Las siete palabras de Jesús en la cruz
- María de los Ángeles Zeta Nima

- hace 3 horas
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Todo lo que Jesús hizo y dijo a lo largo de Su vida y durante Su ministerio cambió el curso completo de la historia humana. Esto incluye las siete palabras que expresó al final, colgado del madero. Esas palabras salidas de Sus labios secos, en Su momento de agonía más profunda, fueron palabras que no solo cambiaron el curso de la historia, sino que son capaces de transformar el corazón en este siglo.
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23:34)
Es increíble cómo, mientras atormentaban y lastimaban a Jesús, Él oraba a Su Padre por perdón para ellos. Pero aún más asombroso es el hecho de que Jesús mismo llegó hasta el Calvario para ser la respuesta a esa oración. Porque, por Su perfecto sacrificio, ellos podían tener ese perdón que tanto necesitaban. Las personas que lo lastimaban y atormentaban eran ciegos, ciertamente no estaban conscientes de lo que estaban haciendo en ese momento contra el Dios que los había creado (aunque eso no los exime de su culpa). Pero estas palabras hoy nos ayudan a ver a un Dios cuyo corazón siempre está en acción y rebosa de bondad, compasión, gracia y misericordia por los pecadores.
«De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23:43)
La persona para quien eran estas palabras es una prueba viva de que la salvación no es por obras, sino que es el regalo divino para aquellos que confían únicamente en Jesucristo para esta vida y para la eternidad; para aquellos que lo reciben como el Tesoro más preciado que los satisfará lo que dure su vida aquí y por los siglos venideros.
Esa persona, en ese momento, era un ladrón que vivía para despojar a otras personas de sus bienes; este hombre, que también colgaba de una cruz, reconoció quién era Jesús: el Señor, llevado hasta allí injustamente. Así mismo, reconoció el estado de su propio corazón: sabía que estaba ahí justamente. Así que le pidió a Jesús que se acordara de él en un futuro lejano cuando viniera en Su reino. Pero Jesús, aun con todo lo que le costaba pronunciar tan solo una sílaba, le plació decirle: «de cierto te digo que HOY, –no en un futuro, hoy–, estarás CONMIGO en el PARAÍSO –no en el paraíso solo–, disfrutando de la plenitud de los placeres y las delicias a Su diestra».
«Mujer, ahí tienes a tu hijo[...] hijo ahí tienes a tu madre» (Jn 19:26-27)
Aún en el momento de mayor aflicción, Jesús siguió supliendo el cuidado de Su madre. Desde antes de empezar, Su ministerio había provisto para ella y, estoy segura, para toda Su familia. Pero, aquí también podemos ver cómo es que en la cruz es donde nace una nueva familia que unirá el poder, no de una sangre humana, sino de la sangre misma del Redentor. «Sus palabras no solo protegen a su madre, sino que, en el evangelio de Juan, de gran riqueza teológica, demuestran que Jesús ha creado una nueva familia: no una de sangre, sino una de gracia. La iglesia nace al pie de la cruz» (Wyatt Graham).
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27:46; Mr 15:34)
Lo que las películas o series de Jesús en Semana Santa intentan representar de Su vida, muerte y resurrección, nos pueden dejar ver solo un poco de lo que sucedió en ese momento en la cruz. Porque lo que sucedió, en realidad, no fue solo el sufrimiento físico que Jesús experimentó, sino el abandono real del Padre.
Citando el Salmo 22:1, Jesús expresa un grito de profunda agonía, un grito desgarrador desde el fondo de Sus entrañas: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?». Como dice Dane Ortlund: «Es una especulación, pero no creo que haya sido el sufrimiento físico lo que mató a Cristo. ¿Qué es la tortura física en comparación con el peso total de siglos de ira acumulada? [...] Quizás fue la desolación lo que finalmente lo llevó a la muerte. Si sudó sangre al pensar en el abandono de Dios (Lc 23:43), ¿cómo habrá sido vivirlo? ¿No habrá sido la pérdida del amor de Dios en Su corazón, y no la falta de suministro de oxígeno en Sus pulmones, lo que lo mató?».
Y como Warfield escribió: «En presencia de esta angustia mental, las torturas de la crucifixión pasan a un segundo plano, y bien podemos creer que nuestro Señor, aunque murió en la cruz, no murió por la cruz, sino, como comúnmente decimos, por un corazón roto».
Los sufrimientos físicos de Jesús fueron profundos y reales, pero lo fue aún más Su quebrantamiento espiritual por el abandono real de Su Padre. No buscaba una respuesta teológica, esa fue la expresión de la desolación más profunda de la que podemos imaginar, pues estaba cargando el peso de todo nuestro pecado y la ira divina por cada uno de ellos. Así que fue ahí donde Jesús murió por un «corazón roto» para que hoy el nuestro sea lleno de Él. Sufrió el abandono real del Padre, para que hoy, tú y yo, por Su obra perfecta, no tengamos que vivir jamás el Salmo 22:1.
