Cómo el cerebro nos lleva al deleite (parte I)
- María de los Ángeles Zeta Nima

- 1 may
- 6 Min. de lectura

Revisando un artículo sobre ciencia cognitiva, leí un párrafo que decía lo siguiente: «Las ideas presentadas amenazan nuestra comprensión de lo que significa ser humano. Si la vida es puramente computación, y redes asociativas, ¿qué dice eso sobre el libre albedrío, la responsabilidad moral y el propósito de la existencia humana? ¿Qué nos separa de las simples máquinas, capaces de predecirse, modelarse y comprenderse?».
Ese párrafo contiene importantes cuestiones para el ser humano. Pero llamó mucho mi atención la siguiente pregunta: «¿Qué nos hace diferentes a las máquinas?». Inmediatamente pienso en cómo estas interrogantes son tan comunes a todas las personas que han intentado responderlas desde diferentes perspectivas y enfoques a lo largo de la historia. Sin embargo, tales enfoques no han llevado a las personas a encontrar las respuestas verdaderas. ¿Cómo la ciencia cognitiva nos podría responder tales preguntas? ¿será que nos puede ayudar a responderlas?
No lo creo. Las respuestas a estas preguntas solo las podemos encontrar en la Palabra fiel de Dios. Aunque ciertamente la ciencia cognitiva, o básicamente entender cómo funciona el cerebro y la mente humana, no nos ofrezca la «panacea» para este «mal», sí nos dice algo realmente valioso: nuestro cerebro es reflejo de un Dios asombroso y hemos sido creadas para amar, disfrutar, conocer y dar a conocer a Dios, algo que las máquinas no podrán hacer jamás.
El órgano más asombroso
¿Has pensado alguna vez en cómo está diseñado el cerebro y cómo hace para funcionar?
El sistema nervioso central (SNC) está conformado por dos estructuras principales: el encéfalo y la médula espinal. El encéfalo, a su vez, se divide en tres regiones: el cerebro, el cerebelo y el tronco encefálico. El cerebro es la parte de mayor tamaño, caracterizado por su superficie plegada que le otorga una apariencia rugosa. Se encuentra protegido dentro del cráneo y está rodeado por líquido cefalorraquídeo. Aunque pesa alrededor de un kilo y medio, contiene cerca de 86 mil millones de neuronas capaces de establecer aproximadamente 430 billones de conexiones sinápticas. Compuesto en un 60% por grasas y en menor proporción por agua y proteínas, es considerado el órgano más complejo y fascinante del ser humano 1.
Esta increíble estructura posee múltiples funciones siendo, por así decirlo, el centro de comandos de la vida intelectual, pues procesa informaciones que se extraen de los sentidos, controla el movimiento, el aprendizaje, la memoria, el lenguaje y la cognición del hombre, además de otros procesos cognitivos básicos y superiores.
Diversas fuentes sostienen que el cerebro se divide en dos partes: el telencéfalo y el diencéfalo.
El primero, el telencéfalo, hace referencia a los dos hemisferios cerebrales: el derecho e izquierdo, que se comunican entre sí por medio de fibras nerviosas llamadas cuerpo calloso. La parte externa es denominada corteza cerebral formada por la materia gris, que es la que procesa la información y el razonamiento, y por la materia blanca, que es la responsable de la transmisión de la información cerebral al resto del cuerpo humano. Ambos hemisferios ejecutan diferentes funciones pero, a su vez, están conectados entre sí. Por ejemplo, el izquierdo es el encargado del movimiento y la percepción sensorial de la parte derecha del cuerpo, el razonamiento lógico, la inteligencia lingüística y la habilidad para los números. Mientras que el derecho se encarga de los movimientos y la percepción sensorial del lado izquierdo, de la creatividad, la visión y la imaginación. Sin embargo, se considera como un «neuromito» el creer que cada persona es dominada solo por un hemisferio, como por ejemplo creer que las personas más creativas aparentemente son dominadas por el hemisferio derecho, ya que ambos hemisferios trabajan entre sí y se comunican constantemente para dar lugar a la creatividad, en cualquier individuo.
En cambio, el segundo, el diencéfalo, se refiere a las estructuras más internas del cerebro, como el sistema límbico, más conocido como el centro de las emociones.
