Aplaudir en primera fila




Ser una mujer que se contenta con la gracia de Dios en la vida de otras no parece ser una tarea muy fácil, ser una mujer que anime a otras, tampoco. A veces, no fluye naturalmente en nosotras, pero para una mujer creyente esto no es negociable, no es una opción.


¿Cómo lucen tus palabras? ¿Has pensado alguna vez cómo se sienten las mujeres de tu entorno con tu presencia en sus vidas y con las palabras que tú les compartes? ¿te resulta sencillo que de tus labios broten elogios y ánimo para tus hermanas? de ser así ¿estás siendo genuina?

El problema real es un asunto del corazón


«¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Que muestre por su buena conducta sus obras en mansedumbre de sabiduría. Pero si tenéis celos amargos y ambición personal [ en vuestro corazón, no seáis arrogantes y así mintáis contra la verdad. Esta sabiduría no es la que viene de lo alto, sino que es terrenal, natural, diabólica» (Santiago 3: 13-15, NBLA).


Antes de presentar este pasaje impactante, Santiago puso sobre la mesa un tema muy relevante para nuestras vidas. Habló sobre un miembro tan pequeño en nuestro cuerpo, pero que, puede incendiar todo un bosque: la temida lengua. De donde brotan nuestras palabras, esas que pueden destruir o bendecir. Y no es casualidad que, en las siguientes líneas, se haya referido a los celos amargos y la ambición personal. ¿Saben? El capítulo 3 de Santiago me confronta, pues expone mucho de mi naturaleza pecaminosa. Es tan revelador saber que, los celos amargos están intrínsecamente ligados a la ambición personal, a querer procurarlo todo para nosotras mismas. Debemos recordar y ser conscientes que nuestra naturaleza caída es esta, viene por defecto, por herencia, a esto nos inclinamos, a querer ser nosotras el centro de atención, a ser las receptoras en lugar de ser quienes den. Batallamos con un problema, nos gusta atribuirnos a nosotras mismas todo lo que creemos, erróneamente, merecer.


¡Inflar el ego es una práctica que nadie nos enseña, pero qué bien conocemos! Piensa en los halagos y reconocimientos que nos gusta y que se nos dificulta dar. ¿Que no es esto una forma de celo y ambición personal muy discreto? No me malinterpreten, no estoy diciendo que aquella que no anime, tenga una mala intención necesariamente -aunque estimularnos a las buenas obras no es una opción para nosotras y no hacerlo es omisión- sino, deseo que pensemos aún más ¿por qué no lo hacemos? ¿por qué nos cuesta? ¿qué hay detrás de ello? ¿por qué es más cómodo ser aplaudida que aplaudir?


A mí todavía me resulta difícil, aún lucho día a día. Mientras esté aquí, en este lado de la gloria, le tengo que recordar a mi mente y corazón que las cosas que menciona Santiago no me son ajenas. Que los celos y la ambición personal pueden tener formas muy sutiles de manifestarse en mi vida y el hecho de que no las perciba, no quiere decir que no estén presentes. Saber ello es lo que me lleva a correr al Señor y pedirle que me haga sensible a mis faltas, que examine lo profundo de mi corazón y me permita ver hacia dentro. Por eso, querida hermana, puedo decirte esto, pues es lo que me ha estado ocurriendo mientras he ido dejando que esas verdades en los pasajes escudriñen mi corazón.


Nuestra lengua sería un problema en nuestras vidas si pensáramos que ella se encuentra separada de nuestro cuerpo, pero no es así. Nuestra lengua es parte de este cuerpo, aquel que está siendo transformado a la imagen del Hijo todos los días hasta Su retorno. Santiago nos exhorta al recordarnos ¿Acaso una fuente echa agua dulce y amarga por la misma abertura? y nuevamente acentúa la idea diciendo: ¿Acaso, hermanos míos, puede una higuera producir aceitunas, o una vid higos? (3:11-12). Hermanas, hemos probado del Agua que sacia, de la Fuente de vida eterna. Nuestra lengua debe ser un instrumento lleno de vida y no de muerte, por eso nuestras palabras deben ser un fiel reflejo-aunque muy imperfecto- de las palabras de Aquel a quien anhelamos imitar.


