Cristo: mi Ășnico Refugio
- Yeimy de Robainas
- 20 mar
- 6 Min. de lectura

Hace unos dĂas, mi familia y yo salimos a pasear en la tarde a una autopista y pasamos frente a un refugio: una estructura que brinda protecciĂłn y seguridad ante inclemencias del tiempo o durante momentos de guerra. En ese momento vino a mi mente el Señor y cĂłmo, aquel refugio que veĂa ante mis ojos, lucĂa tan diminuto y hasta insuficiente en comparaciĂłn con el gran y poderoso refugio que tenemos en Dios.
El Señor ha estado hablando mucho a mi corazĂłn sobre este tema. Ha abierto cada vez mĂĄs mis ojos a la realidad de Su cuidado y de cĂłmo me ha sostenido durante una temporada intensa de luchas y presiones que han expuesto mi profunda debilidad. Sin embargo, y muy, muy a pesar de mĂ, Dios me ha guardado y fortalecido amorosa, sabia y poderosamente cada dĂa, y cada segundo del dĂa.Â
«Oye, oh Dios, mi clamor;
a mi oraciĂłn atiende.
Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare.
Llévame a la roca que es mås alta que yo,
porque tĂș has sido mi refugio,
y torre fuerte delante del enemigo.
Yo habitaré en tu tabernåculo para siempre;
estarĂ© seguro bajo la cubierta de tus alas».Â
(Salmos 61:1-4)
Es muy probable que te identifiques con lo que te estoy comentando porque, como yo, ya sabes lo que se siente cuando estamos en momentos difĂciles. QuizĂĄs ahora mismo estĂĄs en uno de esos momentos donde el alma estĂĄ en tormenta y en guerra, necesitando con desesperaciĂłn la protecciĂłn de Dios. Y, aunque puedas testificar de cĂłmo Ăl te ha cuidado, sientes la necesidad de recordarlo todo el tiempo. No porque Ăl no sea un refugio confiable o seguro, sino porque nosotras somos desconfiadas, inseguras e inestables y tendemos a olvidar la verdad justo en los momentos en que mĂĄs lo necesitamos. AdemĂĄs, es en esos tiempos donde es mĂĄs difĂcil recordar y vivir por aquello que sabemos, tanto por nuestra debilidad como por el dolor que adormece nuestro entendimiento y empaña nuestra visiĂłn.Â
Es por eso que quisiera aprovechar esta oportunidad para que, tanto tĂș como yo, volvamos a Su Palabra, oigamos Su Voz y recordemos lo que nuestros corazones tanto necesitan en momentos de inestabilidad, incertidumbre y dolor. Mi oraciĂłn es que veamos a Dios como nuestro Ășnico refugio fiel, firme, seguro y eterno.Â
Una de mis canciones favoritas, y que ha sido un himno de vida desde que fui salvada por Cristo, es «Tengo un Refugio», de Sovereign Grace Music. A la luz de esta letra siempre medito en las promesas bĂblicas que la sostienen y mi corazĂłn es animado y lleno de gracia y esperanza otra vez. Por eso quiero invitarte a dar un recorrido por las estrofas mientras nos sumergimos en el precioso refugio de nuestro Señor.
Cristo: un Refugio en la aflicciĂłnÂ
«Tengo un refugio en tempestad
Cuando aflicciones tengo
Cuando me llena mi temor
Mi alma en Ti descansa
Oh Cristo, en Ti me esconderé
Mi paz y mi consuelo
Nada es mĂĄs grande que Tu amor
Confortas mi tristeza».
La tempestad llega a nuestras vidas de muchas maneras. Puede ser en forma de enfermedad, traiciĂłn, escasez, desempleo, problemas matrimoniales, un hijo rebelde, la muerte de alguien muy querido, persecuciĂłn, injusticia u opresiĂłn, y mĂĄs. No podemos evitarlas ni tenemos seguridad de cuĂĄndo llegarĂĄn o con quĂ© intensidad. Pero lo que sĂ sabemos es que tenemos un Refugio para enfrentarlas.Â
Cuando tenemos aflicciones y estamos tristes y abrumadas; cuando nos sentimos cansadas y creemos que no podemos mĂĄs; cuando ya no entendemos lo que estĂĄ pasando y mucho menos lo que podrĂĄ suceder mĂĄs allĂĄ; cuando nuestros corazones se llenan de miedo; en medio de todo eso, nuestras almas pueden hallar descanso. Y, mi hermana, ese refugio, esa paz y ese consuelo sĂłlo se encuentran en Cristo. Si hemos creĂdo en Ăl, nuestras vidas estĂĄn escondidas en Ăl (Col 3:3). Todo Cristo estĂĄ en nosotras y todo nuestro ser estĂĄ unido a Ăl. No hay refugio y protecciĂłn mĂĄs grande que esa. En Ăl siempre estamos seguras.Â
Todo en este mundo cambia y falla. Todo es vacĂo, temporal, inestable y frĂĄgil. No hay nada ni nadie seguro bajo el Sol. Si nuestras vistas y corazones se encuentran con la mirada aquĂ abajo, en la tierra, con razĂłn estaremos amargadas, frustradas y sin esperanza (Col 3:2). Pero, si nuestro refugio y esperanza estĂĄn solo en Su amor, nada ni nadie nos puede separar de Ăl porque nada es mĂĄs grande que ese amor (Ro 8:35-39).Â
