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¿Cómo convivir bíblicamente con personas difíciles?


Vivimos en la era de la toxicidad. Es muy común que en las conversaciones actuales usemos el calificativo de persona tóxica para referirnos a amistades, personas con quienes trabajamos, relaciones sentimentales, alguien de nuestra familia, etc. En realidad, esa descripción se la podemos atribuir, hoy en día, a cualquier persona difícil con la que compartimos o hemos compartido en algún momento de nuestra vida.


El término persona tóxica, en los últimos años ha ido cobrando relevancia al convertirse en una de las frases más utilizadas de la lengua española. Sin importar el país de que se trate, llamar tóxica a una persona, es un término cada vez menos extraño y más aceptado para aludir a aquellos cuyo comportamiento no refleja una salud emocional.


Para muestra de lo anterior debo contarte que, al ingresar persona tóxica dentro de mi buscador, me encontré con un sin número de sitios web que informaban acerca de la definición de dicha frase, de sus características y de las soluciones que debíamos emprender si detectábamos que manteníamos contacto (de algún tipo) con una de ellas.


Un ejemplo de ello se encuentra en la página web Mundo Psicólogos, en la que aparece publicado un artículo que define a la persona tóxica de la siguiente manera: 


«Una persona tóxica es aquella que causa muchos conflictos en tu vida. De hecho, cuando estás cerca de alguien con una personalidad tóxica, es muy probable que puedas sentir mucho estrés, incomodidad, e incluso un dolor emocional debido a sus actitudes». 


Dentro de las características que dicho artículo mencionaba para reconocer a una persona tóxica, se encontraban las siguientes: 


1. Critican a todo el mundo.

2. Son envidiosos.

3. Buscan ser siempre el centro de atención.

4. No puedes confiar en ellos.

5. No tienen motivaciones.

6. Se sienten superiores.

7. No te desean el bien.


¿Sabes? No resulta raro que la noción de toxicidad sea tan predominante en la actualidad, si partimos de la idea que nuestro mundo está siendo regido, fuertemente, por la filosofía wellness (un modelo que propone acercarnos a la felicidad a través de hábitos físicos y mentales saludables). No sé si te has percatado, pero el contenido que se nos presenta actualmente, por cualquier medio de comunicación, en gran medida, tiene que ver con alcanzar la felicidad a través de crear relaciones interpersonales saludables y cerrar la puerta a todas aquellas personas tóxicas que están a nuestro alrededor.


Sin duda, este discurso suena muy atractivo, tanto, que ha permeado silenciosamente en el corazón y mente de los creyentes. En mayor o menor medida, quienes nos llamamos cristianos hemos llegado a utilizar el término persona tóxica para referirnos a alguien con quien nuestra relación (de cualquier tipo) no ha funcionado. Incluso en las redes sociales, hay muchos hermanos en la fe, creadores de contenido, que han apostado por esta idea como una de las bases de su enseñanza y su compartir con sus seguidores.


Pero, ¿acaso en algún momento nos hemos detenido a pensar por qué resulta tan atractivo este mensaje?, pero más aún, ¿Es bíblico? Y, si no lo fuera, ¿Cómo deberíamos actuar, en realidad, los creyentes con ese tipo de personas difíciles? Sinceramente, creo que la respuesta a esos cuestionamientos no resulta tan encantadora como la filosofía que el mundo nos ofrece. Déjame explicarte. 


Iniciemos en el punto de partida. En Génesis 2:18 la Biblia nos informa que Dios creó al ser humano como un ser relacional, es decir, diseñado para vivir en comunidad. Sin embargo, paradójicamente, esa necesidad social es la que nos pone en uno de los mayores aprietos de nuestro vivir: las relaciones interpersonales. Compartir con otras personas no es fácil, puede ser que con unas menos que con otras, pero en algún punto, toda relación implica un reto, nos exige frenar nuestro yo para aprender a convivir con una personalidad distinta a la nuestra.


Relacionarnos con otras personas no es un reto nuevo, ha existido desde la antigüedad, pero no podemos soslayar que, en los tiempos actuales, mantener relaciones firmes y duraderas se ha convertido en un verdadero desafío. Hoy es mucho más fácil cortar todo tipo de relación a la luz de la toxicidad que vemos en nuestro prójimo.


Resulta más alentador justificar que nuestras relaciones no tienen futuro, a causa de la personalidad difícil del que tenemos enfrente, que confrontar esa relación a la luz de la Palabra de Dios y exponer nuestro propio corazón para saber en dónde nos encontramos nosotros mismos frente a esa relación.


