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¿Mi vestimenta habla de mi relación con Dios?


Seguro has escuchado que existen códigos de vestimenta que implican que de acuerdo al tipo de evento depende la ropa que debes utilizar. Por ejemplo, si es un evento formal o de gala, en las invitaciones se suele colocar una leyenda «etiqueta rigurosa», que significa vestir ropa muy elegante. Tal vez el evento de este estilo que tenemos más presente es el denominado Óscar, donde incluso hay un desfile de vestidos y trajes para ser apreciados por los espectadores y muchas veces evaluados sobre la pertinencia de su uso.


Últimamente, al pensar en cómo vestirme, me he cuestionado cuál es mi motivación. ¿Será tal vez seguir algún código de vestimenta? En verdad, puedo dejarme guiar por muchas razones y opiniones, ignorando la única voz que debe dirigirme, la de Dios, desestimando así que fui llamada para adorarlo.


Nuestro corazón puede desviarse al querer seguir tendencias, voces e incluso al obstinarse en su propia voluntad, lo cual se refleja en elecciones, actitudes y conductas. Dentro de todo esto, entran las decisiones sobre la ropa que usamos.


Es necesario recordar que la motivación para vestirnos, y para cualquier actividad, debe ser glorificar a Dios. La Palabra nos revela: «Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad»(1 Ti 2:9-10).


Una vida piadosa


Podemos notar que, la Biblia, al hablar de la vestimenta, nos llama a mirar que ésta es algo más que simplemente un accesorio, refleja una actitud del corazón invitándonos a llevar una vida de piedad.


Juan Calvino desarrolló el concepto de la piedad y ayudó a mostrar cómo impacta en la dimensión teológica y práctica de la iglesia. Para Calvino, la piedad es una actitud correcta ante Dios que comprende conocerlo, adorarlo genuinamente; la fe en Cristo, un temor reverente al Padre y una obediencia en el espíritu en amor. Significa temer ofender a Dios, más que temer a la muerte (Beeke, La espiritualidad puritana y reformada, 2).


Tomando en cuenta estos elementos, podemos señalar que ser una mujer piadosa implica tener un conocimiento de quién es Dios y cuál es Su voluntad. Además, se trata de una fe que se practica, pues impacta cada área de nuestra vida en las decisiones que tomamos; es un estilo de vida que busca agradar a Dios y teme desobedecerle, no por miedo, sino por amor.


Ahora bien, cabe preguntarnos ¿de nosotros nace naturalmente buscar a Dios, conocerle, amarle y obedecerle? Es decir, ¿un corazón piadoso se alcanza con mis propios esfuerzos?


Sólo en Cristo puedo ser una persona piadosa


La verdad bíblica apunta a lo que Pablo nos dice en su carta a los romanos: «no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno»(Ro 3:10-12).


Por eso, Dios mismo diseñó un plan de salvación donde el único justo y bueno, Cristo, tuvo que cargar con nuestro pecado para hacernos justas y buenas delante de Dios. Solamente en Cristo somos rescatadas de nuestra vana manera de vivir y capacitadas para amar a Dios. Además, por Su Espíritu Santo somos guiadas para adorarle genuinamente con todo nuestro ser.


Cristo nos dio vida nueva, y en Él tenemos poder para vencer el mal con el bien y para agradar a Dios con todo lo que pensamos, hacemos y decimos. En Cristo somos competentes para alabar a nuestro Señor con nuestra vestimenta, para ser mujeres piadosas, vestidas de amor y temor reverente.


Mi código de vestimenta es el amor a Cristo


Siendo salvas para una vida nueva, entendemos que nuestro parámetro para vestirnos no es un código social, no es una opinión, mucho menos puede ser algo que contradiga a Dios. 


Es Cristo mismo quien nos hace libres. Por un lado, del libertinaje, porque hemos sido rescatadas de nuestra vana manera de vivir y ahora somos revestidas con poder para elegir sabiamente. No buscamos saciar nuestros deseos porque nuestro deleite está satisfecho en Cristo, la única fuente que nos sacia por siempre. Por otro lado, también nos libera de cualquier tipo de legalismo, pues la modestia no se trata de cumplir la ley por apariencia, pensando que por las obras seremos salvas. Sino que se trata de entender que estamos sujetas a la gracia de Dios quien, sin merecerlo, nos llamó a una nueva vida y ahora somos renovadas para poder obedecer Su ley por amor. Es decir, somos rescatadas y ese cambio lo proporciona Cristo, por el poder de Su sangre que nos revistió de amor.


En el amor de Cristo encontramos libertad para que, incluso con nuestra vestimenta, adoremos a nuestro Creador y no a lo creado. Bajo esta tesis, podemos disfrutar tener variedad de colores, estilos y modelos de ropa porque lo hacemos teniendo en mente la gloria de Dios y el propósito de nuestras vidas.


Somos libres en Cristo para adorarle y agradecer con todo nuestro ser, carácter y decisiones, Su amor incomparable y lo que hizo por nosotras en la cruz. Vivimos para Cristo y nuestras elecciones sobre las prendas reflejan un corazón piadoso, uno que está alineado a la voluntad de su Padre.


Te invito a que, de ahora en adelante, al mirar tu ropero, el código de vestimenta del amor de Cristo, así como el temor reverente a Dios, sea lo que dirija tus decisiones sobre la ropa que usas.




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Diseños: Valeryn Adam

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