Atesorando a Cristo

Por Karla Martínez




A todas nos gustan los regalos ¿cierto? Creo que aún no conozco a alguien a quien le desagraden. La “emoción” que se siente al recibirlos, sin duda alguna, es de las más gratificantes que podemos experimentar, más aún cuando ese regalo es algo que anhelábamos mucho, que es muy bueno para nosotros o que es demasiado valioso.


Lo curioso y paradójico del ser humano es que aun cuando sea el mejor regalo que hubiésemos podido recibir, llega un momento en donde su valor se convierte en algo “ordinario” en nuestra vida que nos lleva con el paso del tiempo a dejar de apreciarlo como algún día lo hicimos. Tal vez eso pase porque nos distraemos con rapidez y asumimos que aquello que un día fue deseado, ahora es algo cotidiano para nosotros.


¿Sabes? Esa inclinación se ve frecuentemente en nuestra vida espiritual, pues con facilidad “olvidamos” o “normalizamos” lo que significa Jesús en nuestra vida. Me asombra ver cómo, en muchas ocasiones, podemos referirnos a su vida, muerte y/o resurrección con gran familiaridad y poco asombro, con gran facilidad de palabra y poca meditación en lo que hablamos, con gran conocimiento y poca sensibilidad en el corazón.


Esa forma de conducirnos es una inclinación de nuestra naturaleza pecaminosa, algo con lo que hemos batallado como humanidad desde la caída del hombre. Para ello, basta recordar cómo en el Antiguo Testamento, Dios es tan enfático en instruir, una y otra vez, al pueblo de Israel a no olvidar la condición de esclavitud que tenían en Egipto, las obras poderosas que Él había hecho en su favor, y en general, todo lo que habían atravesado en el desierto antes de llegar a la tierra prometida. Este es un buen momento, para hacer una pausa y que vayas a echar un vistazo en Deuteronomio 5:15; 7:18; 24:9 y 25:17 NBLA.


Las numerosas ocasiones en que Dios instruye al pueblo de Israel a “recordar” lo bueno que Él les dio, no es casualidad, por el contrario, es un mandato intencional acerca de la manera en que los creyentes debemos vivir para valorar las riquezas de Su gracia que han sido derramadas en nosotros a través de Jesucristo, pues el ejercicio de pausar nuestra mente en meditar lo que Jesús hizo en nosotros, será lo que producirá un inevitable asombro y gratitud que a su vez nos lleve a vivir en adoración genuina a nuestro Dios.


Dicho esto, me gustaría que a través de estas líneas, tú y yo pudiéramos recordar juntas algunas verdades acerca de quién es Jesús y cómo Su obra incide en nuestra vida, las cuales, probablemente, has leído o escuchado en diversas ocasiones, pero que con el paso del tiempo (si acaso llevas ya bastantes años por el camino de la fe) tal vez han pasado a ser “familiares” en tu espiritualidad, dejando de ser asombrosas como aquellos primeros tiempos en que lo supiste, o bien, sobre las cuales aún no has meditado lo suficiente y comprendido su significado. Como sea, hagamos juntas este pequeño recorrido.


  • Desde la fundación del mundo, Jesús es el plan original para que tú y yo pudiésemos tener una relación con Dios. Su llegada a este mundo nunca fue el plan B de la historia, Dios sabía que desde la caída del hombre, la humanidad jamás podría, en sus propias fuerzas, acercarse a Él. Necesitábamos de un Salvador cuya obra fuera perfecta para que pudiésemos ser redimidos y formar parte de Su familia. (Génesis 3:15 NBLA).


