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Ama a Dios con toda tu mente


Vivimos en un mundo donde se niega con injusticia la verdad de Dios (Ro 1:18), en un mundo pluralista y relativista. Vivimos en un mundo posmoderno; en una sociedad cuya conciencia está adormecida y en donde la verdad es redefinida una y otra vez. Desde el comienzo de la historia han existido diversas filosofías, creencias e ideas que han moldeado la forma en que pensamos y, por ende, la forma en la que vivimos. Huecas sutilezas y tradiciones de hombres que pueden parecer ciertas y sonar creíbles, de a poco desvían de la Verdad a hombres y mujeres (Col 2:8).


El problema


¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Me temo que no hay una sola respuesta a esta pregunta; es complicada, espinosa y compleja. Si bien después de la caída nuestro entendimiento quedó cegado a causa del pecado (2 Co 4:4; 2 Co 10:5), podemos hablar de una nueva caída posmoderna que tiene que ver con haber caído en las oscuras redes del empirismo del siglo XX, que enseña y defiende que la verdad está divida entre objetiva y subjetiva. A su vez, declara que las verdades de la Palabra de Dios son simples opiniones.


Sumado a esto, como R. C. Sproul ha escrito: «vivimos en lo que puede ser el periodo más anti intelectual en la historia de la civilización occidental» cuya hostilidad o desconfianza al intelecto es evidente. Al mismo tiempo, la cultura de hoy se caracteriza por promover, a una velocidad aterradora y por cualquier medio de comunicación, el desprecio, la indiferencia y la futilidad, que nos esclavizan a un mundo ciego, impidiéndonos conocer la única realidad para la que fuimos creadas: Dios. No solo eso, sino que, como dijo John Piper, «la capacidad de apreciar algo grande como Dios se está reduciendo debido a la absoluta estupidez de la mayoría del entretenimiento al cual la gente se entrega». 


Pensamientos posmodernos


El tiempo en el que vivimos está plagado de premisas como: 


  • «Para tener una mente sana, tienes que pensar positivamente».

  • «Ésta es la verdad para mí, quizá no lo sea para ti».

  • «Piensa en ti y haz lo que te gusta, tú puedes, sigue tu corazón, y ¡eso te hará feliz!».

  • «Para poder amar a Dios y a los demás, tengo que amarme a mí misma primero».

  • «Ser intelectual no es necesario para vivir, pues si trabajas y ganas dinero posiblemente vivirás mejor».

  • «Los artistas "no estudian" y tienen más dinero que los profesores».


En psicología, la mente es definida como un conjunto de capacidades que implican una serie de procesos cognitivos que usamos a diario. Pero, bíblicamente, la mente es esa facultad del alma por medio de la cual podemos entender las cosas. En ella radican el conocimiento y pensamiento, nuestras emociones y afectos más profundos. De ahí que el uso de nuestra mente es importante, ya que toda acción que hacemos es precedida por un pensamiento. Por tanto, sentimos, razonamos y decidimos guiadas por nuestra mente, lo que nos lleva a vivir de una forma determinada.


Las premisas mencionadas anteriormente son muy parecidas a la peor mentira jamás dicha en el huerto del Edén. Nuestros padres decidieron creer en ella y, a partir de ese momento, el ser humano prefiere creer las mentiras, filosofías e ideologías en lugar de dedicar su mente a buscar y abrazar la Verdad. 


Sin embargo, también es cierto que cada experiencia que vivimos en este mundo moldea y transforma nuestra mente: la crianza que hemos recibido, la educación, las costumbres, las creencias y valores. Todas las experiencias a nuestro alrededor van dejando una huella. De este modo, nuestros pensamientos van siendo modificados por este siglo. «De hecho, últimamente se habla de que el cerebro es plástico en el sentido de que las neuronas se aparean de forma distinta conforme a las experiencias vividas. Es decir, toda información recibida cambia incluso la estructura de nuestro cerebro; y no nos hemos percatado de esta realidad» (Miguel Nuñez. Renueva tu mente).


El panorama no es alentador ¿verdad? 


¿La solución?


Si vivir para la gloria de Dios es nuestro objetivo de vida, viviremos para reflejar esa gloria al conocerlo, amarlo y dando a conocer que Él es nuestro mayor Tesoro, la perla de gran precio, la realidad más valiosa y absoluta en todo el universo. Por esa razón, el desafío para todas nosotras es poder hacerle frente a este mundo, preparando nuestra mente para actuar conforme a la Verdad (1 P 1:13). 


¿Cómo logramos esto? En primer lugar, al dedicarnos a pensar claramente sobre el Señor de la Verdad en Su palabra revelada y en Su mundo natural. No podemos amar a alguien sin conocerlo. Lo mismo sucede con nuestro Señor, no podemos amar a Dios sin conocerlo. Él quiere que le amemos con todo lo que somos (Mr 12:30) y eso incluye nuestra mente y todo lo que ésta involucra. 


Toda nuestra mente debe estar dedicada a conocer a Dios, cuanto más lo conozcamos y entendamos, más le amaremos. De esta forma, Él es más glorificado en nosotras. «Valorar a Dios es la meta de nuestro amor por Él, y la mente sirve a este amor al comprender (de manera imperfecta y parcial, pero verdadera) la verdad, la belleza y el valor del Tesoro» (Jonh Piper. Piense: la vida intelectual y el amor de Dios).


Por supuesto, esto no se trata de entregarnos a un estudio riguroso, pasar horas y horas estudiando un libro, o ganar muchos títulos y diplomados en Teología o cualquier otra disciplina. No, más bien se trata de usar la mente que el Señor nos ha dado para conocerlo mejor. 


Amadas hermanas, necesitamos un fundamento seguro en el cual apoyarnos mientras seamos peregrinas aquí, y ese debe ser el conocimiento correcto del Dios Vivo y Verdadero (Jn 17:10). Solo la Verdad de la Palabra de Dios, que se entiende con la mente, puede ser nuestro fundamento seguro y el filtro por el cual examinemos cada pensamiento. Por eso somos llamadas a amar a Dios con toda nuestra mente. Desde luego, esto no lo podemos hacer por nosotras mismas, sino por el poder de su Espíritu. El Único que nos puede capacitar para buscar un mayor conocimiento espiritual y total de Dios.


Pero también necesitamos pasar de un conocimiento intelectual a una experiencia profunda de deleite en el único Ser capaz de satisfacernos por completo y para siempre. Como lo dice Jonh Piper: «Si una persona no pasa de una conciencia intelectual de Dios y un pensamiento correcto sobre Dios a una aceptación emocional de Dios, no ha amado a Dios con toda su mente. La mente no ha amado hasta que entrega sus pensamientos a las emociones, donde estos son abrazados. Y entonces la mente y el corazón están trabajando en lo que sienten como una armonía, y lo experimentamos como un amor tanto intelectual como afectuoso por Dios». 


A esto queremos llegar. Mente y corazón no están separados, ambos se abrazan y se conectan para llegar al punto culminante de glorificar a Dios, al amarlo con todo nuestro ser. Amar a Dios con toda nuestra mente, es esto. 


Oro que el conocerlo intelectualmente produzca en nosotras un deleite cada vez más creciente en Él. Un placer sobrenatural que deviene de contemplar con asombro la Verdad.


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Autora diseños: Rhaien Vivar - Instagram @r.h.a.i.e.n


 
 
 

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