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El llamado a la reconciliación


Soy abogada y me dedico a la defensa y promoción de los derechos humanos desde hace más de una década. En el ámbito en el que me desempeño tengo conocimiento de muchos conflictos y he tenido contacto directo con víctimas, así como con ofensores y he notado una fuerte necesidad de encontrar la restauración del daño sufrido. Sin embargo, muchas veces, lamentablemente, esta búsqueda se ha tornado en un ídolo que termina trayendo rencor, generando movimientos sociales que, incluso, alzan la voz con un grito de «ni perdón, ni olvido».


Al notar esta necesidad en las personas, he meditado en el hecho de que Dios, al crearnos, no diseñó una vida en conflicto, ni un corazón que albergue odio. Él es un Dios justo que abriga al herido y, siendo Él mismo el primer ofendido por nuestros pecados, nos mostró la posibilidad de restaurar nuestra relación al aplicar Su ira santa en Cristo y no en nosotros. Porque «compasivo y clemente es el Señor, lento para la ira y grande en misericordia» (Sal 103:8).


Dios mostró gracia al reconciliarnos con Él a través de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, pues, en lugar de que nosotros recibiéramos la sentencia que merecíamos por nuestra ofensa, ésta recayó en Su Hijo, justificándonos así para restaurar la relación con nuestro Padre. Gracias a esto es que nosotros recibimos el ministerio de la reconciliación para compartirlo con los demás (Ro 5:10-11). 


Todo esto es lo que ha hecho eco en mi corazón para buscar ser obediente al ministerio de la reconciliación y proclamarlo desde mi vocación como abogada y en todas las esferas en las que me desempeño. Por eso es que quiero compartir contigo las siguientes anotaciones sobre la reconciliación:


  • Es una verdad bíblica


En la ciudad en la que vivo (Ciudad de México) recientemente se han impulsado los medios alternativos de solución de controversias y pareciera que es algo novedoso para no acudir a juzgados o agotar dichos medios antes de; esto también está latente en varios países. Pero debemos recordar que la reconciliación no es una forma reciente o de moda para resolver conflictos o problemas, es una verdad bíblica que las Escrituras nos enseñan y nos mandan a aplicar. Ésta puede ser aplicada tanto en la iglesia como en nuestras relaciones fuera de ella.


Es importante tener presente nuestra primera condición de perdonados para buscar perdonar. Ello no significa que la paga por la ofensa se omita, sino que nuestro corazón no albergue rencor, ni busque el mal al otro, sino que mostremos el amor que nos ha sido dado (Col 3:13) teniendo como mayor ejemplo a Cristo, quien recibió una sentencia sin merecerlo, por el gozo de ver nuestra relación restaurada con el Padre (He 12:2).



  • Todos somos llamados a la reconciliación, Dios nos capacita


El ministerio de la reconciliación no es sólo para quienes formalmente se dedican a conciliar o están certificados en consejería o en la resolución alternativa de conflictos. Es un llamado que Dios entregó a toda Su iglesia (Ro 5:11). Dios ha dado a Sus hijos Su Espíritu para actuar conforme a Sus enseñanzas, por ello nuestra insuficiencia es revestida con Su poder para buscar la solución del conflicto.


Si bien Dios otorga dones específicos a algunas personas para la reconciliación, en lo cotidiano, cada uno de nosotros, podemos y somos invitados a reconciliarnos y animar a otros a que se reconcilien, en lugar de alentar el conflicto. 


Tristemente, muchas veces somos testigos de hermanos en Cristo o iglesias enteras que se demandan legalmente, pero es necesario recordar que primero debemos buscar a nuestro hermano para hacerle ver la falta que cometió y ser invitado al arrepentimiento, pues el fin principal es que su vida sea restaurada (Mt 18:15-16) más que recibir una sanción legal. Esta motivación de restauración también debemos reflejarla en nuestras relaciones fuera de la iglesia.


Oremos por un mundo reconciliado con Cristo


Finalmente, quiero invitarte a orar por un mundo que busque conciliar con su verdadero Salvador, Cristo. Entiendo a las personas que gritan «ni perdón, ni olvido» y, al mismo tiempo, deseo que más que arraigarse a esa insignia, su corazón pueda encontrar la paz y justicia reales en el amor de Quien las creó y Quien puede restaurar su corazón, al encontrar su propósito en Él.


Oremos para que la iglesia y el mundo reconozcan la justicia verdadera y la gracia que Dios mostró al recaer Su ira en el Justo para que los injustos sean reconciliados con Él. Y también para hallar esperanza en que cualquier mal que vivamos en esta tierra, recibirá la perfecta justicia de Dios en el final de los tiempos, Quien restaurará todo para Su gloria.



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Diseño: Gabriela Rodríguez

 
 
 

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