de Cristo, también lo es de nosotras.
La unión con Cristo es una doctrina que, de hecho, Pablo desarrolló en sus otras cartas:
«Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef 2:4-6 RVR1960).
Debido a que hemos resucitado con Cristo, el Padre nos ha sentado con Él en los lugares celestiales y nos ha bendecido con toda bendición espiritual en Cristo (Ef 1:3). Esa expresión: «en Cristo», apunta a la unión que tenemos con Jesús, y se repite con mucha frecuencia en el Nuevo Testamento.
El apóstol sabía que esta verdad era poderosa y vital para la fe cristiana; tanto así, que su oración por los Efesios era que el Señor les concediera «espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él; que les alumbrara los ojos de su entendimiento, para que supieran cuál era la esperanza a la que habían sido llamados y las riquezas de la gloria de su herencia en los santos y cuál la supereminente grandeza de su poder para con los que creemos, según la operación del poder de su fuerza» (Ef 1:15-19 RVR1960).
El poder de Su fuerza es el poder de la resurrección. Ese es «el mismo poder que operó en Cristo, lo resucitó de entre los muertos y le sentó a la diestra del Padre en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo» (Ef 1:20-23 RVR1960).
¿Leíste bien eso? ¡Es el mismo poder que resucitó a Cristo el que ahora opera en ti y en mí! ¡Wow! Aquí pondría el emoji de cerebro explotado y el que se está derritiendo. Es que esta realidad es tan alta y grandiosa, pero a la vez únicamente alcanzable por gracia ¡y es nuestra nueva realidad si estamos en Cristo! Este poder está disponible y obra en todo momento en nuestras vidas.
Vivir en el poder de la resurrección, no sólo es posible para todo aquel que ha creído en Cristo, sino que es imprescindible. Eso es lo novedoso, lo diferente de esta vida nueva:
Tenemos el poder de Dios, un poder ilimitado que vive y actúa en y a través de nosotras; y nos capacita para ser y hacer todo lo que Dios desea.
Es vivir en el poder del Espíritu, quien aplica a nuestras almas la redención que Cristo efectuó, y no en nuestras fuerzas o en nuestra carne.
Es vivir una vida celestial, aunque tengamos los pies en la tierra.
Es una vida en otro orden; una vida sobrenatural y abundante, que atesora por fe lo que por gracia es suyo en Cristo, y que consciente de esto, vive como tal.
La resurrección debe verse en vidas cambiadas que cada día se alejan del pecado y de este mundo, y se asemejan más a Su Redentor; vidas justas y piadosas, diferentes a las vidas pasadas que un día tuvimos, las cuales no eran verdaderas vidas, sino muerte.
Una vida de esperanza
«Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos» (1 P 1:3 RVR1960).
Vivir en el poder de la resurrección es también una vida de esperanza. Ahora aguardamos con fe y expectativa un futuro esperanzador, lleno de vida y gloria; «una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos» (1 P 4:4 RVR1960).
La muerte no pudo derrotar a nuestro Señor, sino que Él la venció para siempre y nos ha librado de su aguijón. Jesús, Quien es nuestra esperanza, ha sido las primicias de lo que también a nosotras nos sucederá. Él vive y está intercediendo continuamente por Sus escogidos ante el Trono del Padre. Porque Él vive, nosotros también viviremos. Nuestros cuerpos serán resucitados y glorificados, y un día estaremos para siempre con Él. Como dice un himno que me encanta: «Porque Él vive triunfaré mañana. Porque Él vive ya no hay temor. Porque yo sé que el futuro es Suyo. La vida vale más y más solo por Él». Podemos mirar y esperar el futuro confiadas en Su poder, que nos guarda en fe, para alcanzar la salvación que Dios nos ha preparado (1 P 5:5). La resurrección ha garantizado estas promesas.

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