Una herencia inigualable
- Alejandra Jerónimo

- hace 5 horas
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Déjame iniciar esta sección haciéndote la siguiente pregunta: ¿Has sido acreedora de alguna herencia? ¿Un terreno, una casa, un carro, joyas, dinero o alguna otra cosa que para ti sea de gran valor?
No hace mucho tiempo alguien me preguntó porqué estaba construyendo una casa tan grande si, al ser hija única, yo sería la heredera de los bienes materiales de mis padres.
Eso me hizo recordar lo que un día mi padre me dijo: «No hay mejor herencia que lo que en el presente podemos darte» (haciendo referencia a mi carrera universitaria que estaban pagando en ese momento).
Sabemos que una herencia es recibida cuando el familiar que la ha otorgado fallece, pero también hay herencias que pueden darse en vida, como la que mis padres me dieron para poder estudiar una carrera universitaria.
Piensa en lo siguiente, ¿hay algo que hasta el día de hoy atesores con mucho cariño? La Palabra de Dios nos dice lo siguiente:
«El hombre de bien deja herencia a sus nietos […]» (Pr 13:22 NVI).
Cuando era pequeña, mi madre tenía que salir a trabajar, así que me quedaba al cuidado de mis amados abuelos. Ellos fueron mis principales influencias formativas de la infancia. Crecí rodeada del amor, enseñanza y disciplina de mis abuelos maternos. Mi abuelo, un hombre de fe, lleno de gracia para compartir el Evangelio y de amor para visitar a los enfermos; y mi abuela, una mujer de fe, fortaleza espiritual y oración. No fui acreedora de ningún bien material, pero, en vida, fui acreedora de una herencia inigualable por parte de ellos: me presentaron el regalo del Evangelio, el mayor tesoro.
¿Puedes recordar quién sembró la semilla del Evangelio en tu corazón?
Es un gozo poder conocer, amar y servir a Dios desde mi infancia. Agradezco al Señor por fijar Sus ojos en mí, por tomarme como Su pequeña hija y hacerme crecer en gracia. La herencia que me ha tocado es sumamente bella, no podría haber deseado algo mejor, y lo que ahora tengo no se puede comparar ni comprar. «Las cuerdas me cayeron en lugares agradables; en verdad es hermosa la herencia que me ha tocado» (Sal 16:6).
Una fe no fingida
En la Biblia encontramos la historia de Loida y Eunice, abuela y madre de Timoteo, quien fue uno de los discípulos más jóvenes del apóstol Pablo. Este joven aprendiz se ganó el cariño del apóstol y su aprecio era como el de un Padre hacia un hijo ( 2 Ti 1:2).
En Hechos 16 vemos la narrativa del segundo viaje misionero de Pablo en Listra, donde el apóstol conoce a este joven de buen nombre y cuya fe estaba firme. Él había sido enseñado desde la niñez por su madre, quien era una judía creyente, y su abuela. Sin embargo, su padre era griego y es probable que no fuera una influencia formativa para la vida espiritual de Timoteo.
Sin un padre presente en su crianza, el cuidado, la disciplina y la instrucción bíblica recayó sobre su madre Eunice y su abuela Loida. Fueron ellas sus principales influencias de fe y educación judía. «Porque tengo presente la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también» (2 Ti 1:5). Es probable que estas mujeres escucharan el Evangelio durante el primer viaje misionero de Pablo, y desde ahí se dedicaron con mucho esmero y propósito a enseñar al pequeño. «Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Ti 3:15).
Para el segundo viaje de Pablo, Timoteo ya había crecido en estatura y madurez, ahora era acreedor de un buen testimonio y carácter cristiano. Así que el apóstol lo tomó como aprendiz y lo llevó consigo en su viaje (Hch 16: 2-3).
«El joven discípulo Timoteo gozaba de una fuerte herencia espiritual y un comienzo temprano en el ministerio, pero también tomó una serie de decisiones acertadas que le permitieron cumplir con el destino de Dios en su vida. Escogió desarrollar su propia fe sincera, a manejar su vida en pureza, y a avivar el fuego de los dones de Dios con fuerte autodisciplina» (Jon M. Dahlager).
Timoteo había recibido una gran herencia incorruptible, una fe no fingida. Esto a través de dos mujeres que decidieron sembrar la semilla del Evangelio en su corazón, la cual, a su tiempo, rindió un buen fruto, es decir, cuando Timoteo fue mayor y decidió nutrir esa fe sincera que había observado desde su niñez.
Esta historia nos da una gran esperanza, ya que es cierto que la vida de muchos niños hoy, es marcada por la ausencia de un padre. Sin embargo, si como madres y abuelas persistimos en la enseñanza fiel del Evangelio y no nos cansamos, a su tiempo, si Dios quiere, veremos a un pequeño Timoteo en nuestras casas.
Agradezco a Dios por tener una madre como Eunice, que siempre se esforzó trabajando para darme lo mejor, tanto en lo terrenal como en lo espiritual. Gracias a su carácter, amor y valor, aquí estamos hoy.
¿Estás trabajando para dejar una herencia espiritual?
Tristemente, me he dado cuenta que hoy en día los padres le han dado un interés mayor a lo material antes que a lo espiritual. Suelen trabajar mucho más para cubrir las carencias materiales que tal vez ellos tuvieron de niños.
En Deuteronomio 6:7 se nos dejó una instrucción específica de crianza: «Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes». Claramente, esto nos habla de la Palabra de Dios, del Evangelio que debemos transmitir desde casa, el cual debe ser la base y el centro de nuestra educación.
Querida madre, debemos ser intencionales y diligentes en la labor que Dios nos ha dado en la crianza de nuestros hijos. Si lo estás haciendo, sola o acompañada, o con muchas dificultades, persiste. No dejes de hablar palabras de vida y bendición, continúa dejando semillas de esperanza en el corazón de tus hijos. Que nada te detenga.
Hoy te animo a mirar lo eterno. Esta vida es efímera y pasajera, no dejes que el tiempo pase, necesitas ser la guía espiritual de tus hijos. Persiste en trabajar para dejarles una herencia espiritual rica y fuerte. Es nuestra responsabilidad enseñarle a nuestros hijos cuál es nuestra esperanza y propósito, cuáles son las riquezas de la herencia en Cristo, que son nuestras por la fe (Ef 1:18). Porque nuestra vida no depende de los bienes en abundancia que poseemos sino de la gracia salvadora en nuestras vidas.
«Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él» (Ro 8:17).

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Diseño: Wendy Balboa




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