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La historia de vida de William Borden


En el blog del día de hoy explicaré como la mayordomía no se trata solamente de un área específica, sino de la buena administración de todos los recursos que nos ha otorgado Dios, desde nuestro cuerpo hasta nuestra familia. 


Debido a la caída del hombre, ser un buen mayordomo se ha convertido en un reto mucho más difícil de lo que debería ser. Sin embargo, han existido personas que nos han demostrado que, aún en medio de sus aciertos y situaciones adversas, han sido dignos ejemplos de mayordomos eficaces. Uno de ellos es William Borden.


William, nacido el 1ro de noviembre de 1887 en Chicago, fue un joven de visión y corazón firme. Era hijo de un hombre muy rico y conocido del momento. Gracias a sus posibilidades económicas, al graduarse de la secundaria, sus padres quisieron regalarle un viaje por el mundo para que pudiera tener una perspectiva de la vida más amplia; y así lo hicieron. William quedó enamorado de la cultura oriental. Desde ese momento, lo que se empezó a sembrar en Borden fue el deseo ardiente de ser misionero.


¿Una persona con un futuro brillante (por su inteligencia y el negocio de su padre) decidió abandonar todo y dedicarse a la predicación de los extranjeros? Sí. Pensaba que eso era lo «único que podía hacer». Sin embargo, su trayectoria misionera comenzó mucho antes de ir a los extranjeros.


Al regresar de su viaje, tomó el compromiso de ir a la universidad, la que hoy conocemos como la prestigiosa Yale University, y allí se dedicó a tres cosas: estudiar, hacer deportes (formó parte del equipo de boxeo, yates y atletismo) y evangelizar. 


Estando en Yale, observó tanta destrucción moral y falta de arrepentimiento, que Borden se dispuso a predicar a la mayor cantidad posible de estudiantes, incluso a aquellos que el mundo consideraba como «los peores» o «los más difíciles». Se cree que en su primer año de estudios, enseñó el Evangelio al menos a 1.000 estudiantes, teniendo consigo a 150 compañeros con quienes se reunía a hacer estudios bíblicos. En su segundo año expandió sus horizontes, yéndose a un puerto marítimo muy concurrido que estaba cerca de Yale. Ahí, se sumaron 17.000 personas a la lista de los que recibieron las buenas noticias gracias al heredero millonario. 


Además de encargarse de la proclamación del mensaje de salvación, William se encargó de ofrendar económicamente a más de 8.000 personas. Compró un edificio que convirtió en un hotel con capilla y cocina, siendo también su benefactor. A su vez, aportaba grandes sumas de dinero a los misioneros de Oriente.


Una vez graduado de la universidad, se inscribió en el Seminario de Princeton para prepararse teológicamente y por fin ir a Oriente a cumplir su sueño misionero. Mientras tanto, aprendió árabe para llegar a la mayor cantidad de personas y luego, chino. Una vez finalizada su preparación, fue rumbo a El Cairo, Egipto, donde compartió con los coptos y pudo insertarse entre los sirios. Lamentablemente, transcurridos tres meses, contrajo meningitis y falleció en 1913, con sólo 25 años.


Si analizamos un poco la vida de William Borden, podemos concluir varios puntos acerca de su papel como mayordomo. Su dinero lo dispuso a la obra del Señor; no pretendía ganar más o conseguir más tesoros para sí mismo, sino que deseaba entregarlo todo por el bien de las almas. Su cuerpo lo mantuvo en orden, ya que, como antes vimos, William era deportista. Su tiempo también lo manejó con excelencia: se dedicó a estudiar, realizar prácticas, servir como maestro en su iglesia local, aprender un nuevo idioma, y consolidar a los nuevos creyentes. Pero todo lo hizo a su debido tiempo. Por otro lado, vemos que su intelecto se lo encomendó al Señor, tanto sus estudios universitarios y su preparación teológica, como el aprendizaje de la cultura oriental.


En los años que Dios le permitió vivir, este hombre fue un buen administrador. Una inspiración para muchos. Un gran siervo fiel. 


¡Que Dios nos ayude a tener el deseo permanente de entregarnos sin condiciones al Señor y estar conscientes de lo que tenemos en Él!


Para finalizar, te dejo una frase de William que encontraron escrita en su Biblia y que marcó mi vida: «Sin reservas, sin arrepentimientos, sin vuelta atrás».



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Diseños: Constanza Figueroa

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