• Elizabeth Cjumo

“Este es mi Hijo Amado”: Cristo como el cumplimiento del Pacto



¿Te resulta fascinante leer el Antiguo Testamento? “Yo no diría que fascinante” alguien podría responder, en realidad “me resulta sumamente complicado y tan distinto a lo que leo en el Nuevo Testamento que muchas veces prefiero ni siquiera abrirlo”.

¿Alguna vez te has topado con alguien que te ha dado esa respuesta? ¿O quizás no hubo un “alguien” y esa persona tal vez fuiste o, aún hoy, eres tú? No podemos negar que acercarnos al entendimiento del Antiguo Testamento y anhelar hacerlo correctamente y con diligencia puede sonar abrumador y difícil, pero la realidad es que es sublime y lo más deseable para nuestras almas.

Y no, no hablo solo de darle un vistazo rápido a algunas historias llamativas del Antiguo Testamento y saberlas de inicio a fin, o de solo recordar aquellas historias que aprendiste en la escuela dominical cuando eras pequeña. Hablo de un acercamiento que haya abierto tus ojos a la congruencia, consistencia y verdad que tiene aquella primera mitad de tu biblia.


Acercarnos al Antiguo Testamento con el lente bíblico correcto nos conduce a Cristo. Nos apunta a entender que Él es la figura central de toda la Escritura de Dios. Todo lo que le antecede es una sombra de la Luz que vendría.


El Antiguo Testamento importa.


Es indudable que el Antiguo Testamento presenta con sumo detalle el hecho de que fue la voluntad de Dios relacionarse con su pueblo, los que había llamado suyos, en una forma bastante especifica. En el proceso de redención Dios se relacionó con el hombre por nada más y nada menos que el pacto. ¿El pacto? Sí, el pacto. Ciertamente es un tema transversal a toda la Escritura. El Nuevo Testamento trata el tema del pacto y habla de Jesucristo como quien le da el perfecto cumplimiento al pacto redentor de Dios para con el hombre.

Aun desde la promesa de su pronta venida, observamos a Maria afirmando que el niño en el vientre era la respuesta al pacto de Dios.

“Y bienaventurada la que creyó que tendrá[w] cumplimiento lo que le fue dicho de parte del Señor». Entonces María dijo: “Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” Lucas 1:45-47

El nacimiento de Cristo en aquel pesebre humilde y en el establo ruidoso lleva todas las promesas del pacto del Antiguo Testamento hacia su realización y el inicio de la mismo.

Recordemos aquel tierno bebé Jesus y las palabras que pronunciaron los labios de Simeón al verlo:

Simeón tomó al Niño en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, permite que Tu siervo se vaya En paz, conforme a Tu palabra; Porque mis ojos han visto Tu salvación La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz de[m] revelación a los gentiles, Y gloria de Tu pueblo Israel». (Lucas 2:28-32)

Y aun cuando Jesus fue creciendo en años, podemos ver cómo Él iba dando sentido a todo lo que de él se escribió y se dijo por los profetas. Ciertamente, el hecho de que Jesus haya cumplido a cabalidad y sin error alguno la ley nos apunta a entender que él vivió sin mancha alguna, libre de cualquier pecado. En palabras de Graeme Goldsworthy “Jesucristo vivió como el perfecto socio de pacto con Dios”. Es decir, en todo el sentido de la palabra: Cristo fue perfecto, sin pecado, LIMPIO.

Hermanas, hay algo aún más precioso al mencionar que él fue perfecto y limpio, sin mancha y digno. Recordemos el maravilloso momento narrado en Mateo: el bautismo de Jesus. Aquel evento que despliegue una, sino la más importante de las verdades de la vida cristiana, aquella sobre la cual hemos fundamentado nuestra total confianza en la esperanza de salvación.

Aquel día en el Jordán, Jesus llegó a ver a Juan, para ser bautizado por él y presenciaremos la verdad gloriosa pronunciada por Dios mismo.

“Jesús le respondió: «Permítelo ahora; porque es conveniente que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan consintió*. Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y los cielos se abrieron en ese momento y él[f] vio al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre Él. Y se oyó una voz de los cielos que decía: «Este es Mi Hijo amado[g] en quien me he complacido»” Mateo 3: 15-17

En su bautismo se declaró a Jesus como el verdadero y amado Hijo de Dios. El Señor mismo es quien desde los cielos afirma que “este era Su hijo”, en Él y solo en Él se ha complacido.

Qué maravillosa declaración divina, en ella podemos descansar confiadas. Él fue aceptado, Él era el verdadero y único representante que podía darle cumplimiento al pacto, la Ley, y todas las profecías del Antiguo Testamento.

“Este es mi Hijo amado” retumba en nuestras mentes y en lo más profundo de nuestros corazones. En Él tiene sentido el misterio de Dios. En Jesus como el cumplimiento, en quien todo ha cobrado pleno sentido, en quien el velo se rasga. Solo en Jesus podemos acercarnos confiadamente al Padre.

Solo en Jesus tiene cumplimiento el “y serán benditas las naciones de la tierra”. Todo el Antiguo Testamento prefiguraba como una sombra lo que habría de venir solo en Jesus y por Jesus.

La declaración divina “Él es Mi hijo” nos recuerda que nada de lo que fue escrito en el Antiguo Testamento fue en vano o que tiene un lugar en la Escritura solo porque así sucedió. En absoluto. Todo lo ahí escrito contiene verdad, la Verdad. Todo apunta al Logos hecho carne.

“Tú eres Mi Hijo amado” destaca la realidad gloriosa de que Dios reconoció a Jesus como el verdadero Israel. Quien sí era suyo. Jesus, el verdadero hombre, el mejor Adán.

Gracias a Dios por Cristo, porque toda la Escritura nos apunta a Su gloria. Hermanas amadas, qué maravilla recordar que acercarnos al Antiguo Testamento es ir directamente al conocimiento de Cristo.