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Un Dios justo siempre está a tiempo


La vida cristiana no es una que estará libre de aflicciones, sino más bien una vida que aún en medio de la aflicción, el dolor y el sufrimiento, se centra en Cristo Jesús. Muchas veces nos cuestionamos, y nos ponemos a pensar por qué vivimos ciertas circunstancias. O, por otro lado, queremos que todo se ajuste a nuestras expectativas. Pero, tengo algo que decirte, nuestras expectativas nunca son suficientes, siempre se quedan cortas a las cosas grandes y maravillosas que el Señor puede producir en nosotras para Su gloria.


Hoy escribimos desde un lugar inesperado, desde uno que no imaginamos vivir, ni pudimos prever, pero que el Señor ya había dispuesto fuese de esta manera, porque Él es soberano y digno de toda la gloria. Hoy experimentamos la partida física de una compañera de Ministerio en Ella Florece. Nuestra compañera fue una mujer de gran fe que confió en Dios en medio del sufrimiento físico causado por el cáncer. Pero a través de su sufrimiento, continuamente apuntaba a los que la conocían a Jesús. Incluso en sus momentos más débiles, ella servía a través de la escritura, la oración y siendo parte activa de este ministerio. Su deseo era glorificar a Dios y servirle, y lo hizo incluso mientras estaba en una cama de hospital. Si quieres leer más sobre su historia, lee la entrevista que le hicimos yendo a este enlace (empezando en la página 11).


La aflicción, el sufrimiento y el dolor físico, pueden glorificar a Dios en maneras que nosotras no podemos imaginar, y aprendimos mucho de eso en este tiempo. No sufrimos en nuestra carne el dolor físico, no llevamos la aflicción en nuestro propio cuerpo, pero si caminamos al lado de alguien que los sufría. Esto nos recuerda la manera en que Cristo llevo cada uno de nuestros dolores, y aflicciones para hacernos libres del pecado, y que por gracia pudiésemos recibir el regalo de la vida eterna; de un día ver a nuestro Salvador Jesús, el más Hermoso, Nuestro Amado, cara a cara.

Dice la Palabra en el libro de los Salmos:


El Señor conoce los días de los íntegros, y su herencia será perpetua (Salmos 37:18).


Dios dispuso para cada uno de nosotros un número de días que solo Él conoce, y todo esto es parte de algo más, de un plan que trasciende a la eternidad. Cuando recibimos al Señor Jesús en nuestros corazones, le reconocemos, le amamos porque Él nos amó primero, y le servimos, estamos unidos como Iglesia a un plan más grande y un día todos podrán ver Su gloria.


Un Dios justo, nos justifica y nos redime; llevó ya en la Cruz cada uno de nuestros pecados, para que pudiésemos ser justas, íntegras, y hacernos parte del plan de salvación y redención para todos, “El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).


Este mismo Dios justo no tarda en venir, viene por nosotros, y no llega tarde o temprano, siempre está a tiempo, y así como cada una tiene sus días precisos acá en la tierra, Dios es paciente para con nosotros, y espera para que no perezcamos, sino que, en arrepentimiento, podamos ser parte de Su gran plan de salvación, de esa herencia perpetua de vida eterna que trasciende esta tierra:


...los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria y el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas (Apocalipsis 4:10-11).


Una herencia que traerá gloria al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; una gloria que un día esperamos ver y rendirnos ante Él con nuestras coronas. Esta imagen de Apocalipsis es hermosa, nos anima y nos recuerda la razón por la que todo es hecho, fuimos creados para glorificar a Dios en todo.


Nuestra amiga fue un gran ejemplo de alguien que amó a Dios y amó bien a los demás hasta su último aliento. Ella estaba en sus 30s cuando el Señor la llevo a Su presencia y esto nos recuerda que nuestra vida no es más que un vapor y debemos hacer que valga la pena para Jesús. No sabemos cuántos años tendremos en esta tierra, pero esperamos que te unas a nosotras para hacer que tu vida sea para la gloria de Dios.

Como dice Pablo en Hechos 20:24:


Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios.


Terminemos bien nuestra carrera. Busquemos compartir las Buenas Nuevas de lo que Jesús ha hecho por nosotros, hasta nuestro último aliento. Procuremos amar a Dios como Él nos ha amado primero. Hagamos nuestra vida plena y completamente rendida a Cristo. Y cuando ya no estemos aquí y nos regocijemos en la presencia de nuestro Salvador, que el legado que dejemos sea que amamos a Dios y amamos bien a los demás, al igual al legado que nuestra querida amiga nos ha dejado para que la sigamos.


A pesar de la perdida física de nuestra compañera, tenemos esperanza, y reconocemos que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta para cada una; que todo lo que existe y fue creado viene de Él y que esta separación física es parte de un plan más grande. En la vida, muerte, resurrección y promesa de Jesús y su regreso por nosotros, tenemos la esperanza de pasar la eternidad con Dios y con todos los creyentes que han llegado a Su presencia antes que nosotros.


¡A Dios sea la gloria, por los siglos, de los siglos!


Escrito por María Daniela Gómez y Alejandra Minton

En recuerdo amoroso de Yarailis Bolaño.



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