  • Todo lo visible e invisible que hay en los cielos y en la tierra fue creado por y para Jesús. (Colosenses 1:16 NBLA)


  • Por naturaleza, tú y yo estábamos apartadas de Dios, éramos sus enemigas, hijas de ira, a causa de nuestra desobediencia, pero gracias a Jesús pudimos ser reconciliadas con Dios. (Colosenses 1:21 NBLA)


  • Gracias a la vida, muerte y resurrección de Jesús, de ser enemigas de Dios, tú y yo pasamos a formar parte de Su pueblo santo y escogido. Ahora somos parte de Su familia. Somos Sus hijas y podemos llamarle con confianza Padre. (Efesios 1:5 NBLA)


  • Aunque tú y yo teníamos una vida biológica antes de creer en Jesús, lo cierto es que estábamos muertas espiritualmente, de manera tal, que no teníamos entendimiento alguno hacia lo eterno e invisible, pero gracias a Él, Dios sopló vida en nuestros huesos muertos, abrió nuestros ojos para ver nuestro pecado, y nos cambió el corazón de piedra por uno de carne dispuesto a adorarle. (Efesios 2:1, Colosenses 2:13, Ezequiel 37:6 NBLA)


  • Gracias a Jesús, tú y yo somos salvas por Gracia, no porque lo hayamos merecido sino porque nos fue regalado, no porque no haya costado algo, sino porque Él pagó con Su sangre el precio justo. (Colosenses 2:14, Hebreos 12:2 NBLA)


  • Por la vida, muerte y resurrección de Jesús, es que tú y yo podemos gozar del privilegio de tener a Dios dentro de nosotras, a través de Su Espíritu Santo, de modo tal, que de ser sólo un cuerpo pasamos a ser templos en que habita Su presencia por toda la eternidad. (Efesios 1:13 NBLA)


  • Puede que muchas veces no lo sintamos, pero la realidad es que gracias a Jesús tú y yo ya estamos plenas: sí, aunque nuestro corazón nos trate de engañar en que necesitamos una diversidad de anhelos que alcanzar para sentirnos completas, la Verdad es que Él es suficiente y tú y yo no necesitamos nada más. (Colosenses 2:10 NBLA)


  • Gracias a Jesús tú y yo somos amadas por Dios, y tenemos todo lo que se necesita para enfrentar las batallas de este mundo. (Romanos 8:34-37 NBLA).


  • Por Jesús es que podemos vivir con la certeza de que nuestros días no se acaban en esta tierra, como el mundo nos quiere hacer creer, sino que somos acreedoras de una eternidad con Dios, y de la promesa de ver un cielo nuevo y tierra nueva (2 Corintios 5:1-3; Apocalipsis 21:4-7 NBLA).


  • En suma, por Jesús, podemos gozar de las riquezas de la Gracia, de la bondad, de la misericordia, de la piedad y de todo lo bueno que proviene de Dios.


Podría continuar enumerando más Verdades acerca de quién es Jesús y la riqueza y majestuosidad que Él representa en nuestra vida, pero creo este artículo no sería suficiente y, para ser sincera, este ejercicio pretende ser tan sólo un pequeño recordatorio para nuestros corazones, acerca del tesoro que tenemos tú y yo, y todos aquellos que han reconocido a Jesús como Su Señor y Salvador.


Querida amiga: oro para que estas líneas hagan un eco real y profundo en nuestro ser, para que nos lleven a detener nuestra agitada vida por un momento para recordar el indescriptible regalo que nos ha sido otorgado, y con ello, exhortarnos a atesorarlo como es debido cada día de nuestro existir debajo de este cielo, pero sobretodo, para que tú y yo oremos intencionalmente cada mañana a nuestro Dios, y le pidamos con un corazón sincero que sin importar lo que nos toque vivir en esta tierra, cada una de estas Verdades se haga una realidad tangible para nosotras, y constituyan las raíces que nos mantengan arraigadas y edificadas en nuestra fe para seguir corriendo con ánimo, esperanza y gozo esta carrera llamada vida.


Dios nos dé Su Gracia para atesorar a Jesús como el regalo más preciado con el que podemos contar en la vida, el cual ya nos ha sido dado. Enseñemos a nuestra mente y corazón, querida hermana, a acordarse, meditar, valorar y vivir a Jesús. Eso, indudablemente, nos toca a nosotras.