Una mujer que aplaudió en primera fila


Ella, una adolescente cuya vida estaba a punto de cambiar de una forma inimaginable, a punto de casarse, pero ahora posiblemente rechazada por su prometido y con una vida formándose dentro suyo. Por otro lado, su prima, una mujer de edad avanzada, que había sido estéril por mucho tiempo. ¿Qué pensaría ella de su prima adolescente que ahora esperaba un niño? ¿me rechazará ella también? se preguntaba la joven mientras iba directo a visitarla, sin saber que, tan pronto cruzara la puerta de la casa, experimentaría el gozo y las palabras de ánimo de una mujer que amaba al Señor ¿Se les hace conocida la historia? Este es el ejemplo que modeló Elisabet al ser visitada por su joven prima María (la madre de Jesús).


“Elizabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz: «¡Bendita tú, entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Por qué me ha acontecido esto a mí], que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1:41-43).


Y bienaventurada la que creyó que tendrá cumplimiento lo que le fue dicho de parte del Señor» (1:45)


De esa manera tan dulce se refirió Elisabet a María. Detente a observar cuánta gracia hay en sus palabras: “bendita tú, entre las mujeres” esto la incluía a ella misma, estaba elogiando de una manera preciosa a su muy joven prima. Y ve cómo Elisabet la nombra “la madre de mi Señor”, pese a haber tenido una temporada tan larga de infertilidad, a viva voz, reconoce el regalo de la maternidad que le ha sido otorgado a María por pura gracia.

De igual forma, me encanta observar cómo Elisabet afirmó la fe María, le recordó la obediencia que ella había tenido para con Su Señor y la llamó nuevamente bienaventurada por haber creído lo que su Dios dijo. Lo que pasó entre ellas es un ejemplo hermoso de una mujer que precisamente experimentó observar muy de cerca el favor y gracia de Dios en la vida de otra. Cuando las mujeres imitemos genuinamente cómo actuó Elisabet con María, comprenderemos el gozo profundo y el ánimo sin igualdad que nuestras palabras pueden producir en la vida de otras mujeres. Cada vez que me expongo a estas dulces palabras, mi corazón es confrontado y animado. ¡Anhelo ser ese tipo de mujer! ¿No es precioso el amor que le expresó la una a la otra? Un amor que no albergó pensamientos de descontento o de celos por lo que su prima ahora tenía y que a ella tanto había anhelado, no hay lugar para ello. ¡No vemos tan siquiera una pizca!


Qué hermoso ver cómo luce una mujer que se contentó profundamente con el favor de Dios en la vida de otra y lo expresó con palabras que eran el producto de la llenura y la guía del Espíritu Santo en su vida. Y lo maravilloso de esto es que fue debido a reconocer la grandeza de alguien mayor a ellas: ¡JESÚS, el Mesías prometido!


Actuemos

Que Dios nos ayude a ser esa clase de hermana. Que día a día seamos intencionales en convertirnos en esa amiga adecuada, afectuosa y cálida. Las palabras que salen de nuestros labios pueden edificar a otras mujeres y recordarles que corremos juntas la carrera de la fe. Seamos mujeres que reflejen esa hermandad y que sientan gozo genuino al animar y afirmar a otras en Cristo.


Pidamos la sabiduría de lo alto, pura, pacifica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía (Santiago 3:17). Que ésta sea la sabiduría que anhelemos, para que sea ella la que brote de nuestros labios y así podamos responder con gracia. Solo así podremos gozarnos con el favor y gracia de Dios en la vida de otras y nos contentaremos en involucrarnos en sus vidas.


Preguntémonos día a día ¿puedo alabar y agradecer a Dios con todo mi corazón por lo que Él me ha dado para administrar hoy debido a Su bondad y amor por mí? Y, seguidamente preguntémonos, ¿puedo honestamente agradecer a Dios por Su favor y bondad hacia mis hermanas en Cristo?


Que lo único que con celo procuremos sea la causa de Cristo y que nuestro mayor contentamiento esté en conocerlo y ser conocidas por Él. 

Que Dios nos ayude a ser genuinas en nuestro amor y trato para con nuestras hermanas, que nuestra motivación sea amar a Dios y a Su pueblo. “Amarnos unas a otras con amor fraternal y en cuanto a honra, prefiriéndonos las unas a las otras” (Romanos 12:10). Que lo único que con celo procuremos sea la causa de Cristo y que nuestro mayor contentamiento esté en conocerlo y ser conocidas por Él.