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Carta para la mujer recién casada: aférrate primeramente al Señor


Querida hermana y amiga que te acabas de casar: «Al principio, el matrimonio luce como si todo fuera color de rosa, los problemas vienen tiempo después».


¿Alguna vez escuchaste o leíste esta frase? En mi caso, fueron muchas las veces que la oí, incluso de personas creyentes. Sinceramente, más allá de la intención genuina de cada persona al pronunciar estas palabras, creo que no son tan ciertas como parecen ser. Al menos, no lo fueron para mí.


Sin duda, la primera etapa de casados es maravillosa en muchos sentidos, pero eso no quiere decir que, por esa razón, no existan dificultades, diferencias inesperadas o conversaciones difíciles con tu pareja desde este preciso momento. Incluso, puede que el Señor permita ciertas situaciones que no tengan que ver con la relación en sí, pero que sean difíciles de sobrellevar humanamente y traigan desafíos a esta nueva etapa juntos.


Cuando recién me casé me costó aceptar cuestiones que tenían que ver con la crianza que habíamos recibido de nuestros padres y que eran diferentes el uno del otro. Como por ejemplo: la manera de administrar el dinero, la limpieza y el orden en el hogar, la comunicación, las costumbres o tradiciones que antes no estaba acostumbrada a llevar a cabo, hábitos de mi esposo que anteriormente no había visto ni experimentado, etc. Ni hablar de roces entre nosotros debido a nuestro propio pecado.


Gracias a Dios, además de un esposo con mucha paciencia, Él me regaló la guía y compañía de hermanas y amigas piadosas que supieron escucharme y aconsejarme de manera sabia en cada situación, hasta el día de hoy. 


Una de las palabras de aliento que una de ellas me dio en determinado momento se trataba del hecho de cultivar el hábito de orar constantemente al Señor para que Él mantuviera mis expectativas en Cristo. Creo que nadie me ha pedido jamás algo tan difícil para mí, como eso. 


En mi humanidad caída es casi imposible no poner expectativas altas cuando se trata de logros o de relaciones. Así que, al principio de mi matrimonio, y muchas veces en la actualidad, me cuesta no culpar a mi esposo por sus debilidades o sus pecados. No me refiero a no reconocer ese tipo de cosas porque eso implicaría caer en autoengaño, pero se vuelve pecado cuando mi motivación primaria y la forma en que hago o digo las cosas muestra que mi confianza, fortaleza y dependencia no está en el Señor y en lo que Él ha hecho en Cristo, sino en mis logros. Cuando mis actitudes al respecto hacen tropezar a mi esposo y lo hacen dudar de su identidad en Cristo, estoy cometiendo un error que, de alguna manera, también me afectará a mí y a nuestra relación. No traerá paz y armonía al hogar sino, todo lo contrario. 


Sin embargo, eso no es todo. Tenemos esperanza segura frente a nuestras debilidades e inseguridades, incluso frente a nuestro pecado. Como dice Hebreos 6:19-20: «Tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, adonde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre». Nuestra esperanza se encuentra  en Jesús, en la libertad que tenemos de acercarnos a Él si creemos en Su obra a favor nuestro. Esto quiere decir que nuestra confianza en Él y, de alguna manera, en nuestro esposo, no está basada en méritos humanos, sino en los méritos de Cristo a nuestro favor.


Otro de los consejos que también he recibido y quiero compartir contigo es el mantenernos aferradas a las Escrituras para que el Espíritu Santo pueda recordarnos Su Palabra en esos momentos donde solemos dejarnos llevar por las emociones y los sentimientos. Esa es la manera en que tú y yo podemos llegar a ser reconfortadas y recibir sabiduría de Dios para actuar de manera que honre al Señor y edifique a los demás, en especial a nuestros esposos.


Por otro lado, otra de las cosas que viene a mi mente cuando pienso en el comienzo de mi matrimonio, es mi pasado familiar. Todas las situaciones difíciles que viví con mis padres durante mi infancia a veces vienen a mi mente y nublan mi vista, permitiendo que yo saque la mirada de Cristo y la ponga en aquello que el Señor ya redimió. Claro, no es que las experiencias del pasado sirven de excusa para no vivir de acuerdo a la Palabra de Dios, pero sí es cierto que a veces sigue influyendo en nuestro ser interior y en lo que hacemos y decimos a diario.


Puede que tú también recuerdes, en menor o mayor medida, circunstancias de tu pasado que tengan que ver con la relación matrimonial de tus padres, la relación de padres e hijos, o con tus hermanos. Incluso, es posible que existan situaciones similares en la actualidad, aunque ya no vivas con ellos. De cualquier forma, sea de lo que sea que se trate, te animo a recordar que si has creído en Cristo como Señor y Salvador y has depositado toda tu confianza en Él, Él te ha hecho nueva criatura (2 Co 5:17) y está obrando en tu vida conforme a Su voluntad. No hay dudas de que todo lo que hemos vivido ha sido planeado por Él para que corramos a Su presencia y tengamos verdadera libertad (Jn 8:36). El precio ya fue pagado, el sacrificio ya fue realizado. Él es el Único que puede hacer justicia, redimir el pecado y encargarse de aquello que tanto te ha pesado durante mucho tiempo.


No olvides que tu identidad está en Jesús: Su Palabra dice que has sido adoptada, redimida, justificada y sobre todas las cosas, amada y aceptada en Cristo desde la eternidad (Ef 1:4-6). Además, las Escrituras también nos dicen que: «[...] para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito». Independientemente de lo que hayas vivido en el pasado, tu suficiencia, plenitud y seguridad vienen de tu Salvador. Él está dispuesto a obrar todas estas cosas en ti, a pesar y en medio de cada situación en tu vida. 


Creo que hay más experiencias que pudiera contarte, aunque yo tampoco me casé hace mucho tiempo, quizá haya más consejos que pudiera compartirte. Pero estos que he plasmado en este momento son los que más tengo presente a diario y los que el Señor más ha utilizado para santificar mi relación matrimonial, y sé que lo seguirá haciendo.


Recuerda:

  • ¡Tu esposo está en las manos de Aquel que lo puede sostener y guiar como ningún otro. Él también te sostiene y te guarda a ti!

  • ¡Disfruta de la compañía de tu Padre celestial! El Hijo perfecto, el Cordero inmolado lo hizo posible.

  • ¡Disfruta de tu relación matrimonial! A pesar de las dificultades. 

  • Ríndete al Único que jamás puede fallar.

  • Rodéate de hermanas piadosas que te ayuden, te guíen y oren por ti en esta nueva etapa.


Extracto del e-book "Cartas de gracia: de corazón a corazón" escrito por el equipo de escritora del ministerio.



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Diseño: Wendy Balboa

 
 
 

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