La persecución cristiana y la iglesia de hoy.

Por Karla Martinez





Existe un refrán español que dice así “Ojos que no ven corazón que no siente” ¿Alguna vez lo has escuchado? Y lo que quiere decir, básicamente, es que no se sufre por lo que no se sabe. Esta afirmación, creo yo, tiene un alto grado de sensatez si tomamos en consideración que nuestro pensamiento y sentir, en muchas ocasiones, se enfoca en lo que nuestra vista percibe, por ello, es muy usual que nuestras preocupaciones e incluso nuestras oraciones, casi siempre están dirigidas hacia nuestro entorno más cercano, es decir, hacia aquello de lo que tenemos conocimiento directo.

Hoy quiero retarte a que juntas echemos un pequeño vistazo a un tema que, si estás leyendo este mensaje desde alguno dispositivo móvil, estoy segura que -como yo- no estás viviendo de cerca, pero es urgente que hagamos un alto para meditar un poco sobre ello: hablemos de persecución cristiana. ¿Me acompañas?


La persecución cristiana es todo tipo de hostilidad que sufre una persona, por causa de ser identificada con Jesucristo. En la Biblia, tenemos al gran ejemplo de líder de la iglesia cristiana que sufrió toda clase de persecución: el apóstol Pablo. Así es, en distintas cartas que escribió Pablo, nosotras podemos observar con claridad como la mayor parte de su vida, él tuvo diversos sufrimientos a causa de su fe en Jesús y de proclamar el Evangelio.


En 2 Corintios 11:23-28, Pablo nos habla de las aflicciones que había padecido a causa de compartir las buenas nuevas de salvación. Él nos cuenta que sufrió azotes, cárceles, peligro de muerte, fue apedreado, naufragó, padeció gran hambre y pobreza. Y ¿sabes? Sé que tal vez leer esto no es nuevo ni para ti para mí, muy probablemente lo hemos leído en la Biblia más de una ocasión, nos ha sido enseñado en nuestra iglesia, lo hemos comentado con alguien; sin embargo, lo lamentable es que lo vemos solo como un suceso histórico, como algo que si bien suena doloroso, la realidad es que no nos resulta cercano y quizás ni siquiera nos duele, pensamos en Pablo como un héroe de la fe, sin pensar que todas esas cosas nunca han dejado de existir hasta el día de hoy, justo ahora mismo que estás leyendo este artículo…


Y es que la persecución contra quienes han puesto su fe en Cristo nunca ha cesado, y esto no nos debe sorprender, pues Jesús mismo nos lo advirtió en Mateo 5:11-12 NBLA, al decirnos que “Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí, regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes”. Hoy, mientras yo escribo estas líneas y tú las lees, hay miles de cristianos alrededor del mundo que la están pasando muy mal, al estar rodeados de una enorme presión y opresión a causa de su fe. Espero que continúes leyendo hasta aquí, ¡pues realmente me gustaría que sepas lo que viene a continuación!


Según los datos de “Puertas Abiertas”, un ministerio internacional dedicado a apoyar de manera integral a los cristianos perseguidos, al menos 340 millones de cristianos son perseguidos en todo el mundo, y de acuerdo con la Lista Mundial de Persecución (LMP) que año tras año ese ministerio publica, para el 2021, los cinco países en donde se vive más persecución cristiana son: Corea del Norte, Afganistán, Somalia, Libia y Pakistán.


En estos países, mayormente, los cristianos sufren a diario presión social, hostilidad, amenazas, discriminación, secuestro y asesinatos, todo por el sólo hecho de creer en Jesús. Escribo esto y pienso que las letras no alcanzan para poder plasmar la necesidad que nuestros hermanos en la fe están viviendo día tras día en sus vidas. No solo se trata de eventos ocasionales por los que pueden atravesar, sino de que esta es la forma de vida a la que diariamente le tienen que hacer frente.


