La noche de bodas
- Sofía Rodríguez

- hace 11 horas
- 6 Min. de lectura

El comienzo de nuestra relación
Mi esposo y yo nos conocimos hace unos años en la iglesia a la que asistimos actualmente. Al comienzo, fuimos amigos por un tiempo sin experimentar sentimientos de por medio. En esa etapa, que por cierto fue muy hermosa, el Señor nos permitió desarrollar confianza, comunicación, compañerismo, servicio mutuo, etc. Ambos teníamos una familia no creyente y un hogar difícil en el cual batallábamos para llevar a cabo nuestra fe, lo que, en varias ocasiones, nos permitía ser de ánimo el uno para el otro. Luego de unos años el Señor puso el deseo en nuestros corazones de aspirar a una relación que sobrepasara la amistad así que compartimos nuestras intenciones con los líderes de la iglesia, algunos hermanos en Cristo y amigos, y nos sumergimos en la oración buscando la guía de Dios. Finalmente, el Señor en Su soberanía y bondad, nos llevó a tomar la decisión de comenzar un noviazgo con miras al matrimonio.
Claramente, allí comenzamos a conocernos un poco más que antes, lo que permitió ver pecados del otro que antes no conocíamos y nuevos desafíos se presentaban en la relación. Uno de ellos: el sexo. ¿Qué fue lo que sucedió? En primer lugar, algo que fue de bendición es que el Señor nos llevó a charlar acerca de nuestra vida sexual antes de conocer a Cristo para que nada nos sorprenda después de la boda. Compartimos el uno con el otro nuestra historia y también todo lo que ello implicaba o no; también hablamos acerca de cómo nos sentíamos al respecto y demás. Luego, compartimos un estudio bíblico con un matrimonio de la iglesia que nos guió, escuchó y comprendió, y de esa manera fuimos creciendo, por así decirlo, en el tema.
¿Cómo llegamos a la noche de bodas?
Sin embargo, la tentación de tener relaciones sexuales antes de casarnos estaba latente. Queríamos perseguir la pureza y la castidad pero, a la vez, ceder ante el deseo y la falta de dominio propio. Comenzamos a confesar nuestro pecado y pedir ayuda a los más cercanos, pero parecía que sería imposible llegar al matrimonio «sin caer en pecado» (seguramente en algún momento escuchaste, leíste, o tú misma dijiste esa frase). Es triste reconocerlo y admitirlo, pero ambos jugábamos con la tentación. Pero luego entendimos que el pecado no es sólo lo que hacemos, sino también lo que deseamos y pensamos que no agrada a Dios y desobedece Sus mandamientos. Nos dimos cuenta de que nuestros límites sólo eran una excusa para «ir por más».
Sí, tristemente, pienso en nuestro noviazgo y es inevitable no tener malos pensamientos, sentir tristeza o querer borrar esta situación de mi memoria. Pero, gracias a la misericordia y compasión del Señor, a pesar de nuestra rebeldía, no llegamos a la consumación de las relaciones sexuales durante el noviazgo sino hasta la noche en que nos casamos.
¿Fue duro y humillante? ¡Claro que sí!, pero no es porque Dios se halla equivocado en Sus planes para el matrimonio, en Su diseño para el sexo, o porque tenga maldad hacia nosotros en Su corazón. Al contrario, todo esto reveló nuestra falta de amor y obediencia gozosa al Señor, nuestro deseo de querer ser nuestros propios reyes y determinar nosotros las reglas del reino. Mostró nuestra «peor miseria moral», por decirlo de alguna manera, y nuestra necesidad urgente de arrepentirnos, humillarnos y correr a Cristo, el Salvador de nuestra impureza, de nuestros deseos no depositados en la Persona correcta.
En aquel momento, donde el pecado nos tenía presos, ciegos e inútiles, pusimos en duda nuestro futuro matrimonio, nuestro servicio en la iglesia, nuestra verdadera identidad en Cristo. ¿Por qué? Porque el sexo está intimamente relacionado con la vida, así lo creó Dios. Fue hecho para que el hombre y la mujer, en unión Cristo, sean uno en cada área de sus vidas: física, emocional y espiritual. Cuando el sexo no se anhela ni se lleva a cabo según los parámetros de Dios, no se disfruta como es debido sino que es distorsionado y visto como algo que nos esclaviza, que es malo, sucio, que no fue creado para satisfacer, que da pena y vergüenza, que es para los débiles que no saben tener dominio propio y no van a llegar puros al matrimonio.
Doy gracias a Dios que en ese momento no vivimos todas las consecuencias de nuestro pecado. Al contrario, Dios ya había decidido guardarnos a pesar de nuestr
a necedad y fragilidad, eso es un milagro.
¿Qué observábamos en nuestro entorno en aquel momento?