En Marcos 12:29-30, podemos ver a Jesús enseñando que el mandamiento más importante para Dios es amarlo con todo el corazón, y amar al prójimo como a nosotros mismos. Sin duda, esa ordenanza pareciera muy básica para cualquier creyente, pero esa segunda parte, particularmente, se nos hace demasiado comprometedora, sobre todo, cuando se trata de personas que nos resultan difíciles, ¿cierto?


El gran problema por el cual el amor a nuestro prójimo se ha convertido en un mero cliché cristiano, obedece a la idea equivocada que tenemos del amor. El mundo nos ha enseñado a ver el amor como una idea romántica, un sentimiento que brota naturalmente del corazón, que debe ser recíproco y es la causa generadora de nuestro gozo.


En contraste con lo anterior, la Biblia nos relata una historia que representa el amor, en su mayor magnitud e impensable comparación: Dios decidió, por amor, salvar a Su pueblo de una condenación eterna sin Él, al entregar la vida de Su hijo en una cruz, como la paga para el perdón de los pecados, aun a sabiendas que ese pueblo no lo merecía debido a la dureza de su corazón. El Evangelio, sin lugar a dudas, es la proclamación más excelsa del verdadero significado de amor.


En ese sentido, el amor no es una idea romántica, sino una realidad práctica. El amor no es un sentimiento que se produce genuinamente en nuestro corazón, sino una decisión que debemos adoptar constantemente. El amor no depende de la reciprocidad, sino que es un llamado que el creyente debe cumplir como consecuencia de haber sido destinatario del amor de Dios, a través de su salvación. El amor no busca nuestra felicidad, sino que exige la decisión de entregarnos a nosotros mismos para servir al otro.


Dicho esto, podemos concluir que el mensaje de evitar a las personas tóxicas resulta atractivo porque es una salida bastante práctica que nos excusa de enfrentarnos a una realidad que queremos olvidar. Pero la Biblia nos dice que no hay bueno ni uno solo (Ro 3:10). En nuestro corazón existe maldad, de modo tal, que esa toxicidad de la que estamos hablando, inevitablemente está presente (en diferente intensidad) en cada uno de nuestros corazones.


Por lo tanto, evitar a las personas tóxicas no es un pensamiento que esté centrado en el Evangelio. Más bien Dios nos llama a amar a todas las personas con quienes interactuamos, incluso a las más difíciles, bajo la perspectiva de que el amor, más que un sentimiento que brota naturalmente de nuestra humanidad, implica el reto de decidir servir y entregarnos a otros con un corazón humilde y compasivo, entendiendo que todos estamos luchando con nuestro propio pecado.


Entonces, si ese pensamiento no es bíblico, ¿Qué debemos hacer, como creyentes, ante ese tipo de personas?


Bueno, primeramente, me gustaría proponer que dejáramos de utilizar como parte de nuestro lenguaje la palabra tóxico para referirnos a las personas que nos resultan difíciles, recordando que, incluso, nosotros mismos, podemos ser difíciles para alguien más. Luego, me gustaría invitarte a pensar que el amor puede lucir de distintas maneras en nuestras relaciones: podemos cumplir con el llamado de amar al otro, siendo empáticos (teniendo en cuenta que la raíz del pecado mora en el corazón de todo ser humano), perdonando a quienes no cumplan con nuestras expectativas, siendo humildes, poniendo límites sanos, y sobre todo, siendo compasivos con el otro quitando nuestra mirada de él y poniéndola en Cristo, el Único que no nos fallará jamás.


Recordemos una verdad alentadora: nosotros, en nuestras fuerzas, somos incapaces de amar como Dios nos manda. Sin embargo, el Espíritu Santo que mora en el corazón de cada creyente sí está capacitado para hacerlo, así que necesitamos pedirle, cada día, que nos enseñe a amar de la manera correcta, aun tratándose de personas difíciles. 


Antes de terminar, quiero compartir contigo un pensamiento de Timothy Keller, de su libro El significado del matrimonio, respecto de la perspectiva adecuada al relacionarnos con otros: «¿Qué tipo de convivencia tendríamos si lo que esperáramos [...] fuera una ayuda mutua para superación de los pecados y los fallos, en gloriosa transformación a semejanza de Cristo?»


Entonces ¿cómo se transformarían nuestras relaciones humanas si las viéramos como un medio de gracia para ser continuamente santificadas y traer Gloria al Señor? Te animo a que meditemos en ello.


"El amor no busca nuestra felicidad, sino que exige la decisión de entregarnos a nosotros mismos para servir al otro. "



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