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¿Por qué a los demás les va tan bien y a mí me cuesta tanto?


¿Alguna vez te hiciste esa pregunta? Personalmente, puedo decirte que sí lo hice, y varias veces. Ya sea porque he visto a otros prosperar en lo económico, en lo social, en lo estético-corporal, etc. Pero, siendo sincera contigo, el área con la que más he luchado al mirar a otros, y luego a mí misma, es el área espiritual. 


¿Te ha sucedido el hecho de ver el crecimiento espiritual de otros y pensar por qué a ti no te ocurre lo mismo? A mí me ha pasado al verlos obtener victoria en sus pecados y  mientras yo seguía luchando con mis debilidades de siempre, o al ver que otros hermanos comienzan a servir y a ser más visibles o reconocidos que yo. 


Veamos qué dice la Palabra de Dios al respecto según el Salmo 73:1-3: «Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los puros de corazón. En cuanto a mí, mis pies estuvieron a punto de tropezar, casi resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes al ver la prosperidad de los impíos» (énfasis añadido).


Al igual que Asaf, nosotros muchas veces pensamos que existe cierta contradicción entre la bondad de Dios y la prosperidad de los impíos e, incluso, del avance de nuestros hermanos en fe. Pero nota algo clave en las palabras de Asaf: la envidia. En ocasiones, detrás de esos pensamientos que tenemos se esconde el pecado de la envidia y los celos porque vemos lo que otros tienen y que deseamos obtener. 


Asaf es claro al decir que experimentar este tipo de envidia lo hizo casi tropezar. No podemos esperar menos de nosotras en este aspecto, queridas hermanas.


Luego de desarrollar su razonamiento acerca de la prosperidad de los impíos, en los versículos 12-14, el autor del salmo continúa diciendo: «Miren, estos son los impíos, y, siempre desahogados, han aumentado sus riquezas. Ciertamente en vano he guardado puro mi corazón y lavado mis manos en inocencia, pues he sido azotado todo el día y castigado cada mañana». En su frustración, Asaf veía la vida de los impíos como si fuera mejor que la suya. Él pensaba que la maldad de ellos era recompensada por un Dios ignorante y sentía que era vano ser puro, limpio e inocente delante de Dios.


Sin embargo, después reconoce: «Cuando pensaba, tratando de entender esto, fue difícil para mí, hasta que entré en el santuario de Dios; entonces comprendí el fin de ellos» (vs.16-17). Asaf no podía negar lo que veía en los impíos y que, por otro lado, su vida era difícil y parecía ser un castigo de Dios. Pero allí fue cuando entró a la casa del Señor, donde obtuvo la perspectiva correcta de su problema, desde una cosmovisión eterna. 


Casi al final, el escritor comprende el fin de Dios para los que no conocen al Señor (vs. 18-20), confiesa su amargura y su necio entendimiento diciendo: «Sin embargo, yo siempre estoy contigo; Tú me has tomado de la mano derecha. Con Tu consejo me guiarás, y después me recibirás en gloria» (vs. 23-24). ¡Amén! ¡El Señor es misericordioso y nunca nos abandona, ni siquiera en nuestra peor necedad!


Observa los últimos versículos: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Fuera de Ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre. Porque los que están lejos de Ti perecerán; Tú has destruido a todos los que te son infieles. Pero para mí, estar cerca de Dios es mi bien; en Dios, el Señor, he puesto mi refugio para contar todas Tus obras» (vs. 25-28; énfasis añadido).


Cristo es suficiente para darnos verdadera libertad de estos pensamientos a través de la nueva identidad que nos ha dado al creer en Él. Con Su ejemplo, Cristo nos ayuda a mirar al Padre, a nosotros mismos y a los demás conforme Su Palabra (Ro 12:3). Con este panorama completo, tal como Asaf lo hizo, podremos ver la gloria de la esperanza celestial que nos espera en Cristo y saber que estar en Él es nuestro bien.


¿Tu conocimiento de la bondad de Dios se nubla al ver la prosperidad de los demás y no la tuya? ¿A quién o dónde recurrir para obtener una cosmovisión correcta de las cosas? ¿Estás dispuesta a reconocer que Dios es justo para con todos y siempre cumple Su voluntad? 


Te animo a que leas y medites en este salmo y ores al Señor para que, dejando esta pregunta a Sus pies y a través de Su Espíritu, Él te muestre cuáles son tus deseos más profundos y que, si has pecado, te dé arrepentimiento para pedirle perdón, volverte a Él en obediencia y aferrarte a tu identidad en Cristo. Porque sea lo que sea que estés viviendo, sea lo que sea que te cueste lograr, todo lo que tienes y lo que no tienes, es porque Él así lo quiere y siempre será lo mejor para Sus hijos.



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Diseño: Rhaien Vivar

 
 
 

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