La iglesia: Una comunidad de amor y reconciliación

Por: Anabel Vargas



En el blog anterior iniciamos hablando de expectativas. Qué difícil es cuando nos sentimos decepcionadas o las cosas no resultan como esperábamos. Muchas veces pasa, y si no te ha pasado, puedo asegurarte que en algún momento lo vas a experimentar.


Seguro que has escuchado a alguien hablar de la iglesia con decepción, dolor o incluso con una espinita de rencor escondida por ahí. A veces, quiénes dicen estas cosas no han conocido a Cristo, a veces sí le conocen, pero han sido golpeados por el pecado de otros. Quizás, tú misma te has sentido decepcionada con la iglesia. Es muy probable que alguna de nosotras haya sido la que ha decepcionado a alguien.


Hermanita, hoy quiero decirte que me duele escribir estas líneas y reconocer lo reales que son. En el blog anterior, hablamos sobre cuatro características de la iglesia primitiva, mencionamos lo importante que era para ellos la oración, cómo vivían en comunidad, resaltamos su generosidad y su obediencia al mandato del Señor de hacer discípulos en todas las naciones. Quizás leíste esto y pensaste ¡Cuánto quisiera que fuera así mi iglesia! O ¡Cuánto quisiera que fuera así la iglesia hoy, pero esto ya no existe!


La iglesia, está llena de pecadores que estamos siendo santificados por Jesús, y es seguro que nos encontraremos con actitudes que a veces no son del todo piadosas o cristianas, pero es importante que recordemos que nosotros mismos necesitamos del Espíritu Santo para no dejarnos controlar por el pecado, y que lo único que nos hace aceptos delante de Dios es el sacrificio que Cristo vino a hacer en la cruz por ti y por mí.

No quiero que leas esto y pienses que estoy diciendo que está bien que te sientas decepcionada con la iglesia, o que está bien que pequemos unos contra otros. Más bien, quiero que juntas oremos hoy al Señor que nos ayude a comprender que solamente cultivando el amor que viene de Él, podemos dar testimonio real de lo que Cristo ha hecho y seguirá haciendo cuando venga y cumpla cada una de sus promesas. Oremos que el Señor nos inunde de su amor para que podamos dar de ese amor a cada persona que nos rodea.


“Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.” (Juan 4:7-13)


Dios grabe estas palabras en nuestros corazones y las guarde en nuestras mentes para que recordemos amar, como Él nos amó.


Dios perfecciona su amor en nosotros

¿Recuerdas cuando hablamos de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés? Mencionamos el primer discurso de Pedro y cómo resultaron salvas tres mil personas. El hecho de, Pedro, atreverse a predicar públicamente cuándo muchos pensaban que estaba ebrio y decirles “Arrepiéntanse para que sean salvos de esta perversa generación”, es un acto de amor. Pero, déjame decirte hermanita que eso no quiere decir que fue fácil para Pedro hacer esto, de hecho, luego fue perseguido, llevado ante el concilio con Juan, e incluso más adelante, encarcelado. Sin embargo, el Espíritu Santo de Dios lo había llenado y le había dado el poder para hacer esto tal como Jesús había prometido en Hechos 1:8. Sí, estamos hablando del mismo Pedro que había negado a Cristo tres veces antes de ser crucificado.


Dios puede hacer lo mismo con cualquiera de nosotras hoy. Su Espíritu Santo que mora en nosotras sus hijas, es prueba de que Dios permanece en nosotras y estamos siendo perfeccionadas en su amor. Dios, puede darnos el valor para pararnos a predicar el evangelio delante de varias personas, Dios puede ayudarnos a amar a las personas difíciles, Dios puede ayudarnos a dejar de ser una de las personas difíciles de amar. Y, puede hacer esto, incluso, cuando hemos sido como el Pedro que negó a Jesús y hemos actuado contrario a lo que Dios demanda de sus hijas.


Dios nos llama a perdonar como Él nos ha perdonado

“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32)


Lamento mucho si has experimentado dolor por causa de la iglesia. Si el pecado de alguien te ha mantenido lejos del cuerpo de Cristo, o no te has alejado, pero has sentido el deseo de hacerlo, quiero decirte que Dios nos llama a perdonar como Él nos perdonó. ¡Y cuán grande es el perdón que recibimos de Dios!


Si, por otro lado, sientes que eres muy pecadora para ser parte de la iglesia, permíteme decirte: - ¡Bienvenida! ¡Todos somos igual que tú! Nuestro pecado es muy grande para ser dignas de ser llamadas parte del cuerpo de Cristo, pero, recuerda que no es por nosotras, sino por el mismo Cristo que nos permitió ser coherederas con Él y nos limpió de nuestra maldad.


En una de las ocasiones en las que, Pedro y Juan, estaban siendo perseguidos, un varón fariseo llamado Gamaliel (a mi juicio muy inteligente) se paró ante el concilio, y les dijo algo así: Mis hermanos, óiganme, si esto no viene de Dios no va a prosperar, dejen esos hombres tranquilos, que si viene de Dios ustedes no van a poder hacer nada, no vaya a ser que ustedes estén peleando contra Dios (ver Hechos 5:38-39) Hoy, dos mil años después, ¡seguimos aquí! ¿Y por qué? Porque ningún hombre sostiene la iglesia, Dios sostiene la iglesia y lo seguirá haciendo.


Amada hermana, la iglesia de hoy no es perfecta, pero la iglesia primitiva tampoco lo fue. El pecado es parte de nosotros y nosotros somos la iglesia, pero qué bendición es saber que a pesar de nuestro pecado podemos ser parte del cuerpo de Cristo, el mismo cuerpo al que Él le prometió recibir poder del Espíritu Santo que, hoy también, al creer en Jesús como nuestro Salvador, mora en nosotras, nos perfecciona en amor y nos ayuda a ser la iglesia que Dios nos ha llamado a ser.