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No se trata de jerarquía


En una época en la que el concepto de ser mujer se encuentra tan conflictuado, lleno de tensiones y contrastes como en ningún otro momento de la historia, pensé en la necesidad que existe de dedicar este espacio para compartir contigo cómo ha sido mi camino en la fe, a la luz de mi rol como mujer. 


No crecí en una familia cristiana, por lo que las enseñanzas que recibí en casa desde pequeña, fueron orientadas conforme a los estereotipos que el mundo moderno presenta: necesitaba prepararme y formarme para ser un ser humano independiente, suficiente y capaz de lograr todo aquello que deseaba, es decir, mis capacidades debían ser las mismas que las de un hombre. Se me enseñó que no había distinción entre hombre y mujer, así que crecí creyendo que el género era sólo un tema biológico que no tenía más trascendencia que aquella que la anatomía mostraba.


Sin embargo, cuando conocí a Cristo, me enfrenté con un primer conflicto en mi mente: la Biblia me mostraba que la distinción entre hombre y mujer era algo mucho más grande que una cuestión de anatomía. Ambos habían sido creados por Dios con una naturaleza distinta y con roles específicos. El hombre como líder y proveedor, la mujer como ayuda idónea. Fue entonces que concluí (erróneamente) que la diferencia de género tenía que ver más con una cuestión de jerarquía: ser hombre implicaba tener el papel protagónico de la historia, mientras que la mujer fungía sólo como un papel de reparto.


Te confieso que esa idea me generó mucho conflicto, sobre todo por la cosmovisión con la que fui educada. Tal confusión se incrementó cuando comencé a caminar en la fe y consumir contenido y recursos cristianos en los que se recalcaba con gran énfasis la idea de la mujer como ayuda idónea, a la luz del matrimonio y de los hijos. Entonces, al estar soltera, me cuestionaba todo el tiempo: «¿Cómo podría vivir el propósito para el cual Dios me había creado si yo no tenía esposo ni hijos? ¿Quién debía ser entonces mi líder y proveedor?».


Como si fuera poco, frente a estos cuestionamientos, me encontraba con una cosmovisión totalmente contradictoria a la que la Biblia mostraba. Soy abogada y trabajo en una entidad de Gobierno en donde la ideología de género se ha erigido como una de las directrices más relevantes conforme a las que debemos ejercer nuestra labor. Para esta ideología, mujer y hombre son conceptos netamente culturales, lo cual significa que los roles que cada uno desempeña son dinámicos y encuentran sentido de acuerdo con el momento de la historia en el que nos encontremos. Cabe precisar que, para la época actual, conforme a dicha corriente de pensamiento, ya no existe distinción alguna de roles, sino que estos son sólo estereotipos que la sociedad ha creado a lo largo de la historia


Pero, ¡bendito Evangelio! Porque gracias al Espíritu Santo que mora en cada uno de los creyentes, podemos tener una mente renovada para comprender realidades espirituales que para el hombre natural son inentendibles (1 Co 2:14-16). Dios me llevó a entender que la naturaleza y roles específicos que la Biblia reconocía para el hombre y la mujer, tenían un significado muy lejano de lo que, años atrás, yo creí comprender.


En medio de un mundo que proclama con fuerza una ideología de género como la que vemos día a día, Dios, en Su infinita misericordia, me ha llevado a entender que ser mujer es un regalo, igualmente precioso que el de ser hombre. No se trata de jerarquía. No se trata de papeles protagónicos ni papeles secundarios. Se trata de orden y distribución de roles para cumplir, de manera conjunta y perfecta, el propósito más grande por el cual existe la creación: representar la Gloria de Dios y manifestar Su carácter en este mundo.


Todo comienza en Génesis 1:27, cuando las Escrituras nos muestran que «Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó». A través de esta porción vemos claramente que Dios creó a la humanidad a Su imagen y semejanza. Con independencia del género, hombres y mujeres no son diseños contrapuestos sino complementarios, ambos de igual valor, pero creados con un diseño distinto, a fin de que, en su conjunto, puedan representar en una dimensión completa el carácter de nuestro Dios.


Esa Verdad me ha llevado a entender que, si la Biblia reconoce al hombre como líder y siervo, y a la mujer como ayuda idónea, ello no significa que mi diseño como mujer sea secundario ni accesorio, sino uno de igual valor que el del hombre. Cada diseño tiene sus propios matices y diferencias. Lejos de competir entre ellos por una jerarquía, más bien ambos son necesarios de coexistir sobre esta tierra. Una mujer jamás podría mostrar el carácter de Dios de la manera en la que el hombre, por diseño divino, sí lo puede hacer, y viceversa. 


Comprender el diseño de Dios para el hombre y la mujer, en su justa dimensión, me ha permitido entender ciertos puntos que hoy me gustaría compartirte: 


  • El propósito que Dios ha dado al hombre y la mujer es uno y ambos lo comparten: glorificar Su Nombre. 


  • Como mujer tengo un diseño distinto al del hombre, y eso es algo bueno y necesario (¡qué pereza que todos hubiéramos sido creados de la misma manera!). 


  • Mi rol de ayuda idónea como mujer, no se encuentra condicionado al matrimonio y los hijos, sino que tiene un significado aún mucho más profundo. Con independencia del contexto en que Dios me tiene, puedo reflejar el carácter de Dios como Ayudador, en todo tiempo y momento: con mis padres, hermanos, amigos, en mi iglesia local, en mi trabajo, y en cada una de mis relaciones interpersonales. 


  • La ideología de género parte de una premisa incorrecta: no hay diferencia entre hombre y mujer, más que la biológica. Sin embargo, la Palabra me muestra que se tratan de diseños distintos con un fin superior: la humanidad proclamando la Gloria y carácter de Dios. Yo he decidido abrazar la Verdad.


  • No puedo desconocer que la historia muestra un sistema de opresión hacia la mujer, en el que, a través de las distintas etapas de la humanidad, se le ha colocado en una posición inferior que la del hombre. Sin embargo, esto no es parte del diseño original de Dios sino que se debe a la caída de la humanidad por el pecado, pues cuando esto pasó (Génesis 3) la capacidad del hombre y de la mujer para reflejar el carácter de Dios, en su justa dimensión, se vio afectada en gran medida. 


  • No obstante, aun en un mundo caído, si he rendido mi vida a Cristo soy llamada a abrazar mi diseño como mujer y, por la Gracia del Espíritu Santo que mora en mí, puedo vivir con gozo el rol que Dios me ha dado. Todo esto para traer Gloria a Su Nombre y mostrar la parte de Su carácter que, como mujer, puedo reflejar.


Mi amiga lectora, en este mes en el que la sociedad actual tiende a enaltecer el papel de la mujer desde una perspectiva sesgada, te animo a abrazar tu diseño como mujer no como una cuestión de empoderamiento, ni como uno superior que el del hombre, sino como un regalo de igual valor y aprecio delante de los ojos de Dios. Te invito también a meditar si estás viviendo el rol que Él nos ha dado en esta tierra, sea cual sea nuestro contexto, para Su Gloria.



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Diseños: Berenice Souza

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