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Cómo el cerebro nos lleva al deleite (parte II)


«Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto» (Ro 12: 2). 


En el artículo anterior vimos un poco acerca de lo fascinante que es el cerebro, pero, sobre todo, vimos que es el reflejo de unas manos asombrosas que lo diseñaron así. También nos hicimos una pregunta: ¿No deberíamos vivir para cultivar hábitos diarios y conexiones neuronales que produzcan el dulce aroma del deleite en el Creador? Sí, se supone que deberíamos vivir una vida entregada a la piedad (1 Ti 4: 7), una vida de completo abandono en el Ser más asombroso en todo el universo. 


Pero, la otra pregunta que surge de inmediato es: ¿cómo? Aquí es donde me gustaría compartir contigo otro aspecto que forma parte de ese órgano tan increíble, creado para el deleite.


La neuroplasticidad


Todo lo que vivimos, cada suceso y cada experiencia, deja, de alguna u otra forma, una huella en nosotras. El cerebro, esa gran masa que tenemos en nuestra cabeza, es el órgano más complejo y asombroso del cuerpo humano, el cual se va transformando a través de experiencias de la vida diaria. 


Como algo «místico», tu cerebro es capaz de leer estas palabras, decodificarlas, procesarlas y comprenderlas, aunque el proceso sea difícil de entender. Todo lo que el ser humano experimenta, produce algo en el cerebro, para bien o para mal. El cerebro humano es tan maleable por diseño que es capaz de adaptarse a cualquier evento o estímulo. A esa capacidad se le denomina «plasticidad cerebral» o «neuroplasticidad», la base para la adquisición de diferentes habilidades como las motoras, de lenguaje, sociales y cognitivas, tanto durante la infancia como todo lo que dure el desarrollo del ser humano, desde su concepción hasta su muerte. 


Esta capacidad le permite a nuestro cerebro formar nuevas conexiones neuronales o  afianzar circuitos ya existentes, es decir, que tiene el potencial para adaptarse a los cambios y los diferentes estímulos del medio y también  para reorganizarse formando nuevas conexiones y estructuras neuronales. De ahí su importancia, ya que nos permite aprender, recuperarnos de alguna lesión o alteración, y adaptarnos a cualquier situación nueva. A pesar de que hay ciertos casos en los que no ocurre, se puede decir que, normalmente, es posible establecer o fortalecer circuitos o crear nuevos por medio de los hábitos, aunque también es posible que un circuito se debilite o deje de funcionar. Dicho esto, entender cómo funciona el cerebro debe producir en nosotras no sólo asombro, sino que, además, debería llevarnos a la reflexión sobre lo que pensamos, meditamos, y a qué le prestamos atención, sobre todo, en cómo nos relacionamos con otros, ya que se podría dejar una huella imborrable.1


Así que, todo en nuestras vidas moldea nuestro cerebro: un encuentro, un accidente, una enfermedad, un evento traumático, una guerra, un terremoto, el sabor de una comida, una película, una canción, una serie, las redes sociales, cualquier cosa en la vida. Por esa razón, la neuroplasticidad puede jugarnos a favor o en contra. ¿Cómo sería esto? Si por diseño hemos sido creadas con este potencial asombroso, entonces, más aún estando en Cristo es posible usar la neuroplasticidad cerebral a nuestro favor, de tal manera que este vaya adquiriendo la forma de Dios y, sobre todo, deleitarnos en nuestro Creador.


Los hábitos


Una forma práctica de lograr esto es a través de los hábitos. Todas tenemos hábitos y adquirirlos nos puede resultar fácil porque es algo que nuestro cerebro hace de forma natural. La base de estos se denomina: «bucle del hábito», el cual está formado por tres partes: la señal, la rutina y la recompensa. La señal es, digámoslo así, el detonante para hacer algo. Estas señales pueden ser externas, como la hora del día, o internas, como el estrés, miedo o aburrimiento. Una vez que la señal es detectada, se pasa a ejecutar una rutina como respuesta a esa señal; ésta puede ser física, como comer algo, o puede ser mental, como procrastinar. Finalmente, el bucle termina con una recompensa, produciéndose una sensación de placer y bienestar haciendo que la conducta se refuerce y se vuelva a repetir. 2


Con el paso del tiempo nuestro cerebro asociará cada señal, con la acción y la recompensa; de esa forma, el bucle comienza a arraigarse en las redes neuronales formando un hábito, aún de forma inconsciente. 