Lo sé, espero que no te haya mareado con tanta información, pero, si me he tomado el tiempo de mencionar todo esto, es porque me gustaría que te asombres de todo lo que Dios ha hecho porque es realmente asombroso. Ah, y ¡ni qué decir de las neuronas, o mejor dicho, de las conexiones que se dan entre estas pequeñas células! Sí, pareciera que el cerebro estuviera diseñado para establecer infinidad de conexiones como lo hace un ordenador, cuando en realidad, la comparación es solo por la característica de procesar información a una velocidad impresionante, sin embargo, difieren grandemente en la forma en que lo hacen. Un ordenador es predecible y solo puede funcionar en base al diseño con el que está creado, pero no se puede decir lo mismo sobre el cerebro, puesto que el cerebro es un órgano vivo que se adapta constantemente al mundo mediante señales químicas y eléctricas .
Lo cierto es que, hasta el día de hoy, hay cientos de investigadores analizando el cerebro y las estructuras que lo conforman. Pero, como Dice Laura Gonzales: «Incluso si algún día descubrimos todos los detalles sobre cómo funciona nuestro cerebro, no podemos decir que somos meras máquinas. Somos almas encarnadas creadas a imagen de Dios. Nuestro cuerpo y espíritu están vinculados de forma que se afectan el uno al otro (Pr 17:22). Hay una parte de nosotros que nunca se podrá observar ni medir con métodos humanos» 2.
Este cerebro, tan fabuloso e intrincado a la vez, es el que Dios creó para permitirnos adorarle como personas conscientes, amarlo, conocerlo y ayudar a otras personas a hacerlo.
Un órgano que aprende
Hace poco he estado estudiando la forma en que el cerebro aprende y no he dejado de maravillarme y de explotar de alegría por la forma en que estamos tan divinamente diseñadas para aprender. El cerebro es capaz de procesar y almacenar información en un patrón de conexiones determinadas. Como lo mencioné al principio, el cerebro humano alberga aproximadamente unas 86 mil millones de neuronas, pero lo que es tan significativo no es la neurona en sí, que de por sí ya es compleja, sino las conexiones que se dan entre ellas, pues cuantas más conexiones haya y mientras más áreas del cerebro se conecten entre sí, mejor aprendemos. Por lo tanto, aprender es cambiar el cerebro.
El aprendizaje cerebral, es sinónimo de cambio. Erin Smith expresa:
«Los objetos de nuestra atención ocasionan cambios cerebrales. Estos cambios cerebrales reflejan y representan los objetos de nuestra atención en forma de nuevas redes neuronales. Estas redes neuronales, como el camino bien transitado por el bosque, trabajan para aumentar la facilidad con la que nuestro cerebro puede acceder y hacer sentido del objeto de nuestra atención. En el bosque, el camino hace que sea más fácil acceder al destino de ese camino en el bosque… Así que, cuando miras el rostro de tu mejor amigo, lo reconoces porque la red neuronal que es el recuerdo de su cara (creada por la atención previa) se activa (el camino es “transitado”)... Dicho de manera directa, el cerebro que estamos creando hoy (a través de nuestra atención) es el filtro a través del cual hacemos sentido a todas nuestras experiencias futuras»3.
Hay miles y miles de caminitos en el bosque de nuestro cerebro a causa de nuestra atención. La pregunta es: ¿cuál es el mayor objeto de nuestra atención que permite hacer florecer ese bosque?
Creado para el deleite
El cerebro es asombroso, y todo lo que este contiene. Pero no nos confundamos, no es el cerebro en sí mismo, sino las manos que lo diseñaron así. Entonces, no deberíamos vivir para cultivar hábitos diarios y conexiones neuronales que generen y maximicen un mayor deleite en el Creador?
Conocer esto no solo nos permite maravillarnos por la forma tan espectacular en que está diseñado este y todos los órganos del ser humano, por cada una de sus complejas funciones y demás. Si no que, también, nos ofrece la posibilidad de entrenar todo nuestro cerebro para encontrar, en Dios, una satisfacción cada vez mayor.
Nuestro cerebro es reflejo de un Dios asombroso y, a diferencia de las máquinas, hemos sido creadas para amar, disfrutar, conocer y dar a conocer a Dios. Algo que las máquinas no podrán hacer jamás, es experimentar la dicha del verdadero cambio que se produce al tener un encuentro real con ese Dios asombroso.
1 Domínguez, M. (2019). Neuroeducación: elemento para potenciar el aprendizaje en las aulas del siglo XXI. Educación y ciencia, 8(52), 66-76.

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