Amar y servir como Cristo a nuestras familias
- Yeimy de Robainas
- 21 nov 2025
- 6 Min. de lectura

«Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y postrándose ante Él, le pidió algo. Jesús le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella le dijo: «Ordena que en Tu reino estos dos hijos míos se sienten uno a Tu derecha y el otro a Tu izquierda» (Mt. 20:20-21).
La madre de los hijos de Zebedeo –Jacobo y Juan– le pidió a Jesús que en Su Reino, ellos se sentaran cada uno a Su lado. Al pedir una posición para sus hijos, Jesús le enseñó un principio de servicio central en la vida cristiana: En Su Reino, a diferencia de los reinos terrenales, las posiciones importantes no se ven de la misma manera. Para Jesús los grandes e importantes no son los que ocupan un puesto reconocido y exaltado, como sucede con los gobernantes de las naciones. Para Él, aquel que es verdaderamente grande y el primero de todos, es alguien que sirve a los demás. No uno que busca reconocimiento para sí.
En su respuesta, Jesús les dijo a sus discípulos: «Ustedes saben que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre ustedes, sino que el que entre ustedes quiera llegar a ser grande, será su servidor, y el que entre ustedes quiera ser el primero, será su siervo; así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:25-28).
Jesús se coloca como el mayor ejemplo de servicio. Él les expresó que ni siquiera Él, el Hijo del hombre, había venido para ser servido, sino para servir y rescatar a muchos. Tal y como podemos ver, en el corazón de nuestro Señor Jesucristo el servicio es un estilo de vida innegociable para aquellos que han creído en Él.
Solo Jesús merece todo el servicio, honor y gloria. Sin embargo, como Él expresó, no se aferró a su posición, sino que Su vida fue dada en servicio por nosotras para librarnos del pecado y de la muerte. El Evangelio es la muestra más grandiosa de servicio humilde, amor sacrificial y entrega absoluta. Del mismo modo, hoy estamos llamadas a imitar el amor y el servicio de nuestro Señor. Debemos amar y servir a Dios y a nuestro prójimo, pero como una respuesta gozosa a ese Evangelio de gracia y amor. Aunque nuestro servicio siempre se quedará corto ante la magistral muestra de atención y favor del Siervo de Dios, hacia Su pueblo escogido.
Como mujeres, uno de los contextos donde tenemos maravillosas oportunidades de poner en práctica nuestro amor y servicio hacia otros, es el hogar. Sí, ahí en nuestras casas, con nuestras familias, donde vivimos y estamos la mayor parte del tiempo.
A veces pensamos en los grandes acontecimientos como los más importantes que ocurren en nuestra vida. En los grandes momentos de servicio en la iglesia o en algún ministerio importante. Pero en realidad, los eventos más significativos del servicio, transcurren en los momentos cotidianos del día a día, alrededor de nuestros seres más cercanos y queridos. El amor y el servicio del Señor que podamos reflejar ante ellos, dejarán una huella profunda en sus propias vidas, y representan un legado que podemos pasar a la próxima generación de siervos del Señor.
Pero, ¿qué significa ser un ejemplo de amor y de servicio para nuestros hijos, esposo o familiares? Aquí te comparto algunos principios prácticos que espero sean de ayuda mientras buscas servir a los tuyos y darles ejemplo de esta gracia con tu propia vida.
Una sierva ejemplar
Sirve por las motivaciones correctas
Ella no sirve para ser vista o buscar su propia gloria, sino para glorificar a Dios y apuntar a otros hacia Él. Buscará la aprobación de Dios, no la de los demás. No solo sirve en la iglesia o en ministerios emocionantes, donde pueda ser reconocida y apreciada, sino ahí, en esa habitación de su hogar que a veces solo Dios ve: recogiendo juguetes por vigésima vez en el día, cocinando, poniendo la mesa, fregando los platos y la ropa sucia, o limpiando el baño (Ga. 1:10; Ef. 6:6-8; Col. 3:22).