Existe un personaje muy importante en nuestro cerebro encargado de hacer esto, llamado «los ganglios basales». Cuando nos exponemos a algo nuevo por primera vez y queremos aprenderlo, necesitamos atención y concentración, lo cual activa áreas de la corteza prefrontal. Pero, al repetir la tarea, los ganglios basales entran en escena y toman el control, permitiéndonos realizar la acción casi de forma automática. Esta transición del esfuerzo consciente al comportamiento subconsciente, es lo que hace que los hábitos sean tan poderosos, pero también explica por qué pueden ser difíciles de cambiar. Una vez que un hábito se almacena en los ganglios basales, puede ser activado por señales, incluso sin mucha reflexión, haciendo que cualquier hábito, incluso los dañinos, se sientan como algo natural. Por esa razón, puede ser fácil que un hábito se arraigue, y  muy difícil hacerlo desaparecer. Sin embargo, no es imposible para Aquel que creó el cerebro tan complejo que tenemos y para el poder que Su Palabra tiene en nosotras. 


La pregunta es ¿cómo desarraigamos un hábito? El primer paso es identificar la señal que detona la acción. Ya sea una hora del día, un estado emocional o un entorno específico, comprender qué desencadena el comportamiento es crucial para romper el ciclo del hábito. Una vez identificada la señal, en lugar de simplemente intentar eliminar el comportamiento, se puede sustituir la rutina por una alternativa más saludable. Por ejemplo, si el estrés te lleva a comer bocadillos, o la ansiedad te hace comer de forma excesiva, puedes intentar sustituir ese comportamiento por comer frutas o hacer actividad física.


Hábitos que nos conecten con Él


Pero no nos confundamos, crear hábitos, de forma tal que nuestro corazón esté desconectado del Señor, es fácil, y ese no es el objetivo tampoco. El objetivo es practicar hábitos que nos conecten con la verdadera Fuente de deleite y placer. Hábitos que nos eleven a un nivel de espiritualidad más profunda con Él. 


La neuroplasticidad es la capacidad que nos permite, físicamente hablando, formar esos nuevos hábitos, como el silencio, el retiro, la confesión, la memorización de versículos, la oración y la meditación. 


De hecho, una de las disciplinas menos conocidas y practicadas en el mundo del cristianismo, es la meditación o la contemplación. Sin embargo, hay estudios que demuestran que esta disciplina está asociada con cambios en la estructura en diversas áreas del cerebro. Incluso, en un estudio, sobre cómo la meditación –aunque secular– produce alteraciones en la estructura cerebral, se encontró que ocho regiones cerebrales se modificaron de forma consistente frente a esta práctica.2 


Por lo tanto, está comprobado que, físicamente, el cerebro es capaz de modificarse frente a las buenas prácticas, o medios de gracia que el Señor mismo nos ha dejado para encontrarnos con Él. Pablo mismo animaba a los filipenses a meditar en todo lo que es verdadero, justo, puro, honorable y digno (Fil 4:8). 


Sí, todos los días aprendemos cosas nuevas, malas o buenas, dependiendo a qué le estamos entregando nuestra atención (y ya vimos que aprender algo es fácil).  


No nos conformemos con menos


Cuando crecemos y aprendemos cosas nuevas, la información viaja a través de las neuronas, formando muchos caminitos en el interior de nuestro cerebro. Por eso, cuando se aprende a conducir o cuando intentamos aprender por primera vez a lavarnos los dientes o andar en bicicleta, todo esto requirió de nuestra atención, pero, más adelante, logramos hacerlo de forma automática o inconsciente porque las vías neuronales ya están bien arraigadas.


