top of page

Cristo: mi único Refugio


Hace unos días, mi familia y yo salimos a pasear en la tarde a una autopista y pasamos frente a un refugio: una estructura que brinda protección y seguridad ante inclemencias del tiempo o durante momentos de guerra. En ese momento vino a mi mente el Señor y cómo, aquel refugio que veía ante mis ojos, lucía tan diminuto y hasta insuficiente en comparación con el gran y poderoso refugio que tenemos en Dios.


El Señor ha estado hablando mucho a mi corazón sobre este tema. Ha  abierto cada vez más mis ojos a la realidad de Su cuidado y de cómo me ha sostenido durante una temporada intensa de luchas y presiones que han expuesto mi profunda debilidad. Sin embargo, y muy, muy a pesar de mí, Dios me ha guardado y fortalecido amorosa, sabia y poderosamente cada día, y cada segundo del día. 


«Oye, oh Dios, mi clamor;

a mi oración atiende.

Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare.

Llévame a la roca que es más alta que yo,

porque tú has sido mi refugio,

y torre fuerte delante del enemigo.

Yo habitaré en tu tabernáculo para siempre;

estaré seguro bajo la cubierta de tus alas». 

(Salmos 61:1-4)


Es muy probable que te identifiques con lo que te estoy comentando porque, como yo, ya sabes lo que se siente cuando estamos en momentos difíciles. Quizás ahora mismo estás en uno de esos momentos donde el alma está en tormenta y en guerra, necesitando con desesperación la protección de Dios. Y, aunque puedas testificar de cómo Él te ha cuidado, sientes la necesidad de recordarlo todo el tiempo. No porque Él no sea un refugio confiable o seguro, sino porque nosotras somos desconfiadas, inseguras e inestables y tendemos a olvidar la verdad justo en los momentos en que más lo necesitamos. Además, es en esos tiempos donde es más difícil recordar y vivir por aquello que sabemos, tanto por nuestra debilidad como por el dolor que adormece nuestro entendimiento y empaña nuestra visión. 


Es por eso que quisiera aprovechar esta oportunidad para que, tanto tú como yo, volvamos a Su Palabra, oigamos Su Voz y recordemos lo que nuestros corazones tanto necesitan en momentos de inestabilidad, incertidumbre y dolor. Mi oración es que veamos a Dios como nuestro único refugio fiel, firme, seguro y eterno. 


Una de mis canciones favoritas, y que ha sido un himno de vida desde que fui salvada por Cristo, es «Tengo un Refugio», de Sovereign Grace Music. A la luz de esta letra siempre medito en las promesas bíblicas que la sostienen y mi corazón es animado y lleno de gracia y esperanza otra vez. Por eso quiero invitarte a dar un recorrido por las estrofas mientras nos sumergimos en el precioso refugio de nuestro Señor.


Cristo: un Refugio en la aflicción 


«Tengo un refugio en tempestad

Cuando aflicciones tengo

Cuando me llena mi temor

Mi alma en Ti descansa

Oh Cristo, en Ti me esconderé

Mi paz y mi consuelo

Nada es más grande que Tu amor

Confortas mi tristeza».


La tempestad llega a nuestras vidas de muchas maneras. Puede ser en forma de enfermedad, traición, escasez, desempleo, problemas matrimoniales, un hijo rebelde, la muerte de alguien muy querido, persecución, injusticia u opresión, y más. No podemos evitarlas ni tenemos seguridad de cuándo llegarán o con qué intensidad. Pero lo que sí sabemos es que tenemos un Refugio para enfrentarlas. 


Cuando tenemos aflicciones y estamos tristes y abrumadas; cuando nos sentimos cansadas y creemos que no podemos más; cuando ya no entendemos lo que está pasando y mucho menos lo que podrá suceder más allá; cuando nuestros corazones se llenan de miedo; en medio de todo eso, nuestras almas pueden hallar descanso. Y, mi hermana, ese refugio, esa paz y ese consuelo sólo se encuentran en Cristo. Si hemos creído en Él, nuestras vidas están escondidas en Él (Col 3:3). Todo Cristo está en nosotras y todo nuestro ser está unido a Él. No hay refugio y protección más grande que esa. En Él siempre estamos seguras. 


Todo en este mundo cambia y falla. Todo es vacío, temporal, inestable y frágil. No hay nada ni nadie seguro bajo el Sol. Si nuestras vistas y corazones se encuentran con la mirada aquí abajo, en la tierra, con razón estaremos amargadas, frustradas y sin esperanza (Col 3:2). Pero, si nuestro refugio y esperanza están solo en Su amor, nada ni nadie nos puede separar de Él porque nada es más grande que ese amor (Ro 8:35-39). 


