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Reforma protestante: movimiento de fe que debemos conocer, celebrar y agradecer


Soy Karla, y me encanta poder saludarte una vez más. En esta ocasión quiero contarte acerca de cómo fue que aprendí del Evangelio siendo cristiana.


Al igual que la mayoría de mis compatriotas mexicanos, crecí en un contexto católico. Asistía a la iglesia cada domingo y participaba, en cierta medida, de las actividades propias de dicha religión. Esto me agradaba mucho, pues, hasta donde puedo recordar, desde pequeña sentía cierta inclinación hacia lo «espiritual» y me gustaba la idea de escuchar acerca de Dios y de Su relación con la humanidad.


Sin embargo, una pregunta común que me hice desde la infancia fue, ¿por qué es una «costumbre», que quienes asisten al culto dominical, se concentran solo en escuchar al predicador, repetir de memoria las frases aprendidas en el catecismo, completar la ceremonia y, sin más, esperar hasta el próximo domingo? Recuerdo cuestionarme a mí misma si acaso eso era lo único que existía, y si esa era la forma de tener una relación con Dios.


Otra de las cosas que me inquietaba era por qué solamente el sacerdote era quien leía la Biblia, y por qué la gente que asistía no lo podía hacer. ¿Era la Biblia muy difícil de entender? ¿Estaba destinada solo a personas «elegidas»? A decir verdad, solo eran preguntas que pasaban por mi cabeza, ya que tampoco hacía algo para resolverlas, sino que continuaba cumpliendo con lo que la tradición familiar me indicaba que era lo «correcto».


Con el tiempo fui creciendo, dejé de ser constante en asistir a misa y en participar de actividades eclesiásticas. Yo decía que conocía a Dios y me bastaba con conversar con Él, a mi manera.


Cuando ingresé a la Universidad, hubo varios momentos, en distintas épocas, en que algunas personas me compartieron lo que, hoy sé, era el Evangelio; sin embargo, no era mi tiempo, y lo pasé por alto. No entendía de qué se trataba de lo que me estaban hablando. Recuerdo que la Biblia se me hacía un libro antiguo cuyo texto me parecía demasiado difícil de digerir, e incluso, siendo sincera, hasta aburrido de descubrir.


Hasta que un día, una amiga del trabajo me compartió el Evangelio (una vez más), pero en esta ocasión algo era distinto en mí. Ella me confrontó y me preguntó si yo conocía a Dios. Naturalmente, yo dije que sí. Pero, esta chica no se conformó con mi respuesta, y con amor y mucha gracia, me explicó que todos éramos pecadores, por lo tanto, no podíamos conocer a Dios. Que existía una distancia entre Él y nosotros. Que esa separación podía ser borrada en el momento en el que reconocemos nuestra condición de pecado, creemos y confesamos que Jesucristo, Su Hijo, vino a este mundo a vivir una vida perfecta, para luego morir en una cruz, a fin de pagar el perdón de nuestros pecados, reconociéndose como Nuestro Señor y Salvador. Fue en ese momento que puse mi confianza en Dios (bueno, al menos eso pensé).


Así fue como comencé a llamarme «cristiana» y a vivir una vida bajo los nuevos «estándares» que esta religión me enseñaba. Así que, comencé a asistir a un grupo de estudio bíblico cada semana y a congregarme en una iglesia local, donde me bauticé y reconocí públicamente mi fe en Cristo.


Hasta aquí podría asumir que había comprendido de qué se trataba ser cristiana, pero ¿sabes? No fue así. Tuvieron que pasar meses, e incluso años, para darme cuenta del proceso que Dios estaba haciendo para llevarme a un entendimiento sobrenatural acerca de mi condición de pecadora, que me mantuvo separada de Él y que me impedía conocerlo.


Pero, por la vida, obra, muerte y resurrección de Cristo, esa separación ya no existe más, y ahora puedo, verdaderamente, llamarme Su hija, y disfrutar de todas las bendiciones espirituales que solo se pueden encontrar en Cristo, entre ellas: mi salvación.


Hoy puedo experimentar una vida abundante y completa de este lado del cielo, que continuará por la eternidad. Puedo tener Su presencia en mi vida para siempre y esperar el día en que Él regrese a crear un nuevo cielo y una nueva tierra.


Todo esto no ha sucedido de la noche a la mañana. En realidad, es algo que dura toda nuestra vida. Por medio de Su Gracia, Su Espíritu Santo nos da discernimiento para que, a través de Su Palabra, comprendamos quién es Él, conozcamos Su Evangelio, atesoremos Su Presencia en nuestras vidas, y aprendamos a amarlo y a vivir para Su Gloria.


Es aquí donde mis recuerdos de niña comienzan a tener respuestas: claro que existía más de lo que me habían enseñado acerca de Dios, pero solo cuando Su Palabra pudo ser revelada ante mis ojos, todas esas inquietudes cobraron sentido.


Y, justo en este punto, es donde me maravillo de saber que hubo hombres y mujeres valientes y esforzados, levantados y utilizados por Dios que, en cierto momento de la historia humana, arriesgaron sus vidas para levantar la voz en contra de la corriente de pensamiento que dominaba en ese momento. Estos personajes claves sostenían que la Palabra de Dios no estaba reservada para «unos pocos» como se creía históricamente; que el verdadero Evangelio no se trata de «hacer», sino de «creer» y de «ser», y debe ser entendido y proclamado por todos aquellos que son llamados desde antes de la fundación del mundo.


Amiga: ¿qué hubiera sido de nosotras sin este movimiento? ¿Cuántos años más la humanidad hubiera continuado sin tener acceso a la Palabra del Señor? ¿Cuánto tiempo más hubiéramos vivido confundidas y alejadas de quién realmente es Dios?


Por todo esto es que, con el transcurso de los años, siendo lo que el mundo denomina «evangélica», la Reforma protestante dejó de ser para mí un suceso meramente histórico, un concepto un tanto lejano, que solo le interesa a quien decide profundizar más en teología, para convertirse en un movimiento de fe que todo creyente está llamado a conocer, celebrar y agradecer. La Reforma es un acontecimiento humano, permitido por Dios, que dio la pauta para que el Evangelio de Cristo esté siendo conocido y proclamado en esta tierra, a través de la exposición de la Palabra.



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Diseños: Gabriela Rodríguez

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