Un claro ejemplo de esto lo podemos ver en los niños. Los niños pequeños son muy adaptables, de hecho, cuando una parte del cerebro de un niño se lesiona, otra parte suele aprender a realizar algunas de las funciones perdidas. Pero, a medida que crecemos y nos hacemos mayores, al cerebro cada vez más le cuesta establecer nuevas conexiones neuronales como lo hacía cuando era apenas un niño, debido a que la capacidad que tienen las neuronas de formar nuevas sinapsis, disminuye con el tiempo, lo que hace que algunas tareas parezcan más difíciles de aprender o casi imposible. Sin embargo, esto no quiere decir que un adulto ya no pueda aprender cosas nuevas, porque la plasticidad es para toda la vida. De ahí que, muchos neurocientíficos recomienden plantear nuevos desafíos al cerebro y aprender nuevas cosas, para que se establezcan nuevas conexiones. Esto ayuda a mantener activo al cerebro durante todo el curso de la vida.3


Debemos considerar, también, que el cambio físico es más efectivo cuando se aborda un día a la vez. No podemos pretender formar un hábito en un día y una noche. Si queremos formar hábitos nuevos, en lugar de eliminar toda la rutina de un solo tirón, introduzcamos primero pasos pequeños, o metas alcanzables y realistas. Esto hace que el cerebro se adapte poco a poco y forme nuevas vías neuronales. Por ejemplo, si tu objetivo es empezar una rutina de ejercicios regularmente, lo más prudente sería empezar con entrenamientos cortos y alcanzables, esto fortalecerá el hábito, facilitando su permanencia a largo plazo.


Hasta el fin de nuestros días, en Cristo, tenemos el privilegio de usar nuestro cerebro para el bien y andar en esas buenas obras para las que hemos sido creadas (Ef 2:10). Incluso cuando muchas de sus funciones lleguen a perderse, aún tenemos la oportunidad de usarlo para Su gloria. Como dijo Ana Avila: «Dios diseñó ese órgano tan fantástico en nuestras cabezas para que podamos aprender, crecer, disfrutar y servir. Para que podamos amarlo a Él y a nuestro prójimo. Antes éramos incapaces de usar nuestro poderoso cerebro para nada que tuviera que ver con la vida de Dios (Ef 4:18). En Jesús, eso ha cambiado. Ahora tenemos todo lo que necesitamos para ser capaces de aprovechar nuestras neuronas, para la gloria de Dios y para el bien de Su pueblo. No nos conformemos con menos».


En dependencia del Espíritu


Amadas hermanas, tenemos un Dios tan asombroso que nos ha creado con un cerebro capaz de deleitarse en Él. Sin embargo, no podemos hacer nada de esto sin el poder de Su Espíritu. Si no dependemos del Único que puede llevarnos al deleite más supremo en Cristo, seremos simplemente como las personas que viven para sí mismas, conforme a la carne, atrapadas en la corriente de este mundo. 


No hay poder en nosotras para formar hábitos que nos conecten con la fuente de todo deleite. No me refiero a poder físico, porque fisiológicamente ya hemos visto que es posible crear hábitos que por fuera luzcan piadosos. Me refiero a la fortaleza interna que nos capacita para vivir bien, conectados a Él. En Efesios 3:14-19, Pablo ora para que los creyentes usemos todo el potencial de nuestros cerebros para comprender la gloriosa verdad del amor infinito de Cristo. Lo cual solo puede ser posible por el Espíritu de Dios porque por nosotras mismas, no podemos. Este es el poder que necesitamos: una mayor percepción y aceptación de que Cristo habita en nosotras por la fe y que Su amor indomable, nos capacita para aprender cada día a cultivar hábitos diarios y conexiones neuronales que produzcan el dulce aroma del deleite en el Señor, nuestro Salvador.




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