El corazón: la fuente de todo lo que somos
- Escritora Invitada

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«Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias» (Mt 15:18-19).
Jesús dirigió la atención de Sus oyentes hacia el verdadero problema del ser humano: no aquello que entra por la boca, sino aquello que brota del corazón. En la Escritura, el corazón representa el centro de nuestros pensamientos, deseos, intenciones y motivaciones. Es allí donde nacen las palabras que pronunciamos y las acciones que realizamos.
Nuestras palabras pueden convertirse en una llave que abre puertas, restaura relaciones y transmite vida; pero también pueden cerrar oportunidades, herir profundamente e, incluso, convertirse en una sentencia para otros. Sin embargo, las palabras no son el problema principal, son simplemente el reflejo visible de una realidad interior. Como enseñó Jesús, la boca habla de lo que está lleno el corazón (Lc 6:45).
El corazón humano posee la capacidad, no solo de concebir el mal de manera evidente, sino también de fabricar sospechas, imaginar escenarios inexistentes, atribuir intenciones sin fundamento y dar por ciertas cosas que jamás ocurrieron. Muchas veces el daño no comienza con un hecho real, sino con una idea alimentada por la imaginación, el prejuicio o la falta de verdad. De allí nacen los chismes, las murmuraciones, los falsos testimonios y las palabras que destruyen la reputación de las personas.
Por eso, la Palabra de Dios nos exhorta: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida» (Pr 4:23). Todo lo que somos y hacemos fluye desde allí. Un corazón lleno de gracia producirá palabras de gracia; un corazón lleno de verdad hablará verdad; un corazón rendido a Cristo manifestará el carácter de Dios.
Antes de hablar, conviene examinar nuestro interior. Antes de emitir un juicio, compartir una información o expresar una opinión, debemos preguntarnos qué está motivando nuestras palabras. ¿Provienen del amor, de la verdad y de la sabiduría de Dios, o de la sospecha, el orgullo y la imaginación descontrolada?
Si nuestro propósito es honrar a Aquel que nos dio la vida, entonces nuestras palabras y nuestras acciones deben reflejar Su carácter.
Oremos para que el Espíritu Santo haga que, de nuestro corazón, broten pensamientos dignos, y de nuestros labios, palabras que edifiquen, bendigan y den gracia a quienes las escuchan (Ef 4:29). Y que nos ayude a entender que si nuestras palabras no van a glorificar a Dios ni a beneficiar al prójimo, el silencio es la mejor respuesta.
Considera a Cristo, Su corazón siempre buscaba asemejarse al del Padre y dependía de Él para ello. Y recuerda que el estado de nuestro corazón siempre terminará manifestándose en nuestra manera de hablar y de vivir.
Dios les bendiga, mis amadas
Autora invitada: Rosita Lara

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Diseño: Wendy Balboa




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