• Elizabeth Cjumo

De deudoras sin esperanza a coherederas con Cristo




Por fe, por la fe sola, poseemos todo lo que solo le pertenece a Cristo. Él es el verdadero hijo, él es el hijo legítimo. El verdadero hombre de Dios, el Hijo amado en el que Dios se complacía. Por la fe y la manifestación de la gracia de Dios, todas esas maravillas no nos son ajenas. Al haber creído en Cristo, hemos tomado parte de esas realidades espirituales. Todo cuanto concierne a la vida y piedad se nos ha sido entregado, en Cristo. Él ha hecho posible que hoy podamos ser parte de la familia de Dios, el Hijo legítimo nos llevó al Padre. Por Él ya no somos huérfanas, ahora tenemos una familia, pertenecemos a la familia de Dios. ¿No es esa una maravilla sin precedentes? Cristo es la fuente de toda nuestra nueva realidad de vida y de la vida venidera. Cristo es la fuente de nuestra salvación y la esperanza de nuestras almas.


Queridas amigas, no tomemos en poco o demos por sentado tan grande realidad. No nos demos el lujo de pensar que entender y meditar en lo que Cristo hizo solo es “el inicio de la vida cristiana” o creamos neciamente que entender y explicar esa realidad es solo el primer escalón de las “mejores y mayores cosas que debo leer y saber sobre el cristianismo”. En definitiva, esto NO es así. El Evangelio, la buena noticia, el Cristo muerto y resucitado, es la realidad más grande, màs impactante, necesaria y en la que descansa nuestra vida entera. El Evangelio es el que hace posible y verdadera nuestra fe. Es ésta la verdad transversal de la que se desprende toda la vida del cristiano. Es la columna vertebral que nos mantiene de pie. Sin Cristo, mis hermanas, sin Él, como decía Pablo enfáticamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima (1 de Corintios 15:19).


Por esa razòn es que debemos recordar el Evangelio de nuestro Cristo no solo en ocasiones particulares, no solo cuando tengamos la oportunidad de evangelizar a alguien, no solo cuando nos toque dar razòn de la fe que hay en nosotros (1 Pedro 3:15), sino que el Evangelio debe ser recordado y meditado por nosotras de continuo,con un corazòn humilde y agradecido, con uno que comprende que la realidad del Evangelio es una verdad gloriosa necesaria todos y cada uno de nuestros días.


No pensemos en el Evangelio solo como un tópico màs dentro del espectro de temas necesarios para la vida cristiana y el saber còmo vivirla. ¡No cometamos ese error!

Nuestra vida descansa en Cristo.


El atribuirle al pecador una rectitud que no le pertenecía no es un simple intercambio o “trueque”, o, en términos de Derecho y Abogacía familiares para mí, no es una ficciòn legal, sino que es una transacción total y suficientemente justa. Es una transacción porque hubo una deuda cuyo monto a pagar jamás podría haber sido satisfecho. Desde cualquier ángulo a ser vista, aun con las mejores técnicas y argumentos de defensa que presente el deudor ante su acreedor, JAMÀS, podría haber sido honrada, esa deuda era impagable y revelaba la incapacidad de nosotras, las deudoras.

La buena noticia es que nuestra deuda, ha sido pagada en su totalidad, no ha quedado nada más que satisfacer u honrar, no hay indemnizaciones, no hay daños y perjuicios adicionales que tengamos que asumir. La deuda fue completamente pagada por Cristo, una vez y para siempre. Y, nuestro Acreedor, aquél a quien le debíamos tamaña deuda y ante quien debíamos responder por nuestra injusticia, nuestro Dios, ha visto satisfecha esa justicia. ¿En quién? Únicamente en Cristo. Él asumió en totalidad nuestra imposibilidad de pago, ¡Qué maravilla saber que por nuestro amado Señor hemos pasado de ser deudoras sin esperanza a coherederas conjuntamente con Cristo, herederas de la gracia e Hijas de Dios!


“Él pagó la deuda” no es un cliché, no es solo una frase dentro de todo el vocabulario cristiano, lejos de ello, es una realidad sobrenatural. Es la realidad de nuestra vida: Cristo nos salvó.


Hermanas, no olvidemos que nosotros somos aquellas deudoras y pecadoras que han recibido por la fe sola, el regalo de la rectitud de Cristo para ser presentadas delante de la presencia y ojos del Dios santo y ser aceptadas por Él.


La vida, rectitud y obra culminante de redención de Cristo son nuestra mejor y más grande esperanza.