¿Podemos alcanzar a imaginar lo que es vivir así? Lo que es vivir no poder compartir libremente nuestra fe, tener que adorar en silencio, esconder una Biblia (en el mejor de los casos en que se cuente con una), tener que memorizar la Palabra para guardarla en la mente porque en donde se viven ni en papel ni en audio se puede tener. Imaginar lo que es ser rechazada, señalada, amenazada, perseguida, tener incertidumbre sobre nuestra vida misma y la de nuestra familia, por creer en el nombre de Cristo.


Todo esto es una realidad diaria, pero como mencionaba, como no la vivimos de cerca, desafortunadamente se nos olvida pronto: puede ser que el eco de estas palabras no retumben tanto tiempo en tu corazón, después de que cierres esta aplicación de tu dispositivo móvil. Pero, el motivo de estas líneas es animarnos entre tú y yo a hacer de la persecución de la iglesia cristiana un tema de nuestro interés y estilo de vida, y es que mientras yo escribo esto, créeme, le estoy hablando a mi propio corazón.


En 1 Corintios 12:25-26 NBLA, Pablo nos dice “a fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros, si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él…”. Esto es un llamado urgente para la iglesia cristiana de hoy en día, a la cual pertenecemos tú y yo, a recordar que más allá del país, de la denominación, del tamaño, somos una unidad: somos el cuerpo de Cristo. Suena tan básico ¿cierto? pero lo hemos olvidado bastante. Necesitamos recordar que los que están padeciendo persecución por su fe son parte de nuestra familia, y si ellos están sufriendo, es nuestro deber dolernos con ellos, consolarlos y ayudarlos, desde donde sea que nosotras nos encontremos.


Ay, mi querida hermana, nos urge como iglesia tener un corazón más sensible, más lleno de amor por nuestros hermanos, en el que sintamos la carga de acompañar, aún a la distancia, a aquellos que están atravesando dificultad por compartir el evangelio; un corazón que nos permita hacer una pausa en nuestros días ocupados, meditar sobre este tema, y hacer un espacio en nuestra agenda de vida para acompañarlos y ayudarlos. Verdaderamente, es un tiempo que nos exige detenernos a replantearnos cómo estamos viviendo nuestro cristianismo, y a vernos como un solo cuerpo que habita alrededor de toda la tierra.


Bueno, y la pregunta de oro es ¿entonces qué hacemos? ¿necesitamos irnos a vivir forzosamente a los países donde hay persecución, para poder ayudar? No, en absoluto, pero sí hay mucho por hacer, empezando por algo sencillo pero sumamente poderoso: qué tal si comenzamos por sincerarnos con Dios, y le pedimos que quite la dureza de nuestro corazón y nos permita experimentar de manera real, el dolernos con nuestros hermanos perseguidos, que el pensar en ellos sea algo que nuestra mente y corazón lo tenga constante, aun cuando nuestros ojos no lo vean de manera cercana. Después ¿qué tal si incluimos esta necesidad en nuestra agenda de oración? ¿qué tal si elegimos un día de nuestra semana y oramos por un país en específico? Sí, te animo a que antes de pedir por “nuestras” necesidades, oremos porque Dios provea en todas las necesidades que nuestros hermanos perseguidos estén atravesando, y permita que Su Reino continúe avanzando. Y, bueno finalmente, y si no es mucho abusar ¿qué tal si consideramos, si está dentro de nuestras posibilidades, averiguar más sobre este tema y en qué otra forma distinta de la oración podemos contribuir?.


Amiga, si llegaste hasta este punto de la lectura ¡Gracias a Dios por ti, por que sé que fue Él que así lo permitió! Quiero terminar recordándote a ti y a mí, que al final del día, sabemos que la persecución contra nosotros los cristianos, no es algo que escape del control del Señor, y va mucho más allá de los seres humanos, forma parte de una guerra espiritual e invisible a nuestros ojos, por ello, necesitamos seguir poniendo los ojos en Jesús y atender al llamado de Pablo, por cuanto nuestra función es vivir como miembros de un cuerpo, apoyándonos y fortaleciendo los unos a los otros, aun cuando ni siquiera conozcamos nuestros nombres ni los lugares donde nos encontramos. ¡No olvidemos a nuestros hermanos perseguidos!