La bondad de Dios

Ángeles en los campos de concentración nazis, de Jan Markell, fue uno de los primeros libros que leí durante mi adolescencia. Te preguntarás por qué una niña de once años comenzó un hábito de lectura con un título como ese. Aunque no lo sé con exactitud, probablemente se debió a mi búsqueda por encontrar la bondad de Dios en medio de la maldad de este mundo. Esta inquietud comenzó a partir del accidente que sufrieron dos amigos de la Escuela Dominical cuando yo tenía ocho años. Recuerdo su emoción por sus próximas vacaciones, felices de ir con su mamá y su abuela; sin embargo, una semana después, escuché que esa familia había tenido un accidente y habían perdido la vida.
La bondad es uno de los atributos de Dios; sin embargo, en situaciones trágicas como ésta, los lentes a través de los cuales vemos lo bueno que es Él se empañan y resulta difícil mirarlo con claridad. ¿Cómo podemos sostenernos en Su amor cuando el sufrimiento nos golpea? A lo largo de este escrito, me gustaría que analicemos la naturaleza absoluta de Su bondad, cómo ésta se refleja en nuestras vidas a través de los atributos comunicables, la importancia de combatir la queja con la gratitud de la Salvación y la soberanía de Sus decisiones en medio del dolor.
Dios es la bondad
El primer punto fundamental es comprender que Él es la bondad misma. Dios no puede negarse a sí mismo, ya que Él no solo hace cosas buenas, sino que Su esencia es la bondad, tal como se nos muestra en Tito 3:4-5 al hablar de Su amor para con la humanidad. El autor Arthur W. Pink lo explica con claridad al afirmar: «La bondad que hay en cualquier criatura es la que ha sido otorgada por su Creador, pero su bondad no es derivada de ningún otro ser» (Los atributos de Dios, 59). Dios es la fuente inagotable de este atributo, por lo cual, ninguna circunstancia difícil puede alterar o disminuir Su carácter perfecto.
Sé bondadosa
En segundo lugar, para ver la bondad divina en nuestra vida es necesario que nosotros también seamos bondadosos. Dios tiene atributos comunicables, los cuales refleja a Sus criaturas, y uno de ellos es precisamente éste. Si anhelamos experimentar Su cuidado, debemos impartir bondad a los que nos rodean. La Escritura nos manda: «Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo» (Ef 4:32). Mi experiencia trabajando con niños de una casa hogar me ha ayudado a enfocarme más en ser bondadoso con los que me rodean que en esperar esa bondad de ellos, lo cual, al mismo tiempo, me ha permitido ver con mayor nitidez los favores de Dios en mi vida.
Sé agradecida
Por otra parte, necesitamos ser agradecidos. Una de las cosas que más nos impide contemplar el obrar de Dios es la queja. En el Antiguo Testamento se hace evidente que la queja era una de las actitudes que más desagrada al Señor. A nivel personal, me he dado cuenta que estar cerca de personas que se quejan por todo alimenta mi propia naturaleza quejumbrosa, lo que trae, a su vez, falta de agradecimiento y me ciega ante el hecho de que son más las razones para estar agradecida que para no estarlo. Una frase que escuche del teólogo John Piper transformó mi manera de ver este asunto con una frase acerca de la redención: «Dios es el premio supremo de la salvación. Si la cruz no te satisface cuando lo pierdes todo, entonces no has entendido el valor de Aquel que murió en ella. Cristo es suficiente; Su gracia es el motivo eterno de nuestro gozo» (Dios es el Evangelio, 13). La Salvación es el motivo más elevado y suficiente para vivir en gratitud continua.
Busca la bondad de Dios en todo.
Asimismo, es indispensable buscar la bondad de Dios en todo. En estos últimos años he aprendido que no hay mejor manera de comprender este atributo que buscarlo activamente en cada situación, incluyendo el sufrimiento. Elisabeth Elliot, una de las escritoras más influyentes de nuestra época y cuya fe fue profundamente ejercitada en el dolor, escribió al respecto: «Dios jamás le niega a sus hijos aquello que su amor y sabiduría consideran bueno. Sus negativas siempre son misericordiosas; a veces, “misericordias severas”, pero misericordias, al fin y al cabo. Dios nunca nos niega el deseo de nuestro corazón, salvo para darnos algo mejor». Confiar en Sus negativas es el escalón más alto de la madurez espiritual.
La bondad inmutable de Dios
Finalmente, debemos descansar en que nos sostiene una bondad inmutable. Afortunadamente para nosotros, la bondad divina no depende de lo que pasa a nuestro alrededor ni de la percepción temporal que nosotros o los demás tengamos acerca de Él y Sus designios. Olvidar esto puede alterar lo que creemos acerca de Su carácter e incluso llevarnos a fabricar un dios a nuestra propia imagen, en lugar del Dios soberano de la Biblia. Para que esta verdad nos sostenga en las pruebas es vital que la creamos firmemente, tal como expresó el salmista en las Escrituras: «Hubiera yo desmayado, si no hubiera creído que había de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes» (Sal 27:13).
En conclusión, Dios es intrínsecamente bueno y todo lo que permite o no permite en nuestra existencia tiene como propósito nuestro bien eterno.
A lo largo de este análisis hemos recordado que:
Su esencia es inmutable
estamos llamados a reflejar Su amor siendo bondadosos con el prójimo
la cruz es nuestro motivo supremo de gratitud por encima de las quejas terrenales
Sus respuestas negativas también son muestras de Su amor sabio.
Confiemos en que Aquel que no escatimó a Su propio Hijo ordenará cada dolor de nuestra historia para manifestar Su gloria y nuestro mayor beneficio espiritual.

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Diseño: Ambar Arias / @ambarvaleaf





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