Su amor es inagotable y perfecto. Fluye sin cesar de la fuente infinita de Su ser porque Dios mismo es amor (1 Jn 4:8). Su amor depende todo de Ăl y de lo que ha hecho por nosotros en Cristo (1 Jn 4:19). No se basa en nuestros mĂ©ritos ni en nuestro desempeño. No mira nuestra fuerza ni belleza. No cambia dependiendo de nuestros dĂas buenos o malos. Su amor es constante y siempre fiel. Aunque nosotras muchas veces seamos infieles, Dios permanece fiel. Ăl no puede negarse a sĂ mismo (2 Ti 2:13).Â
En los momentos mĂĄs difĂciles y cuando peor nos sentimos, tendemos a cuestionar a Dios, precisamente, por nuestros sentimientos o por la falta de ellos. Pensamos que Dios varĂa como nosotros, o que no estĂĄ al tanto de lo que estamos viviendo, y llegamos a dudar de Ăl y de la promesa de Su presencia permanente a nuestro lado (Mt 28:20) Sentimos que Dios estĂĄ lejos; que no nos escucha; que estĂĄ tan ocupado en Sus asuntos que no le interesamos y que estamos solas en esto. Pero las promesas y la fidelidad del Señor no dependen de nuestros sentimientos cambiantes; sino de Su inmutable amor. El Señor no nos dejarĂĄ ni nos desampararĂĄ (He 13:5).Â
«Porque los montes se moverån, y los collados temblarån, pero no se apartarå de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantarå, dijo Jehovå» (Is 54:10).
Saber esto reconforta nuestros corazones. Estar convencidas de que, a pesar de lo que podamos sentir o no, Su amor por nosotras no ha cambiado y nunca lo harĂĄ, nos recuerda que estamos sostenidas por un amor tan grande y fuerte, que nos abraza y llena completamente nuestras vidas. Y, porque su amor es firme, nosotras tambiĂ©n permaneceremos firmes y no seremos conmovidas: «Los que confĂan en JehovĂĄ son como el monte de Sion. Que no se mueve, sino que permanece para siempre» (Sal 125:1).Â
Cristo: un Refugio contra el pecado
«Tengo un refugio en tempestad
Si mi pecado acusa
Culpable soy de mi maldad
Tu gracia aĂșn me acepta
Oh Cristo, en Ti me esconderé
Ya no soy condenado
Refugio tengo en Tu cruz
Y salvación encuentro».
Las tempestades que enfrentamos son dolorosas. No sĂłlo porque en ellas todo lo que tenĂamos como conocido y seguro es sacudido de su lugar o incluso experimentamos su pĂ©rdida, sino tambiĂ©n porque esas circunstancias revelan lo que hay en verdad en nuestros corazones. Como Paul David Tripp expresa: «Los problemas mĂĄs profundos de los conflictos humanos, no son cuestiones de dolor y sufrimiento, sino el problema de la adoraciĂłn, porque lo que gobierne nuestros corazones controlarĂĄ la forma en que respondemos ante el sufrimiento y la bendiciĂłn». De manera que, no es la situaciĂłn en sĂ misma la que provoca que respondamos en pecado. La misma situaciĂłn puede provocar respuestas completamente diferentes en dos personas distintas. Todo depende, mĂĄs bien, de a quiĂ©n adoramos y quiĂ©n o quĂ© estĂĄ en el trono de nuestros corazones.Â
Por otra parte, el enemigo de nuestras almas, usa esta oportunidad para condenarnos por nuestros pecados e intentar destruirnos. Se aprovecha de este tiempo para atacarnos y desviarnos de la verdad del Evangelio. Sin embargo, en Cristo tenemos un Refugio contra nuestros pecados y nuestros enemigos. ÂĄQuĂ© buena noticia es saber que Su gracia aĂșn nos acepta aunque seamos culpables de nuestra maldad! Pues en JesĂșs ya no somos condenadas (Ro 8:1). De nada nos servirĂĄ refugiarnos en nuestras buenas obras, esfuerzos, justicia propia, activismo o avanzar mĂĄs en nuestros estudios teolĂłgicos (porque, aunque algunas de estas cosas no son malas en sĂ mismas, no deben ser vistas como medios para ganar la aprobaciĂłn de Dios) o, peor aĂșn, en la culpa o la vergĂŒenza. El Ășnico refugio seguro que tenemos es Su Cruz y la salvaciĂłn que encontramos, por fe y por gracia, de nuestros pecados pasados, presentes y futuros. Si el Señor nos da convicciĂłn de nuestro pecado, no huyamos. No escondamos nuestra maldad. No la minimicemos. No lo justifiquemos. Corramos a Cristo en arrepentimiento. Sus brazos estĂĄn abiertos para recibirnos con misericordia y perdĂłn a cada momento. Ăl es nuestra justicia. Ăl es nuestro perdĂłn. Ăl es nuestra santidad (1 Co 1:30).

Descarga a continuaciĂłn el documento para colorear, ÂĄlo imprimes y listo!

Diseño: Rhaien Vivar / @r.h.a.i.e.n
