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Cuando pides un carácter maduro y recibes pruebas


¿Alguna vez has orado al Señor por un carácter maduro? Ésta es una petición esencial en la vida de todo creyente y que, sin lugar a dudas, el Señor se complacerá en contestar. Pese a esto, la forma en que a veces recibimos la respuesta a esta oración, no es la que esperábamos, ni como nos hubiera gustado. Una de estas respuestas puede venir en forma de pruebas. Así es, muchas veces pedimos madurez de nuestro carácter y esperamos firmeza, fortaleza y victorias en nuestro caminar. Sin embargo, en lugar de eso, recibimos pruebas, problemas, presiones, limitaciones y dificultades.


Esto no significa que el Señor no quiera respondernos con el crecimiento que deseamos, pero, en ocasiones, usará medios que parecerán completamente opuestos, según nuestros razonamientos, o que no vamos a entender. Aunque, usados en Sus manos, darán el fruto que Él desea y nosotras necesitamos.


La prueba de nuestra fe produce paciencia


En la carta escrita por Santiago a los creyentes judíos, leemos: «Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada» (Stg 1: 2-4 LBLA).


Los receptores de esta carta se encontraban dispersos y estaban enfrentando dolorosas aflicciones respecto a su fe y circunstancias de vida, por lo que Santiago comienza diciéndoles que tengan «sumo gozo» en medio de las pruebas. Esto parece imposible en situaciones de este tipo, y no es natural. 


El pastor John Macarthur, en su Biblia de Estudio, explica que la palabra griega «pruebas» utilizada en este pasaje describe: «todo tipo de problemas o tribulaciones que interrumpen una condición normal de paz, comodidad y felicidad en la vida de una persona. La forma verbal de esta palabra significa “someter a alguien o algo a prueba”, con el propósito de descubrir la naturaleza verdadera de nuestra fe y su calidad».


El apóstol Pedro también se refirió a esto. Él les dijo a sus oyentes que su fe sería purificada como el oro que se limpia con el fuego (1 P 1:6-7).


Ahora bien, volviendo a nuestro texto, Santiago continúa con la siguiente expresión: «sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia» El argumento que él usa hace alusión a lo que la prueba produciría en ellos: paciencia. Pero, ¿qué es la paciencia? ¿Para qué nos sirve?


Creo que a veces pensamos en la paciencia como el hecho de aceptar pasivamente lo que nos acontece, detenernos y no hacer nada al respecto. Pero, en realidad, la palabra que se usa aquí hace referencia a la capacidad de resistir y perseverar bajo un gran peso, sin ceder. Evidentemente, eso implica fortaleza y firmeza, las cuales tendrán una excelente oportunidad de ser desarrolladas y ejercitadas solamente en circunstancias de este tipo. De hecho, las palabras «sabiendo que» indican un conocimiento por experiencia, que se adquiere en la práctica.


Esto quiere decir que las pruebas pueden ser intensas, duras y algunas bien difíciles de sobrellevar. Puede parecernos, incluso, que no podremos soportar ese enorme peso que sentimos. Pero éstas no tienen la intención de destruirnos. Al contrario, son para probar y aumentar nuestra fe y demostrarnos si es real o no.


Ante esto, John Macarthur también nos explica que, al ser como exámenes, está presente la posibilidad de no pasar la prueba si reaccionamos de la forma incorrecta. En ese sentido, se convierten también en una tentación del enemigo para pecar. Pero, cuando por la gracia de Dios las superamos, podemos saber y testificar que las pruebas producen esa paciencia de la que nos habla Santiago.


La obra completa de la paciencia


Ahora bien, todo este proceso que la palabra de Dios nos menciona, no es simple. La paciencia no se producirá fácilmente. No es una emoción que experimentamos en un momento determinado y de forma rápida. De hecho, la paciencia no es tampoco el fin en sí mismo. Es por eso que Santiago no da por sentado esta aclaración, sino que considera necesario recordarles: «que la paciencia tenga su perfecto resultado», es decir, para que pudieran crecer en la fe.


Esto quiere decir que la paciencia también será probada. Si bien nuestra tendencia es a huir de las pruebas, a salir de éstas lo más pronto posible y no queremos esperar, ni sentir el dolor más mínimo, sino que miramos sólo las angustias presentes sin pensar en los beneficios futuros, Santiago nos dice que la paciencia debe hacer su trabajo. Debemos darle su espacio y dejar que complete su obra. Se trata de un continuo perseverar, con nuestra voluntad sometida a Dios.


