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Para hacer amigos se requiere esfuerzo


«¿Y si parte de mi vacío, es porque me resisto a servir?». Con esta pregunta terminó mi devocional hace poco. «¡Es cierto!», dije asombrada. Aunque mi devocional trataba acerca de la disciplina espiritual del servicio, meditando en ella me preguntaba también cuántas veces he perdido oportunidades para cultivar amistades profundas porque he esperado que me sirvan a mí o me den su amistad, en lugar de hacerlo yo. 


El corazón del problema


Además de ser transparente contigo, quiero ser vulnerable. Cuando llegué a mi iglesia local y me vi rodeada de jóvenes, deseé que quisieran ser mis amigos. De entrada, ese era un buen deseo, pero esperaba que me recibieran con los brazos abiertos y vengan a mí a iniciar una conversación. En mi corazón tenía el anhelo de, algún día, tener muchas amigas, y esperaba que ellas lo fueran. Al fin y al cabo, como eran cristianas, pensé que sería fácil. Mi corazón deseaba que así fuera. 


Sin embargo, nada de eso sucedió. En lugar de ser recibida como quería, me sentí ignorada, rechazada, lastimada e incómoda a tal punto que ir a mi iglesia me ponía muy nerviosa. Mi excusa era «no soy buena para hacer amigos». Suponía que, como recién había llegado, ellos debían recibirme y generar una amistad conmigo. 


El anhelo que tenía en mi corazón de que ellas fueran mis amigas, era un deseo válido y lindo, pero estoy segura que la motivación en mi corazón no era la correcta. Estaba queriendo amigas sólo por conveniencia. En esa época de mi vida, no conectaba con Dios ni mucho menos con los demás, de hecho, si no tenía una relación viva con Dios, tampoco podía tenerla con otros. ¿Cuál era el corazón del problema? Mi propio corazón (Jer 17:9). Lo que hacía despertar cada una de esas sensaciones no era algo externo a mí, sino interno. El problema para iniciar y cultivar una amistad no eran mis hermanos y hermanas, no era mi introversión o personalidad, el problema es que tengo un corazón autocentrado, orgulloso y egoísta. 


Sí, ya sea que seas nueva en tu iglesia o que lleves muchos años en ella, hacer amigos es difícil. En verdad, el pecado hace todo difícil ¿no? Pero esto de la amistad es todo un desafío y, en general, cualquiera que sea la razón, hacer amigos requiere esfuerzo.

Pablo dijo en Filipenses que consideremos a los demás como superiores a nosotros mismos, que tengamos la misma actitud que Jesús tuvo a tal punto de ir a la cruz por nosotras (Fil 2:3-8). Pero sabemos que, de forma natural, tendemos a esperar recibir, en lugar de saborear la dicha de dar. 


No se trata de ti


Sentirse rechazada, ignorada y lastimada no es agradable, lo sé. No obstante, cada vez que te sientas de esta forma, aunque el dolor es real, recuerda que no se trata de ti ni de mí, sino de Cristo. 


Él era el que sí merecía ser visto, recibido, apreciado, valorado, amado, pero los Suyos no lo recibieron (Jn 1:11-12). Y eso hicimos también nosotras. No somos mejores que aquellas que nos rechazaron, ignoraron o traicionaron; no estamos exentas de ello nosotras.


Mi primer amigo, el mejor de todos


La verdad es que todos necesitamos amigos. Es una necesidad real en todo ser humano, por muy tímido o introvertido que sea. El anhelo de tener amigas es un buen anhelo, ya que, una amiga verdadera es aquella que está en todo tiempo, aquella que entra cuando todos se han marchado. Es aquella que te confronta, te habla con honestidad, te consuela, te ayuda y lucha contigo hombro a hombro en esta batalla, y está dispuesta a dar su vida por ti. ¿Se te viene alguien a la mente con esta descripción? Sí, Jesús es ese amigo verdadero. El único que puede cumplir con este estándar.


¡Qué precioso es saber que Jesús vino para ser amigo de los quebrantados y ser llamado amigo de pecadores! De hecho, podemos ver que el fundamento de la amistad es el glorioso Evangelio de Cristo. ¿Cómo podemos ser amigos de Dios? ¿Cómo un Dios Justo y Santo viene a ser nuestro mejor amigo? ¿Cómo, siendo sus enemigas, nos amó? Sólo voltea a ver la cruz y el dilema se resuelve ahí. El Hijo de Dios vivió la vida perfecta para que seamos justas delante del Juez Supremo; y murió una horrible muerte pagando por todos nuestros pecados por esta razón: para que todos los que vengan en arrepentimiento y fe no sean condenados, sino llamados amigos de Dios.


Maravíllate del Evangelio y reconoce que tu mayor necesidad en Cristo ha sido cubierta. Si estás en Cristo, tienes todo lo que necesitas; lo tienes a Él, el mejor de los amigos. Como dijo Charles Spurgeon: «¡Oh! Poder decir “Cristo es mi amigo” es una de las cosas más dulces del mundo».


No fue sino hasta que El Señor me permitió tener un mejor entendimiento de Su Evangelio, por Su gracia y misericordia, al haber purificado mi corazón con Su sangre preciosa, que pude decir lo mismo y empezar a ser intencional en ser la amiga que Jesús quiere que sea. Aún sigo trabajando en ello.


El Amigo Perfecto, nuestro ejemplo supremo


Recuerda que, aunque nuestras amigas fallen, y por supuesto, nosotras fallemos, Él nunca falla. Jesús, nuestro Señor y Salvador, nos capacita para imitar Su carácter y poder tener la iniciativa de construir amistades bíblicas que le den gloria a Dios y hagan brillar el Evangelio de Cristo. Recuerda que fue Él quien tomó la iniciativa de venir a buscarnos, venir a servirnos, y ser para nosotras ese amigo perfecto que se dio hasta la muerte (Jn 15:13).


La amistad que Jesús nos modela fluye de Su perfecto amor: Jesús es el amigo que nos eligió a nosotras, Él nos amó primero (1Jn 4:18-19); y todo esto por el puro afecto de Su voluntad (Ef 1:5). Él es el amigo que, en lugar de acusarnos, rechazarnos o traicionarnos, decide sanar nuestras heridas con las vendas de Su amor. 


Es en la cruz que podemos ver todo esto con mayor claridad. «Cristo perdió en la Cruz su amistad con Dios a través de esas heridas de amor y gracia para que nosotras hoy tengamos una amistad eterna con Él» (Susana de Cano)


Sea Dios abriendo nuestros ojos para ver a Cristo, y entender que separadas de Él nada podemos hacer (Jn 15:5). Sólo en Él somos libres para ser esas amigas que Él quiere que seamos sin temer el rechazo y poder cultivar amistades bíblicas y verdaderas, aunque imperfectas, y florecer juntas en comunidad en la unidad que el Perfecto nos ha dado.


Da un paso de fe


Como dijo C. S. Lewis: «La amistad inicia con un “yo también”». Necesitamos amigas con las cuales compartir este camino, con las cuales compartamos el «yo también». 


Te animo, amada hermana, a correr hacia Aquel que es el amigo por excelencia. Sólo en Él somos capacitadas para dar un paso de fe, y dar de lo que ya tenemos en Cristo. 


«En el Señor estamos completas y saciadas, con tanta abundancia en Cristo que sólo deseamos dar» (C. S. Lewis).



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Diseño: Frida García

 
 
 

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