top of page

Cristo: un Refugio en el temor y la debilidad


«Tengo un refugio en tempestad

Si temo a la tormenta

En mi debilidad yo sé

Tu fuerza me sustenta

Oh Cristo, en Ti me esconderé

Pues llevas Tú mis cargas

Tus manos firmes me guiarán

Hasta llevarme al cielo».


A pesar del asombroso y todopoderoso refugio que tenemos en Cristo, nosotros somos débiles, sólo polvo, neblina que en un momento aparece y después ya no está (Stgo 4:14), por lo que, muchas veces, lucharemos con el temor ante la tormenta. 


De hecho, pienso en los discípulos de Jesús cuando enfrentaron las tormentas pero Él, al ver que estaban en medio de esa situación, vino a ellos caminando sobre las aguas para rescatarlos. Primero se asustaron aún más porque pensaban que era un fantasma, por eso les dijo: «No tengan miedo. ¡Tengan ánimo! ¡Yo estoy aquí!». Al oírle, Pedro le pidió ir caminando sobre el agua hacia Él. Entonces el Señor dio la orden y Pedro se lanzó a las aguas, valiente y atrevido, según su estilo. Y ¡Wow! lo estaba logrando. Él estaba caminando también por las aguas. Sí. Igual que Jesús. Sin embargo, cuando miró hacia las olas y al fuerte viento, dejó de poner sus ojos en Cristo. Se atemorizó y comenzó a hundirse porque su perspectiva cambió completamente. Vio sus circunstancias y su incapacidad y dudó porque dejó de ver a Cristo, quien lo veía y le esperaba del otro lado. En ese momento exclamó: «¡Sálvame, Señor!». Jesús, entonces, extendió Su mano y lo agarró hasta llevarlo a salvo de nuevo a la barca, diciéndole: «Tienes tan poca fe. ¿Por qué dudaste de mí?». Jesús sabía la respuesta. Él conocía las dudas y los temores de Pedro, y también conoce los nuestros hoy. Pero cuando Él nos pregunta, Su voz hace que cuestionemos nuestra incredulidad, con la verdad de que Su Presencia es suficiente para lidiar con nuestros miedos, es decir, dándonos junto con la prueba, la salida (1 Co 10:13b).


Al entrar Jesús en la barca con los discípulos, la tormenta se calmó y ellos lo adoraron diciendo: «¡De verdad eres el Hijo de Dios!», y llegaron a donde iban (Mt 14). Me encanta ese cierre porque me alienta a recordar que, cuando Cristo dirige nuestras vidas y camina con nosotros, Él nos llevará seguros al destino al que nos guíe en esta tierra y, sobre todo, al destino final del cielo. Como dice esta estrofa de la canción: «Sus manos firmes nos guiarán hasta llevarnos al cielo». Mantener nuestros ojos en esa esperanza gloriosa, también es una medicina eficaz para sanarnos cada día más de nuestros temores.


También existe otro pasaje que nos habla de la tormenta , en el cual Jesús estaba con los discípulos en la barca y de pronto la tempestad se desató. Pero esta vez no estaba despierto sino que dormía profundamente en la barca junto a ellos. En Su condición de hombre, Jesús estaba muy cansado y ni siquiera había visto que la tormenta había comenzado. Los discípulos entraron en desesperación, pues la tormenta era tan grande que las olas cubrían la barca. Entonces decidieron despertar al Maestro: «Señor, sálvanos, que perecemos». Por lo que Jesús, les preguntó por qué estaban tan amedrentados y no tenían fe. Él sabía que estaba junto a ellos y que tenía el control de todo; aquel momento estaba ya escrito para mostrar Su poder soberano y Su autoridad sobre todo en este mundo. Sin embargo, a Sus discípulos, al igual que a nosotras, les costaba asimilar las lecciones espirituales. Pero, después de confrontarles por su falta de fe, reprendió a los vientos y al mar y estos le obedecieron y se callaron al instante. Ninguna tormenta es más poderosa que el Rey de las tormentas. Y ninguna tormenta puede dejar de cumplir el propósito que el Rey ha designado en la vida de Sus hijos porque el Rey de las tormentas gobierna. «¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?» (Mt 8).


«Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza; siempre está dispuesto a ayudar en tiempos de dificultad. Por lo tanto, no temeremos cuando vengan terremotos y las montañas se derrumben en el mar. ¡Que rujan los océanos y hagan espuma! ¡Que tiemblen las montañas mientras suben las aguas!» (Sal 46:1-3).


Cuando Jesús tiene que venir en nuestro rescate también, Él lo hace. Cuando nos manda a caminar sobre las aguas, Él nos da el poder para hacerlo; y si nos hundimos, Él extenderá Su mano y nos sacará a salvo hacia la barca. Su Presencia nos guardará en tempestad o en calma. Cuando lo llamemos, Él vendrá y, según Su voluntad, puede decir en un momento: ¡Callen, Silencio! Pero, si no lo hace, Él se encargará de guardarnos seguros en medio de los embates feroces que recibamos. 


¿Nos mantendremos mirando a Cristo? 


Esto no elimina el hecho de que las tormentas son imponentes y atemorizantes; pero, en medio de nuestros temores y debilidades, el Señor nos recuerda en Su Palabra que Él es nuestra fuerza y que Su gracia es todo lo que necesitamos. Su poder tiene mayores oportunidades de obrar en nuestra debilidad. Cuando nos damos cuenta de que no tenemos fuerzas ni formas de seguir, Su poder nos sustenta y levanta. Nos damos cuenta que fue todo Cristo y nada nuestro, y le damos toda la Gloria por su obra en y a través de nosotros (2 Co 12:9-10). Podemos echar nuestras cargas sobre Él y Él nos sustentará. No nos dejará para siempre caídos (Sal 55:22). Como dice también este dulce y esperanzador himno que amo:


«Si mi fe ha de caer,

Él me sostendrá;

En la tentación yo se,

Él me sostendrá.

No podría estar de pie

En la oscuridad,

Pues mi amor muy frágil es,

Él me sostendrá.

Él se goza en quien salvó,

Él me sostendrá;

Ante Él precioso soy,

Él me sostendrá.

Sus promesas fieles son,

Mi alma guardará;

Alto precio Él pagó,

Él me sostendrá.

Él me sostendrá,

Él me sostendrá;

Me ama tanto el Salvador,

Él me sostendrá».


(Fragmento del himno: Él me sostendrá)


Querida hermana ¿dónde está tu esperanza hoy? ¿Cuál es el refugio de tu alma?


«El que habita al abrigo del Altísimo

Morará bajo la sombra del Omnipotente.

Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré.

Él te librará del lazo del cazador,

De la peste destructora.

Con sus plumas te cubrirá,

Y debajo de sus alas estarás seguro;

Escudo y adarga es su verdad» (Sal 91:4).


«Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, y será levantado» (Pr 18:10 énfasis añadido).


Los refugios más fuertes en este mundo siempre serán pequeños y débiles en comparación con el gran refugio que tenemos en Dios. Los refugios que solemos buscar en otras personas y cosas (una cuenta en el banco, una buena reputación, una casa confortable, hijos bien portados, un matrimonio de años, un trabajo exitoso) son hojas que el viento se lleva. Pero Dios es nuestro Castillo Fuerte, defensa y buen escudo. El Señor nos librará de cada tempestad y guerra cruel en este mundo caído. 


«Espero en silencio delante de Dios, porque de Él proviene mi victoria. Solo él es mi roca y mi salvación, mi fortaleza donde jamás seré sacudido. Que todo mi ser espere en silencio delante de Dios, porque en él está mi esperanza. Solo él es mi roca y mi salvación, mi fortaleza donde no seré sacudido.

Mi victoria y mi honor provienen solamente de Dios; él es mi refugio, una roca donde ningún enemigo puede alcanzarme.Oh pueblo mío, confía en Dios en todo momento; dile lo que hay en tu corazón; porque él es nuestro refugio»  (Sal 62:1-2; 5-8).



Descarga a continuación descarga el documento para colorear. ¡Imprimelo y listo!




Diseño: Ambar Arias / IG @ambarvaleaf

 
 
 

Comentarios


  • Facebook
  • White Instagram Icon
© 2024 Ella Florece Internacional
bottom of page