Su amor es inagotable y perfecto. Fluye sin cesar de la fuente infinita de Su ser porque Dios mismo es amor (1 Jn 4:8). Su amor depende todo de Él y de lo que ha hecho por nosotros en Cristo (1 Jn 4:19). No se basa en nuestros méritos ni en nuestro desempeño. No mira nuestra fuerza ni belleza. No cambia dependiendo de nuestros días buenos o malos. Su amor es constante y siempre fiel. Aunque nosotras muchas veces seamos infieles, Dios permanece fiel. Él no puede negarse a sí mismo (2 Ti 2:13). 


En los momentos más difíciles y cuando peor nos sentimos, tendemos a cuestionar a Dios, precisamente, por nuestros sentimientos o por la falta de ellos. Pensamos que Dios varía como nosotros, o que no está al tanto de lo que estamos viviendo, y llegamos a dudar de Él y de la promesa de Su presencia permanente a nuestro lado (Mt 28:20) Sentimos que Dios está lejos; que no nos escucha; que está tan ocupado en Sus asuntos que no le interesamos y que estamos solas en esto. Pero las promesas y la fidelidad del Señor no dependen de nuestros sentimientos cambiantes; sino de Su inmutable amor. El Señor no nos dejará ni nos desamparará (He 13:5). 


«Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová» (Is 54:10).


Saber esto reconforta nuestros corazones. Estar convencidas de que, a pesar de lo que podamos sentir o no, Su amor por nosotras no ha cambiado y nunca lo hará, nos recuerda que estamos sostenidas por un amor tan grande y fuerte, que nos abraza y llena completamente nuestras vidas. Y, porque su amor es firme, nosotras también permaneceremos firmes y no seremos conmovidas:  «Los que confían en Jehová son como el monte de Sion. Que no se mueve, sino que permanece para siempre» (Sal 125:1). 


Cristo: un Refugio contra el pecado


«Tengo un refugio en tempestad

Si mi pecado acusa

Culpable soy de mi maldad

Tu gracia aún me acepta

Oh Cristo, en Ti me esconderé

Ya no soy condenado

Refugio tengo en Tu cruz

Y salvación encuentro».


Las tempestades que enfrentamos son dolorosas. No sólo porque en ellas todo lo que teníamos como conocido y seguro es sacudido de su lugar o incluso experimentamos su pérdida, sino también porque esas circunstancias revelan lo que hay en verdad en nuestros corazones. Como Paul David Tripp expresa: «Los problemas más profundos de los conflictos humanos, no son cuestiones de dolor y sufrimiento, sino el problema de la adoración, porque lo que gobierne nuestros corazones controlará la forma en que respondemos ante el sufrimiento y la bendición». De manera que, no es la situación en sí  misma la que provoca que respondamos en pecado. La misma situación puede provocar respuestas completamente diferentes en dos personas distintas. Todo depende, más bien, de a quién adoramos y quién o qué está en el trono de nuestros corazones. 


Por otra parte, el enemigo de nuestras almas, usa esta oportunidad para condenarnos por nuestros pecados e intentar destruirnos. Se aprovecha de este tiempo para atacarnos y desviarnos de la verdad del Evangelio. Sin embargo, en Cristo tenemos un Refugio contra nuestros pecados y nuestros enemigos. ¡Qué buena noticia es saber que Su gracia aún nos acepta aunque seamos culpables de nuestra maldad! Pues en Jesús ya no somos condenadas (Ro 8:1). De nada nos servirá refugiarnos en nuestras buenas obras, esfuerzos, justicia propia, activismo o avanzar más en nuestros estudios teológicos (porque, aunque algunas de estas cosas no son malas en sí mismas, no deben ser vistas como  medios para ganar la aprobación de Dios) o, peor aún, en la culpa o la vergüenza. El único refugio seguro que tenemos es Su Cruz y la salvación que encontramos, por fe y por gracia, de nuestros pecados pasados, presentes y futuros. Si el Señor nos da convicción de nuestro pecado, no huyamos. No escondamos nuestra maldad. No la minimicemos. No lo justifiquemos. Corramos a Cristo en arrepentimiento. Sus brazos están abiertos para recibirnos con misericordia y perdón a cada momento. Él es nuestra justicia. Él es nuestro perdón. Él es nuestra santidad (1 Co 1:30).



Descarga a continuación el documento para colorear, ¡lo imprimes y listo!



Diseño: Rhaien Vivar / @r.h.a.i.e.n


 
 
 

Comentarios


  • Facebook
  • White Instagram Icon
© 2024 Ella Florece Internacional
bottom of page