Se enfoca en Dios y en su prójimo
No se ocupa sólo de sus intereses o necesidades, sino que está pendiente de las necesidades de quienes la rodean y cómo puede servirles mejor. Ella mortifica su egoísmo y su orgullo, y desea permanecer en el mismo sentir humilde que hubo también en Cristo Jesús. Quien, por amor a nosotras, Él se despojó de toda Su gloria y se humilló hasta la muerte de cruz, para salvarnos (Fl. 2).
Ordena sus prioridades en función del servicio a otros
Esta sierva persigue amar y servir bien a los suyos. Sus decisiones y sus actividades diarias van a estar determinadas por y orientadas al servicio. Su agenda y su horario serán organizados, de tal modo, que el servir a su familia sea una prioridad (Pr. 31:27-29).
Tiene una actitud que refleja el fruto del Espíritu
Ella no solo sirve, sino que lo hace con gozo, amor, amabilidad, gentileza y generosidad. El fruto del Espíritu Santo se exhibe en su vida (Pr. 31:26; Ga. 5:22-23).
Cultiva la gratitud por el servicio como adoración a Dios
Para esta sierva, el servicio no es un peldaño con el que escala hacia una posición importante, o para buscar identidad y la aceptación de otros. Ella está agradecida de poder servir a quienes le rodean, como algo que ni siquiera merece. Sirve por gracia, porque Dios le ha servido primero en Cristo y ha puesto en su corazón el deseo de servirle a Él y a otros, en Su Hijo. Su familia es un don precioso que el Señor le ha concedido. Anhela amarlos y servirlos en adoración a Dios y gratitud, como un privilegio y una gran oportunidad. Quiere mostrarles su devoción a Dios y su cuidado y afecto en todo lo que hace. Los valora y aprecia como sus consiervos amados en el Señor (1 Co. 10:31).
Está abierta a los cambios y necesidades no previstas que surjan
A veces lo más cómodo es servir a nuestra manera y en el tiempo que deseamos. Sin embargo, esta sierva está dispuesta a servir en todo tiempo y en formas que no había planificado, pero en obediencia lo acepta y se rinde al Señor (Mt. 11:29-30; Lc. 9:23-24).
Tiene una reserva abundante y disponible de gracia, cuando otros no valoran su servicio o sea difícil servirles
La sierva ejemplar abraza el servicio, aún en etapas difíciles de la crianza o en medio de un matrimonio o relación difícil. Es paciente y perseverante en su amor y dedicación hacia ellos. Les sirve como si lo hiciera al mismo Señor, porque está convencida de que la recompensa de su herencia, viene solo del Señor Jesucristo. Su vida es Cristo. ¡Es a Él a quien sirve! (Col. 3:23-24).
En el evangelio de Juan, encontramos la hermosa escena de Jesús lavando los pies de sus discípulos. Ante el asombro de éstos por la clara acción de humildad y servicio de Su Maestro hacia ellos, me confronta leer otra vez las siguientes palabras que Cristo les dijo: «Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Pues si Yo, el Señor y el Maestro, les lavé los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que como Yo les he hecho, también ustedes lo hagan. En verdad les digo, que un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. Si saben esto, serán felices si lo practican» (Jn. 13:13-17).
Amada hermana, es mi oración y anhelo que el Señor nos dé un corazón de siervas, rendidas a Su voluntad. Que le amemos y le sirvamos a Él y a los nuestros. Que sigamos su ejemplo y hagamos como el Señor y el Maestro nos ha mostrado. Él nos dejó Su ejemplo para que sigamos sus pasos, y a la vez, debemos ser un ejemplo para otros de Su amor y servicio. Que podamos recordar que nosotras no somos mayores que Jesús, y que la verdadera bienaventuranza no está en saber estas cosas, sino en hacerlas deleitándonos primero en ver y experimentar el corazón de siervo de nuestro Salvador.
¡Oh! Señor, que nuestras vidas puedan ser ejemplos vivos de servicio. Que podamos derramar nuestros corazones, y emplear nuestras manos y todas las fuerzas, dones y recursos que Tú nos das, en amar y servir a nuestras familias. Que ellos puedan ver tu amor y entrega en cada acto de servicio. En el nombre de tu Amado Hijo y Siervo Jesús, Amén.

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Diseño: Ambar Arias / @ambarvaleaf
