Vivas en Su poder (parte II)

La resurrección de Cristo es uno de los hechos centrales del Evangelio. Las Escrituras revelan que Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día, de lo cual hubo pruebas claras (1 Co 15:3-8).
Y, ¿cómo vivimos de esta forma?
Bueno, en realidad no es que necesitamos hacer algo para vivir en el poder de la resurrección. Porque no es algo que producimos tú y yo. Es algo que Dios ya ha hecho. Es una nueva naturaleza, una nueva realidad, un corazón regenerado, un poder que Dios nos ha infundido y ahora, como resultado de esto, hemos sido transformadas y caminamos como nuevas criaturas, en rendición y dependencia de nuestro Señor.
El poder de la resurrección se despliega cuando vivimos paso a paso por fe, mirando a Jesús, la fuente de toda bendición. Cuando permanecemos conscientes de que ya no se trata de nosotras, porque todo lo que éramos fue crucificado. Ese viejo yo ya no existe más. Ahora es Cristo en nosotras y nosotras en Él, de modo que somos uno con Jesús. Estamos vivas en Él. Vivas en Su poder.
Nuestras conciencias han sido limpiadas de obras muertas para servir al Dios vivo (He 9:14); hemos sido creadas de nuevo en Jesús, para andar en las buenas obras que Él nos ha preparado de antemano (Ef 2:10).
Esto no quiere decir que podamos tener vidas perfectas. La santificación es un recorrido que durará hasta llegar al cielo; pero, en el poder de la resurrección, sí es posible que, cada vez más, caminemos en pos de la madurez y estatura perfecta de Cristo a la que nos dirigimos, con victorias y progresos. Seguiremos pecando y muchas veces fallaremos de nuevo, sí; pero recordamos que no depende de nuestros métodos o capacidad. Nuestro poder es el Suyo.
Poco a poco dejamos de apoyarnos en nuestros escasos y débiles recursos para depender por completo de Su inagotable provisión de santidad, justicia y de todo el fruto del Espíritu porque reconocemos que separadas de Él nada podemos hacer, como tampoco puede hacerlo un pámpano de la vid, o el cuerpo de la cabeza. No podemos escapar de esta realidad. No hay un lugar a donde podamos ir en el que estemos desprovistas de este poder, ninguna circunstancia, por compleja que sea, o ningún pecado, que este poder no pueda dominar o vencer.
Incluso, el tiempo verbal que usa Pablo hace alusión a cosas que ya pasaron. Es algo que ya sucedió por iniciativa y voluntad de Dios. Por lo tanto, si hemos sido abrazadas por el poder de la resurrección, esto es ahora lo que nos define. Este poder nos inunda, nos llena, nos cubre. Está en nosotras. Es innegable, soberano e inmutable.
Morir para vivir
No puedo dejar de aclarar que la vida en el poder de la resurrección no anulará las dificultades y sufrimientos propios de vivir en un mundo caído. De hecho, Pablo le dice a los Filipenses que parte de conocer a Cristo y el poder de Su resurrección constituía también participar en Sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él en Su muerte (Fil 3:10). El poder de la resurrección no se hace efectivo hasta que primero morimos y nos negamos a nosotras.
Antes de la resurrección y la vida debe haber crucifixión, dolor y muerte. Antes del sol habrá lluvia y noche muchas veces. Antes de la risa habrá lágrimas. Antes del poder, vendrá la debilidad. Antes de la glorificación y la exaltación, vendrá la humillación y el despojarnos de todo vestigio de orgullo para que la naturaleza de Cristo tome más y más dominio de nuestros afectos, mente y voluntad.
Un empoderamiento real
Ahora bien, pensando de manera práctica, en nuestro día a día, en nuestra realidad presente, en medio de una cultura que busca el empoderamiento de la mujer a toda costa, necesitamos recordar que las mujeres cristianas tienen un poder verdadero. ¿Qué sería de nosotras si creyéramos y viviéramos continuamente en este glorioso poder? ¿Cómo sería nuestra relación con el Señor, nuestra adoración y servicio a Él, si esta verdad no se quedara sólo en una doctrina histórica, sino en lo que en realidad es: el corazón mismo de nuestra fe?
¿Cuánto crecimiento y cambio tendríamos en nuestros hogares, en nuestros matrimonios, en la crianza de nuestros hijos, en nuestras iglesias y en nuestras relaciones?
¿Cuántas de nuestras luchas son más difíciles porque estamos mirando con incredulidad hacia nosotras mismas y hemos dejado de contemplar con fe a la gloria de la Cruz, la tumba vacía y el Trono ocupado?
Tal vez estamos agotadas y frustradas porque queremos obedecer al Señor y vivir para Él, lo cual es muy bueno; pero lo estamos intentando alejadas de Él, lo cual es imposible.
Pero, queridas hermanas, recordemos que hay poder disponible para cada una de nuestras necesidades hoy. El poder sin límites del Cristo resucitado vive en cada una de nosotras y Dios quiere que lo usemos para Su gloria y nuestro bien. Hay poder para amar, para perdonar, para servir, para ser pacientes, afables y apacibles, bondadosas, compasivas y misericordiosas y, al mismo tiempo, firmes y celosas de nuestro Señor y de nuestra fe. Hay poder para enfrentar nuestros temores y ansiedades, y hay poder para vivir con nuestros dolores y quebrantos, aun con gozo y esperanza. Hay poder para vivir en Él, por Él y para Él.
Y tú, si aún no conoces este poder, también puede ser para ti. Cree en Jesús como Señor y Salvador, quien vivió, murió y resucitó a tu favor, y empezarás a vivir en el poder de la resurrección.
Quiera el Señor hoy abrir también nuestros ojos y darnos luz para seguir conociéndole, creyendo en Él y rendirnos a Su divino poder que opera en nosotras. Ese supereminente y grandioso poder que levantó a Jesús de los muertos nos levantó de la muerte de nuestros espíritus; nos dio el aliento de una vida segura, en unión con Cristo, santidad y llena de esperanza. Y nos levantará otra vez del polvo para estar por siempre con el Padre de gloria.

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