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Cuando ocultamos lo que realmente pensamos


La experiencia que voy a compartir con ustedes es algo que me pasó hace poco. Trataré de ser concisa y directa, pero, sobre todo, seré sincera.


¿Por qué resalto esto último? Sé que te puede parecer raro lo que estás leyendo… Es que, ¿Alguna vez te pasó que dentro de tu propia iglesia no pudiste ser sincera? ¿Sentir que era mejor responder “estoy bien” que “necesito hablar con alguien porque hay algo me está costando”? A mí sí.


Son diversas las razones por las que “ocultamos” lo que verdaderamente pensamos. Algunas de ellas pueden ser; tenemos miedo a ser juzgadas, sentimos que no hay personas que puedan ayudar, estamos acostumbradas a ser muy reservadas, no queremos que un número mayor de personas se pueda enterar, en algunas iglesias es difícil conectar con otros, y podemos seguir. Sin embargo, te doy una noticia (¡alerta spoiler!), El Señor en Su infinita misericordia nos permite conocer personas con las que podemos contar y desnudar nuestros corazones con plena confianza.


Particularmente, dejé de ser sincera (por un tiempo corto) con las personas que me rodeaban.


Tiendo a ser perfeccionista, por ende, mostrar una versión vulnerable de mí no era rentable. De esta forma, empecé a comportarme como una chica a la que nada le afectaba, alguien a la que todo le salía bien e inconscientemente construí muchas barreras emocionales. Es decir, no dejaba que nadie me conociera más allá de lo que permitía, porque sabía que, si alguien veía lo que realmente era, la imagen de la Eliana “infalible” iba a ser desmantelada y de cierta forma, quedaría como una “mentirosa”.


Yo sabía que era un problema que tenía que solucionar y conversar. No obstante, no era un tema fácil de charlar, y muy en el fondo, tampoco quería. Hasta que Dios utilizó a dos personas para despertarme y ayudarme a entender que esa decisión no solo me afectaba a mí, si no a los demás. Me confrontaron de la manera correcta y con amor.


Hoy en día sigo en proceso, aunque puedo comentarte con toda honestidad que, soltar esas ideas vanas y reflejar lo que Cristo va haciendo en mí, a través de Su corrección ha sido una de las mejores cosas que me han podido pasar. Fue un antes y un después.


Quizás tu situación es totalmente distinta, no obstante, la solución es la misma. Sincerarnos con el Señor, y hablar con alguien piadoso de forma transparente acerca del problema. Sé que no es fácil, lo entiendo. Puede doler, hacernos enojar, recordar, pero es necesario.


Recordemos que tenemos un gran Padre. Un Dios que quiere lo mejor para nosotros y vernos crecer. Él proveerá a las personas indicadas para que abras tu corazón y puedas entablar sinceras conversaciones. Este cambio será de gran impacto en nuestras iglesias locales, es por eso que hoy, te invito a que empecemos a transformar esta realidad de falta de sinceridad en nuestras congregaciones, orando por ello.


Sincerémonos con personas sabias, y convirtámonos en mujeres en las que otras puedan confiar y ser de ayuda también. Muchas veces, nuestras experiencias pueden ser un consejo valioso para otros.


Dios te bendiga.



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Diseños: Valeryn Adam

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