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¿Cómo reaccionar cuando nuestra economía tambalea?

hace 3 horas
5 min de lectura

Hay noches en las que algunas de nosotras nos acostamos haciendo cuentas en la mente. Pensamos en los gastos de casa, la despensa, las cuentas por pagar o en la incertidumbre de no saber qué traerá el próximo mes. 


Claro, podemos sonreír durante el día y en silencio cargar preocupaciones que nadie más conoce Es en esos momentos que el temor e incertidumbre intentan ocupar el lugar de la fe en nuestra mente y corazón.


Sin embargo, como hijas de Dios, hemos sido llamadas a vivir con paz y esperanza. Y recordar que nuestra paz no depende de la estabilidad económica, de un salario o de una cuenta bancaria, sino de la fidelidad de nuestro Padre celestial. Porque la verdadera seguridad que tenemos como creyentes nunca debería descansar en nuestros recursos y fuerzas, sino en el Dios que promete cuidar de los Suyos.


Aun en medio de una crisis económica, Dios nos llama a responder con sabiduría, a poner nuestra confianza en Su reino antes que en las riquezas de este mundo y a descansar en la certeza de que Él continúa siendo nuestro Proveedor. Cuando enfrentamos situaciones que amenazan la seguridad laboral y las cuentas de ahorro, es natural sentir temor e inseguridad. Sin embargo, ¡créeme! ¡es posible enfrentar tiempos de recesión o dificultades económicas con gozo!


Aquí hay tres maneras bíblicas en las que podemos responder y hacer frente a lo que estamos viviendo:


Seguir practicando la sabiduría


La Biblia está llena de principios acerca del dinero y el trabajo. Por ejemplo, nos habla sobre la pereza, la cual nunca es buena. Sabemos que el perezoso que se niega a trabajar no tendrá nada en el tiempo de la cosecha (Pr 13:4; 20:4). También se nos dice que la diligencia es recompensada con riqueza (Pr 12:27), pero la riqueza en abundancia trae sus propios problemas (Pr 13:8). Ganar poco a poco, con el tiempo, es más sabio que obtener una gran suma de repente (Pr 13:11) y, trabajar sin descanso únicamente para acumular riquezas, no es propio de un hombre prudente (Pr 23:4). 


Todas estas palabras han sido vividas y probadas por hermanos desde hace mucho tiempo y, ahora, son útiles para nosotros tanto en tiempos de bonanza como en escasez. Confiar en Dios no significa ignorar nuestras decisiones diarias, sino administrarlas bajo Su dirección. Hemos sido llamadas a ser diligentes, prudentes y buenas administradoras de todo lo que Él pone en nuestras manos.


En tiempos de escasez, la sabiduría puede verse en acciones sencillas como: elaborar un presupuesto, evitar deudas innecesarias, trabajar con dedicación, ser generosas dentro de nuestras posibilidades y aprender a distinguir entre lo que necesitamos y lo que simplemente deseamos. 


Jesús multiplicó los panes, pero antes pidió que recogieran lo que había sobrado para que nada se desperdiciara (Jn 6:12). El Dios que provee también nos enseña a administrar todo lo que nos da con fidelidad. Por eso, necesitamos entender que la confianza en Dios nunca reemplaza la responsabilidad. La Escritura no promueve la pasividad ni el descuido financiero; por el contrario, llama al trabajo diligente, la buena administración y  prudencia. Como señala R. C. Sproul: «la fe genuina nunca contradice la obediencia práctica, sino que la fortalece» (La Santidad de Dios). Una mujer cristiana que administra, ya sea el dinero o cualquier otra cosa, con sabiduría, honra a Dios tanto en la abundancia como en la escasez.


Recordar la economía de Dios


Necesitamos recordar que la economía de Dios funciona con prioridades diferentes a las del mundo. Jesús enseñó: «Pero busquen primero Su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas» (Mt 6:33). 


La preocupación constante por el dinero puede convertirse fácilmente en una forma de idolatría cuando desplaza nuestra confianza de Dios hacia los recursos materiales. De acuerdo con John Piper: «Dios no promete hacernos ricos, sino ser suficiente para cada necesidad» (Desiring God). 


Por eso, incluso en medio de la escasez,  podemos continuar siendo generosas porque entendemos  que todo lo que poseemos pertenece al Señor y que las riquezas eternas tienen mucho más valor que las temporales. Así debe ser nuestra actitud hacia el dinero: manejarlo con sabiduría y generosidad y nunca poner nuestra confianza en él ni en nada de este mundo que se puede perder tan fácilmente (Mt 6:19-21). 


Pero ¿Cómo lo hacemos? Confiando en la provisión de Dios y Su fidelidad.


Confiar en la provisión de Dios


La paz del creyente descansa en la fidelidad de Dios, que sostiene a los Suyos en circunstancias imposibles.


Recordemos que Él alimentó a Elías con comida traída por cuervos (1 R 17:4–6). Hizo que la tinaja de harina y la vasija de aceite de la viuda nunca se agotaran (1 R 17:16). Incluso Él cuida y alimenta a los gorriones; por eso no fallará en cuidar y alimentar a Sus hijos (Mt 6:25–27).


Estas historias no son promesas de prosperidad material, sino testimonios del cuidado constante de Dios hacia Sus hijos, como afirma Jerry Bridges, «confiar en la providencia divina significa descansar en que Dios gobierna todas las circunstancias con sabiduría y amor»  (Trusting God).


En conclusión, las crisis económicas revelan dónde está realmente nuestra confianza y corazón. Si nuestra seguridad depende únicamente del dinero, cualquier pérdida traerá desesperación, pero si nuestra esperanza está en Cristo, podremos enfrentar la incertidumbre con una paz que el mundo no puede ofrecer. 


La sabiduría en la administración, la búsqueda del Reino de Dios y la confianza en Su provisión no eliminan las dificultades, pero sí transforman la manera en que las enfrentamos. 


Quizá hoy no puedas controlar tu economía ni todas las circunstancias que enfrentas, pero sí puedes decidir caminar con sabiduría y humildad. No permitas que el temor gobierne tus decisiones, que sea la Palabra de Dios quien dirija cada uno de tus pasos.

Pregúntate: ¿Estoy tomando decisiones guiadas por el temor o por la sabiduría que Dios enseña en Su Palabra?


Hermanas, la escasez puede ser una escuela donde Dios forme un corazón más dependiente, más prudente y más agradecido. No somos ingenuas, no ignoramos la realidad de los países donde habitamos, pero tenemos la certeza y convicción de que nuestra vida y futuro no dependen de nuestros recursos o economía, sino del carácter y provisión de Dios.


Pidamos al Señor que nos enseñe a confiar en Él, que lo amemos más que a nada y nadie, que Su Santo Espíritu nos guíe y seamos buenas administradoras así como generosas para dar y compartir lo que hemos recibido solo por Su amor y gracia. 


¡Siempre estamos a una decisión!




Bibliografía

Bridges, Jerry. Trusting God. NavPress.

Piper, John. Desiring God. Multnomah.

Sproul, R. C. La Santidad de Dios. Editorial Portavoz.


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Diseño: Ambar Arias / @ambarvaleaf


 
 
 

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