«Tengo sed» (Jn 19:28)
Estas palabras fueron el cumplimiento de lo anunciado en los Salmos 22:15 y 69:21. Jesús había estado colgado en la cruz por aproximadamente seis horas. Con cada minuto que pasaba, aumentaba Su agonía. Se dice que la fiebre se propagó por todo Su cuerpo, mientras que las heridas alrededor de los clavos se hacían más grandes por el peso de su carne. La deshidratación era cada vez más grave; así que Jesús debió haber sentido que todo Su cuerpo ardía.
Pero, a pesar de la realidad, la intensidad y el significado de la sed física de Jesús, estoy convencida de que esta quinta palabra expresa algo más profundo. Detrás de Su sed física, hay otro tipo de sed que Jesús experimentó de una manera más profunda en la cruz: la sed espiritual del alma.
Este mismo Jesús, que años atrás le había dicho a la mujer samaritana junto al pozo del mediodía –una mujer con un pasado muy oscuro–: «Si alguien tiene sed, venga a mí y beba», ahora dice: «Tengo sed», colgado de una cruz romana, símbolo de una gran deshonra y humillación. Y los soldados, con arrogancia y en una actitud burlona y sarcástica, le ofrecieron una esponja empapada en vinagre para saciar Su sed.
Estas palabras pronunciadas por Jesús, colgando de esa cruz, fueron el cumplimiento que esos salmos profetizaron, pero, también, fueron el cumplimiento de esas palabras que había dicho a esa mujer en Samaria. Y hoy, de forma maravillosa, lo son también para nosotras, porque ahí, en esa cruz, estaba comprando para ella, y para nosotras, el agua que realmente satisface.
«Cuando Jesús dijo: "Tengo sed", lo peor ya había pasado. El precio había sido pagado y Él estaba listo para anunciarlo. Cuando un pecador dice: "Tengo sed", también lo peor ha quedado atrás, porque si lleva su alma sedienta a Jesús, Él la saciará».
«Consumado es» (Jn 19:30)
Toda la deuda está pagada. De hecho esto es lo que significa originalmente «consumado es»: «pago total de la deuda». No hay absolutamente nada más que podamos agregar a Su obra perfecta. Jesús te dice: He vivido, he muerto y resucitaré por ti. «Mi obediencia ha terminado y es perfecta, y la necesitas. Mi sufrimiento ha terminado, y lo necesitas para cubrir todos tus pecados. He terminado de disipar la ira de Dios de mi pueblo. He terminado de asestarle un golpe mortal a Satanás. He establecido el nuevo pacto para mi pueblo. Está terminado. Y porque está terminado, la misión comienza» (John Piper).
«¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» (Lc 23:46)
Citando el Salmo 31:5: «En Tu mano encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad», sabiendo que la victoria era segura y ya estaba dada, Jesús, simplemente entregó Su alma. Tenía plena convicción que Dios no permitiría que Su santo viera corrupción, porque lo resucitaría como confirmación de haber aceptado Su ofrenda en rescate de muchos: Él mismo.
Jesús descansó plenamente bajo el control soberano de Su Padre, y en Sus manos amorosas. ¿Qué mejor lugar para abandonarme, sino en las manos de mi perfecto Padre que vive desplegando Su dulce cuidado sobre mí? No hay otro lugar mejor que éste.
«Las palabras de Jesús en la cruz contenían momentos íntimos entre el ladrón y su Salvador, Jesús y Su madre, el Hijo y el Padre. Son un registro de la historia, una ventana de seis horas que cambiaron el curso del mundo, pero también predican un poderoso sermón, un sermón que exige una respuesta» (Laura Elliot).
Entonces, frente a todo esto, ¿cómo responderás? ¿Puedes abandonar tu alma en Sus manos una y otra vez? ¿Qué te pide que le entregues hoy?
Éstas son siete palabras, o mejor dicho, expresiones, que cambiaron vidas y corazones en el pasado y lo siguen haciendo en el presente, transformando los nuestros hoy, dándonos esperanza y reafirmando nuestra seguridad de un futuro glorioso en El Salvador. ¡Oh, querida lectora! Deseo que en esta Semana Santa podamos reflexionar, pensar, meditar y orar para que éstas, y todas las palabras de nuestro Señor en Su momento de agonía más profunda en la cruz, nos lleven una y otra vez a la alegría eterna y juntas recordemos, de manera fresca y viva, que la mayor muestra de amor sucedió en el Calvario, donde el Hijo eterno de Dios fue quebrantado por amor a ti.

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Diseño: Rhaien Vivar / Instagram: @r.h.a.i.e.n




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