Como mencioné antes, con algunos hermanos pudimos conversar sin temor ni vergüenza, sin culpa, pero con otros no se dio esa oportunidad. Creo que, en general, el tema del sexo como un medio de gracia de parte de Dios es algo que, aún dentro de la iglesia, no llega a ser plenamente conocido, sino que aun permanece como «tabú» o que sólo es motivo de chiste en ciertas conversaciones.
A veces damos por hecho que las relaciones sexuales dentro del matrimonio deben darse de manera natural y que todos los creyentes tienen una comprensión clara de lo que en verdad significa, sin hablar de lo que implica «desnudar» el cuerpo y el corazón delante de tu cónyuge.
Doy gracias a Dios que, a pesar de las fallas o falta de conocimiento de algunos hermanos, el Señor permitió que otros fueran intencionales en preguntar sobre el tema luego de casarnos y animarnos a disfrutar de todos modos de este hermoso regalo del Señor.
¿Cuáles eran nuestras expectativas?
Luego de transitar ese proceso de espera y de luchas, mi esposo (novio en aquel momento) y yo deseábamos llegar a la noche de bodas y poder disfrutar por primera vez de aquello por lo cual habíamos esperado. Queríamos vivir lo que muchos nos habían dicho que era hermoso, lo que habíamos leído en la Biblia que era puro y santo; lo que física, hormonal y emocionalmente habíamos anhelado tanto.
Nuestras expectativas eran que todo se diera de manera natural, sin incomodidad, de manera «romántica», teniendo cuidado el uno del otro. Pero al fin y al cabo, nuestro principal objetivo era «pasarla bien».
En lo personal, deseaba mucho que no viniera a mi mente ningún mal recuerdo y poder concentrarme en el momento que Dios nos estaba regalando.
Finalmente, ¿Cómo fue nuestra noche de bodas?
Luego de casarnos por civil, tuvimos una pequeña ceremonia en nuestra iglesia local donde nuestro pastor nos casó en presencia de los hermanos en Cristo, familiares y amigos. Después de sacarnos algunas fotos y culminar con los saludos, nos dirigimos a aquel lugar donde íbamos a compartir nuestra primera noche juntos como marido y mujer: nuestro primer hogar.
Llegamos, cenamos pastas con vino en nuestra mesa decorada con amor y sencillez. No cruzamos palabras, solo dejamos que el silencio siguiera su curso. Mi esposo me compartió tiempo después que él estaba nervioso porque tenía miedo de no ser cuidadoso conmigo y, de mi parte, yo luché con pensamientos de inseguridad e inconformidad acerca de mi cuerpo. Quería que disfrutáramos de aquel momento, siempre y cuando no se encendieran las luces (confieso que eso es algo con lo que lucho hasta el día de hoy).
Gracias a Dios, esa noche oramos antes de comenzar y vivimos un momento lleno de paz, disfrutando de la guía de Dios y de Su diseño para el matrimonio. Pudimos experimentar la realidad de ser uno solo en Cristo como esposos y conocernos tal cual somos.
Aún así, cada día vamos creciendo en esta área del matrimonio que es tan importante. A veces hemos sentido frustración, temor, enojo, expectativas no cumplidas del otro en la forma de tomar la iniciativa o al revés, pero Dios nos ayuda a recordar que Él es capaz de restaurar aún esta área de nuestras vidas manchada por el pecado y las ideas distorsionadas de este mundo.
Así que, si estás casada y la noche de bodas es un «mal» recuerdo para ti, ten ánimo, ten esperanza. Dios puede restaurar la relación sexual en el matrimonio como la que Él quiere, si tu esposo y tú se disponen de corazón a pedirle ayuda y buscar la guía en Su palabra, si abren su corazón con sinceridad a un matrimonio sabio de la iglesia que pueda guiarlos. Dios tiene misericordia y es compasivo con quienes se acercan arrepentidos (Sal 25:6-7).
Si estás soltera ora al Señor que, si Él te da la oportunidad de casarte en un futuro, prepare tu corazón para aquel momento, pero más aún, ora para que puedas permanecer firme y arraigada en tu identidad en Cristo. Pon todo tu deleite en Él y no esperes que llegue un esposo para sentirte plena «Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón» (Sal 37:4 NVI).
Recuerda que las relaciones sexuales son diseñadas por Dios como la unión más especial entre un marido y una esposa porque refleja nuestra unión íntima con Cristo. Ora al Señor y conversa con alguna hermana de confianza, madura en la fe, para que Dios quite todo mal pensamiento y traiga las verdades de Su Palabra a tu mente, la virtud del perdón, la paciencia y la esperanza si, quizá, las cosas no salen como las esperas. Conversa lo que más puedas con tu futuro esposo acerca de lo que piensan al respecto en cuanto a dudas o temores y experiencias pasadas, y dejen que otros los ayuden en el proceso.

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Diseño: Frida García / Instagram: @sobre_mi_corazon




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