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Abandona tu egocentrismo para vivir para la gloria de Dios


Teniendo como base la fe protestante, la teología reformada establece el concepto de las «cinco solas». Éstas son pilares fundamentales y esenciales para la proclamación del verdadero Evangelio. Entendemos que: solamente la Biblia es la suficiente e infalible Palabra de Dios (Sola Scriptura); somos salvos solamente por gracia (Sola Gratia), solamente por la fe (Sola Fide), en nuestro gran Dios y Salvador Cristo (Solus Christus), y para la gloria de Dios (Soli Deo Gloria).


Sola Escritura, sola Gracia, sola Fe y solo Cristo son algunos de los estandartes levantados por los Reformadores; el grito de lucha durante la Reforma Protestante que culmina o se resume en: «solo a Dios la gloria».


Solo a Dios la gloria es considerada como la acrópolis de la Reforma. Como dijo el puritano Thomas Watson: «La gloria de Dios es una parte tan esencial de Su ser, que Él no puede ser Dios sin ella».


Los Reformadores consideraban seriamente a Dios como el centro de sus vidas. Durante esta época se recuperó la enseñanza bíblica de la soberanía de Dios sobre cada aspecto de la vida del creyente. Se llegó al entendimiento de que toda vida deberá ser vivida para la gloria de Dios.


Entonces, ¿qué significa vivir para la gloria de Dios? El verbo «glorificar» significa alabanza, honor, y adoración a Dios. Dios creó al hombre con este propósito, por tanto, no hay mayor deber para toda criatura que glorificar a Dios, vivir por Él y para Él.


El catecismo menor de Westminster lo expresa de la siguiente manera en su primera pregunta: ¿Cuál es el fin principal del hombre? Responde: «El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios y gozar de Él por siempre», y la Escritura afirma lo anterior, diciendo: «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén» (Ro 11:36). «Entonces, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Co 10:31).


¿Dios es egocéntrico?


La Biblia, en sus primeros capítulos, nos presenta a Dios como el creador del hombre, «creó Dios al hombre a su imagen y semejanza» (Gn 1:26). Esta verdad revela que somos portadores de Su imagen, por tanto, Su gloria está impregnada en cada uno de nosotros. Todo cuanto ha hecho Dios, es con el fin de dar a conocer Su gloria; ese fue Su plan desde la eternidad. Dios, en un pacto trinitario, decidió salvar, crear todas las cosas, sustentarlas y gobernar sobre Su creación con el propósito de revelar todo Su esplendor y perfección.


Quizás alguien pueda pensar: «¿Dios es egocéntrico al declarar que todo cuanto hacemos debe ser hecho para la gloria de Su Nombre?». De ninguna manera. Debemos entender que este deber de glorificar a Dios en todo, yace en quién es Él y lo que ha hecho. Sólo Él es digno de toda adoración; Su nombre, Sus atributos y Sus proezas nos muestran a Dios como el único digno de toda alabanza.


Como dice la Escritura:

«Alaben ellos el nombre del Señor, porque sólo su nombre es exaltado; su gloria es sobre tierra y cielos» (Sal 148:13).

«Tributad al Señor la gloria debida a su nombre; adorad al Señor en la majestad de la santidad» (Sal 29:2).


Sin embargo, desde el Edén, Adán y Eva renunciaron al propósito por el cual fueron creados, quisieron usurpar el lugar de Dios, ser iguales a Él y prescindir de su Creador. Se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido, cambiaron la gloria del Dios incorruptible y se colocaron a sí mismos en el trono. Eso acarreó la maldición del pecado sobre todos los hombres. El hombre pasó de gozar de Dios por siempre a estar separado de Su gloria. En palabras del apóstol Pablo: «por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Ro 3:23).


El Dios de gloria


Pero Dios, en Su infinita bondad, para alabanza de Su gloria y el beneficio de Sus criaturas, prometió que llegaría el día en que enviaría al Salvador, quien traería restauración a todas las cosas. Las formas en las que Dios manifestó Su gloria antes de la encarnación de Cristo eran figuras y anticipaciones de la manifestación absoluta de Dios. Por ejemplo, podemos observar que en el Antiguo Testamento la gloria de Dios es presentada como una nube o como fuego consumidor (Ex 13:21). Actualmente, en cambio, Dios, por Su gracia nos ha revelado Su gloria plenamente en la persona de Jesucristo. Es solamente por gracia, a través de la fe únicamente en Cristo, que somos reconciliados con nuestro Creador y podemos entonces cumplir con el propósito por el cual fuimos creados: Su gloria.


¿Puedes ver lo importante que es vivir honrando sólo a Dios? Entonces, déjame preguntarte: ¿anhelas vivir para el propósito por el cual fuiste creado? Es decir, ¿Anhelas hacer todas las cosas para agradarle y engrandecer Su nombre?


Juan Calvino lo expresó de esta manera: «No busquemos nuestros propios intereses, sino aquello que complace al Señor y contribuye a promover su gloria. Hay una gran ventaja en olvidarnos prácticamente de nosotros mismos y en dejar de lado todo aspecto egoísta; pues así podemos enfocar nuestra devota atención a Dios y Sus mandamientos. Cuando la Escritura nos dice que descartemos todas las consideraciones personales y egoístas, no sólo excluye de nuestras mentes el deseo de riquezas, de poder y el favor de los hombres, sino que también hace desvanecer de nuestra imaginación las falsas ambiciones, los apetitos por la gloria humana y otras maldades secretas. Todo creyente debe tener el deseo ferviente de contar con Dios para cada momento de su vida».


Somos llamadas a abandonar nuestro egocentrismo para vivir para la gloria de Dios. Sea cual sea la vocación a la cual Dios te ha llamado, hazlo para Su gloria.


Es mi deseo que cada día podamos vivir sólo para Él y, como el salmista, proclamar: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu fidelidad […]» (Sal 115:1).




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Diseños: Constanza Figueroa

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