Una oración que no depende de cómo me siento

Por: Karla Yaneli Martínez Díaz



A menudo me hallo con estados de ánimo tan distintos: me doy cuenta que, hay días en que siento mi espíritu tan vivo y tan necesitado de platicar con Papá Dios, agradeciéndole por todo lo que ha hecho en mi vida, pidiendole perdón por esas cosas que continuo haciendo, o sigo sin hacer, y que sé que no abonan a la santidad que Él me llama a vivir, clamándole por aquellos que aún no le conocen y por un avivamiento genuino de quienes lo hemos reconocido como nuestro Señor y Salvador. Intercediendo por las necesidades específicas de ciertas personas y abriéndole mi corazón contándole lo que me aflige, lo que me inquieta, pidiéndole que me ayude en todo momento y en cada rubro de mi vida.


Esos días son demasiado bonitos, me hacen “sentir” como si mi conexión con Dios fuera tan fuerte y habitual que nada ni nadie pudiera cambiarla, muchas veces me hacen llegar a pensar -lo escribo meneando la cabeza y riéndome de mí misma- que estoy firme en mi fe y lista para enfrentar el reto que esté por venir, al “sentirme” tan cerquita de Aquel que lo sostiene todo.


En cambio, hay otros días en los que los afanes de la vida y la cantidad de pensamientos que llegan y permanecen en mi mente, me sobrepasan, haciéndome sentir agobiada, cansada, desanimada, frustrada, ansiosa, ocupada y sin ganas siquiera de abrir mis labios para exponerle a Dios lo que hay en mi corazón. Estos días, por el contrario, me confrontan, me llevan a cuestionarme acerca de qué hay con esa fe que sentía tan firme y de esa cercanía que sentía con Dios, ¿a dónde se fueron?


Cuando me detengo a ver este contraste en mis días, me doy cuenta que mis emociones son tan volátiles, que mis estados de ánimo, en la mayoría de ocasiones, son los que definen la intensidad o, peor aún, la existencia, de mi oración a Dios.

¿Alguna vez te has sentido así?


Mi querida amiga: vivir en función de lo que “sentimos” es sumamente peligroso, particularmente cuando se refiere a nuestra oración a Dios, porque le otorgamos a nuestras emociones, el poder de decidir qué tan cerca queremos estar de nuestro Padre, y de limitar nuestro deleite en buscar la presencia de Dios, tan sólo a aquellos días en que tenemos deseos, ocasionando que nuestra relación con Él dependa de una especie de botón de on/off que es manejado por lo que nuestro corazón siente.


En Jeremías 17:9, la Palabra de Dios nos dice “más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?”, ello nos revela la naturaleza poco confiable de nuestro corazón humano, al ser tan cambiante que, en la mayoría de ocasiones, ni nosotras mismas logramos entender lo fluctuante de nuestras emociones.


A diferencia de ello, en 1 Tesalonicences 5:17, Pablo nos dice que debemos orar sin cesar. De igual manera, el mismo apostol, en Efesios 6:18, expresa lo siguiente:


“Orando en todo tiempo con toda oraciòn y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos.”


Recuerdo que cuando comenzaba a caminar en mi fe, leía esos versículos y mi mente, en automático, se detenía en la parte de que debía orar sin cesar, en todo tiempo. ¡Qué conflicto en mi mente! No entendía cómo era que tenía que vivir mi vida en Cristo. ¿Debía estar encerrada en mi cuarto todo el día orando? ¿Dios quería que dejara mis actividades para dedicarme a orar? ¿Realmente era posible orar todo el tiempo? ¿Y qué de aquellos días en que no tuviera ganas de hacerlo? Pueden parecer absurdas, pero realmente esas interrogantes eran tan sólo algunas de las que venían a mi mente. ¿Alguna vez has pensado algo similar?


Pero Dios ha sido bueno, en su infinita misericordia, me ha ido enseñando que la oración constante de la cual Él habla en Su Palabra, no sólo es posible sino que es necesaria para nuestras almas, porque es la única forma en la que podemos conectarnos con Él, derramarle nuestro corazón, sentir Su presencia, escuchar Su dulce voz, clamar a Él en busca de ayuda, y ver cómo escudriña nuestro corazón y nos muestre todo lo que debe ser transformado en él.


Y ¿cómo es que es posible orar en todo tiempo?, pues bien, mi amada hermana, la respuesta a esta pregunta descansa en la percepción que tenemos en nuestra mente acerca de la oración. Volviendo aquellos días de los cuales te hablé hace un momento, recuerdo que para mí la oración era un acto solemne en el que me veía postrada en mi cuarto, con Biblia en mano, y tal vez con algunas de alabanzas de oración que ayudaran a ambientar ese momento. Concebir de esa manera tan limitada a la oración, fue lo que me conflictuó mi pensamiento y me hizo dudar cuán factible era que yo pudiera estar “todo el tiempo” en ese escenario.


Nuestro Padre transformó mi corazón, y me permitió ver que la oración a Él, esa a la que yo estoy llamada a vivir, va muchísimo más allá de la escena que yo tenía en mente, porque orar a mi Padre implicaba, esencialmente, hablar de una manera intencional con Él, abriéndole mi corazón, preguntándole acerca de lo que me inquietaba, pidiéndole por mis necesidades, las de alguien más, o incluso, simplemente guardar silencio para escuchar Su voz.


Las palabras de Pablo encontraban sentido: realmente podía orar sin cesar, porque si entendía que Dios vivía en mí, a través de Su Espíritu Santo, y que ello significaba que Él estaba conmigo en mis días y mis noches, y Su presencia me acompañaba en absolutamente todas las facetas de mi vida, entonces, para orar, únicamente necesitaba decidir hablar con Él, fuera en voz alta o en mi interior, fuera postrada o en pie, fuera con la Biblia en mano o con las manos vacías, fuera en mi cuarto o fuera al caminar por la calle, al final, lo determinante siempre será buscar a Dios en todos mis días, sin importar el escenario, ni el tiempo ni el momento.


¡Querida amiga! Orar a Dios es una necesidad de nuestro espíritu, necesitamos relacionarnos con Él en todo tiempo, más allá de lo que nuestro corazón nos dicte cada mañana, o de cuántas ganas tengamos de hacerlo, la verdad es que hablar con Dios es una disciplina que debemos y necesitamos ejercer en nuestra vida cristiana, si queremos permanecer arraigadas y firmes en nuestra fe, en medio de este mundo caído que día tras día lucha por distraernos en lo temporal y disminuir nuestra relación con Aquél que nos dio vida eterna. Es importante que seamos intencionales y sobrepongamos a nuestro “sentir”, la decisión incesante de orar a Dios cualquiera que sea nuestra circunstancia y estado de ánimo. ¡Oremos, siempre oremos!




Autora: Karla Martínez.

Hija de Dios, abogada de profesión, disfruta escribir y practicar la enseñanza de la Palabra de Dios a otras mujeres; su mayor anhelo es vivir una vida que apunte a otros a Cristo, y que esté enfocada en lo eterno, en hacer tesoros en el cielo en la cotidianidad de sus días.