Warren Wiersbe dice, en su libro «Maduros en Cristo: Estudio expositivo sobre la carta de Santiago», que: «La gente no madura, siempre se impacienta; las personas que han madurado son pacientes y tenaces. Por lo general, la impaciencia y la incredulidad van juntas así como la fe y la paciencia […] Dios quiere hacernos pacientes porque ésta es la clave para las demás bendiciones» (He 6:12; 10:36; Is 28:16).


Perfectos y completos: el verdadero propósito


Ahora veamos el «para qué» y la razón de este proceso visto hasta aquí: «para que seáis

perfectos y completos sin que os falte nada». La paciencia será un puente que nos lleve hacia esta dirección. Ese es el motivo de todo: que avancemos hacia la madurez de nuestro carácter para que este se perfeccione y complete. No se trata de alcanzar la perfección en esta vida, pero sí es posible cultivar un carácter estable, piadoso y justo que pueda ser más semejante al de nuestro Señor Jesucristo, y para lo cual hemos sido salvadas.


Me encanta cómo dice 1 Pedro 5:10: «Y después de que hayáis sufrido un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, que os llamó a su gloria eterna en Cristo, Él mismo os perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá» (LBLA).


Esto nos confirma que el Señor obra a través de nuestro sufrimiento para producir un carácter más fuerte y maduro en nosotras.


En Romanos 5:3-4, se define de forma muy clara esta idea. Pablo dice: «Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza» (LBLA).


El punto es el mismo: la prueba producirá paciencia para que resistamos y nos mantengamos firmes bajo fuertes pesos y presiones sin derrumbarnos. A su vez, la paciencia obrará en nosotras un carácter probado y maduro. Es por eso que podemos gloriarnos en ellas, tener sumo gozo y esperanza, porque las ganancias que obtendremos serán eternas.


Pero aquí no termina todo. Esto no lo hacemos por nosotras mismas. 


Dependiendo del Señor y de Su sabiduría


Santiago también les dijo: «Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero que pida con fe, sin dudar; porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra» (Stg 1:5-7 (LBLA).


Necesitamos depender de la sabiduría de Dios, que es Cristo mismo. Si algo nos muestran las pruebas es nuestra gran necesidad de depender del Señor continuamente. Cuanto más conscientes somos de nuestra insuficiencia y debilidad, más maduramos y crecemos en nuestro carácter. Esto es parte del por qué Dios usa las pruebas. Necesitamos reconocer que es el Dios de toda gracia el que hace la obra en nosotras. Dependemos de Él para que nos afirme, fortalezca y establezca (1 P 5:10). Nosotras debemos responder en sumisión y gozo, esperando y confiando en Él. 


Dios tiene toda la sabiduría y la da abundantemente a quien se la pida (Stg 1:5). Él está dispuesto y comprometido a ayudarnos, pero tengamos en cuenta que Su sabiduría es infinita. La forma en que lo hará será 100% eficaz, aunque nuestra mente humana no comprenda todos Sus propósitos. Por eso tenemos que pedir sabiduría y hacerlo con fe, sin dudar (Stg 1:6).


El autor mencionado antes, Warren Wiersbe, expone que: «La única manera en que el Señor puede perfeccionar la paciencia y el carácter en nuestra vida es a base de pruebas. La constancia no puede alcanzarse al leer un libro, escuchar un sermón, o aun hacer una oración. Debemos pasar por las dificultades de la vida, confiar en Dios y obedecerle. El resultado será paciencia y carácter».


¿Y ahora qué?


Puedo decirte que yo también le he pedido muchísimas veces al Señor, en oración, que me dé un carácter maduro. Por Su gracia me ha enseñado que las pruebas, que he recibido como respuesta, son muestras de Su amor y fidelidad hacia mí. Así que, recuerda esto: cuando pidas un carácter maduro, es muy probable que primero recibas pruebas. Son éstas las que el Señor usará para moldear tu carácter en dependencia de Él. 


Él nos sostendrá y nos guiará al pasar cada examen. En consecuencia, somos animadas a mirar a nuestro Señor Jesucristo, quien vivió la prueba más grande de todas. En Su deidad, Él era perfecto, pero, en Su humanidad, Él debió someterse a Dios y obedecerle: «Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente; y aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció; y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen» (He 5:7-9 LBLA).


Ruego que Su ejemplo y obra a nuestro favor nos anime y consuele, mientras nuestro carácter es purificado en el horno de las pruebas. 


No estamos solas. ¡Hay uno más entre las llamas!



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Diseños: Ámbar Arias

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