La santidad de Dios: más que solo un atributo

Por Mónica Carvajal


Como hijos obedientes, no se conformen con los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que, así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Porque escrito está: «Sed santos, porque Yo soy santo” (1 Pedro 1:14-16).


Uno de los atributos de Dios que despierta en mí un sentido de dependencia e insignificancia, es la santidad de Dios. Cuando escuché por primera vez que Él, debido a Su santidad, no puede tener comunión con el hombre pecador, entendí por qué, en Su soberanía y gracia, entregó a su propio Hijo para salvarnos.


Sí, es verdad que su amor, compasión, misericordia, justicia y todos sus otros atributos, estaban presentes en el momento en el que Cristo estaba pagando el precio por mis pecados y los tuyos, pero, Su santidad, sin duda, jugó un papel importante en la transacción. Debido a Su santidad, Dios no puede aceptar que personas no santificadas, ni lavadas con la sangre del Cordero Perfecto puedan entrar a su lugar santo, ya que allí, en ese lugar no puede haber nada de pecado. No podemos entrar con una pizca de orgullo, con una gota de engaño, con un gramo de envidia. No podemos acercarnos a la presencia de Dios con algo que no es compatible con Su santidad.


El profeta Isaías en una visión del cielo, vio serafines que declaraban la santidad de Dios. “Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de Su gloria” (Isaías 6:3).


Basta con hacer una búsqueda rápida en Google o en BibleGateway para ver la cantidad de veces que la palabra “santo” aparece en la Biblia. A veces, en referencia a la persona de Dios, otras a las ofrendas, al lugar santo, al pueblo de Israel, al llamado a la santidad, al aceite de la unción, etc.


¿Por qué esta predominante la presencia de la palabra santidad? Porque Dios es santo, perfecto, sin mancha y porque “sin santidad, nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).


John MacArthur comentaba: “Nadie puede resistir la presencia de Dios sin llegar a ser profunda y devastadoramente consciente de su propia calamidad”.


Sinclair Ferguson sostiene que “cuando…la santidad de Dios irrumpe en nuestros espíritus nos libra de todo pensamiento superficial e inadecuado relativo a nuestra santificación”.


Así, mi hermana, para poder estar en la presencia de Dios, sin temor de sufrir las consecuencias de nuestra maldad, necesitamos ser lavadas y purificadas previamente, necesitamos la santidad de Cristo y su Justicia perfecta imputada (puesta sobre nosotros y en favor nuestro).


Cuando miramos nuestra vida sin Cristo, vemos que está totalmente contaminada por el pecado que mora dentro de nosotros. Por eso, es que, en Cristo, podemos recibir una nueva naturaleza, ser aceptos delante del Padre y con la ayuda del Espíritu Santo, vivir vidas santas que le den gloria a Su nombre.


Si Cristo no hubiese muerto, nunca tendríamos posibilidad de llegar al Padre. Nunca podríamos pagar la deuda y ser santos, como Él es santo.


Querida hermana, Dios está separado de todo pecado, no hay nada malo en Él, por lo tanto, cuando Él nos escoge para sí, nos llama a imitar su santidad. Nos exhorta a ser diferentes, apartadas para Él.


Como hijas de Dios y miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, estamos llamadas a ser luz y sal en medio del lugar donde nos encontramos.


Y esa es la razón por la que Cristo nos ha comprado, nos ha redimido para hacernos santas. Y es la razón por la cual Jesucristo oró por nuestra santificación (Juan 17:19).


Esa santidad debe motivarnos en nuestra vida diaria a amar lo que Dios ama, a imitar el carácter de Cristo, a ser más como Él.


Querida hermana, ¿cuándo piensas en Dios, piensas en su santidad? ¿Como ese atributo de un Dios separado de todo el mal, te hace querer vivir una vida transformada y santa?


¿Qué impacto tiene en tu vida el hecho de saber que has sido apartada, separada para Dios, para imitarlo en Su santidad?


Estamos en un proceso de santificación en el que Dios nos moldea cada día y nos hace diferentes para Su gloria, para nuestro bien y para que podamos sin lugar a duda entrar delante de Su presencia un día para vivir con Él por toda la eternidad.


Así que, mi invitación en esta hora es a que te acerques a Dios y le pidas que te ayude a serle fiel, a ser obediente, a amarlo, a imitarlo, a tener su mente, a vivir en santidad y que puedas tener una vida que le agrade a Dios. No te desanimes, no siempre es fácil, pero estamos en el proceso y Él ha prometido ayudarnos y estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, y proveer todo lo que necesitamos, porque “que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” Filipenses 1:6.


Dios te bendiga,

Mónica Carvajal